Cultura

Habaneros, lectores imprevisibles

Por Anubis Galardy

La Habana, 5 mar (PL).- Los habaneros leen en cuantos sitios les son propicios, pero también en otros menos imaginables como el pasillo central de un ómnibus atestado de pasajeros a la hora en punto de un mediodía candente.

En equilibrio precario, con una mano en las anillas de cuero que cuelgan de una barra metálica, sostienen en la otra el libro que los conquista, inmunes a los balanceos del vehículo en marcha, a los tropezones y codazos de quienes se abren camino a toda prisa hacia la puerta de salida o la proximidad de una ventanilla oxigenante.

Nada los perturba, ni el ruido ambiente ni los comentarios cruzados al vuelo entre amigos o desconocidos unidos por el azar de una misma ruta. Tampoco las frases conminatorias como «muévete, socio, a leer en tu casa» o «hermano, bájate de esa nube y aterriza, ponte en la concreta». Las hay más crudas, pero el resultado es el mismo.

Si se trata de una lectora absorta, la frase cobra un giro distinto. La escolta el galanteo masculino: «quién fuera el libro», dejado caer al paso.

También están los caminantes inmersos en las páginas que los cautiva, dotados de un sexto sentido, de una intuición secreta pero infalible para evitar baches o desniveles arteros y detenerse en el momento justo en que el semáforo cambia de luces para dar paso a choferes al volante.

Los más comunes son aquellos que aprovechan cualquier trocito de muro, la antesala de las consultas médicas, las colas para entrar al cine o a la espera de una pizza salvadora en una de las tantas cafeterías cuentapropistas que pululan por estos días en las calles citadinas.

En el barrio capitalino del Vedado, favorecido por las hileras dobles de árboles de un verde espejeante -álamos y laureles en su mayoría- la situación cambia al influjo de las sombras protectoras y la brisa de aroma marino que viaja desde el malecon con presteza.

Los adolescentes iniciados en la lectura prefieren buscar acomodo en el hueco atrayente de un árbol para disfrutar de sus títulos preferidos, los lances de capa y espada, las aventuras y desventuras de Oliver Twist o las irreverentes de Tom Sawyer, La Edad de oro, de José Martí, la ciencia-ficción o las novelas de Gabriel García Márquez.

Los géneros varían entre los lectores itinerantes, de la ficción a los manuales de psicología de uso doméstico, ensayos literarios, poemas, historia, filosofía, deportes, ciencias sociales, biografías, revistas especializadas en diversos temas.

Un muestrario que hace recordar a Blaise Pascal cuando afirma: El universo es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes.

Otro lugar que gana adeptos es el muro bajo que delimita la manzana ocupada por el Ministerio de Cultura, un antiguo palacete de arquitectura ecléctica, erigido en su época por un magnate de turno, con un espléndido jardín otrora sede de fiestas a la imagen y semejanza de sus dueños y hoy anfitrión de descargas de la trova, jazz, boleros y la musica caliente de la isla.

El muro que lo circunda al fondo, en la Calle 13, ha devenido sitio predilecto para la lectura al aire libre. Lo favorecen la bonanza del paisaje y la paz sacrosanta apenas enturbiada por el rumor de los automóviles que surcan, cuesta arriba, la cercana Avenida Paseo.

Hay amas de casa que confiesan cocinar mientras leen en busca de una inspiración extra. Puede ser verdadero, o no, pero lo cierto es que cada año, al calor de la feria editorial cubana, la pasión por los libros crece y se multiplica. Sálvese quien lea.

2012-03-05 16:49:31