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Sismo de magnitud 6.8 ocurrido en San Marcos, Guerrero, el 2 de enero de 2026

Por Araceli Aguilsr Salgado

» La naturaleza puede destruir físicamente al hombre, pero nunca podrá destruir su espíritu.”  Albert Einstein  

El inicio del año 2026 estuvo marcado por un acontecimiento que recordó la fragilidad de la vida y la fuerza de la naturaleza: un sismo de magnitud 6.8 con epicentro en San Marcos, Guerrero.

 Este evento telúrico, percibido con intensidad en gran parte del centro y sur de México, dejó daños materiales, derrumbes y una huella emocional en las comunidades afectadas.

 Más allá de los reportes técnicos, el sismo nos invita a reflexionar sobre la relación entre sociedad y territorio, la resiliencia comunitaria y la necesidad de fortalecer la cultura de prevención.

El fenómeno natural

Los sismos son manifestaciones de la dinámica interna de la Tierra. En este caso, la baja profundidad del epicentro intensificó los efectos en localidades cercanas, provocando derrumbes en carreteras, afectaciones en viviendas y fugas de gas en Acapulco y otros municipios. Aunque no se reportaron víctimas mortales en los primeros informes, la magnitud del evento evidenció la vulnerabilidad de las infraestructuras y la urgencia de mantener protocolos de seguridad.

Impacto social y comunitario

El sismo no solo sacudió edificios y carreteras, también estremeció la memoria colectiva de un país que ha enfrentado tragedias sísmicas en el pasado. En Guerrero, comunidades como Juan R. Escudero y Tixtla vivieron la caída de bardas y derrumbes que interrumpieron la vida cotidiana. En la Ciudad de México, aunque los daños fueron menores, la alerta sísmica recordó la importancia de la preparación y la disciplina ciudadana. La reacción inmediata de vecinos, brigadas y autoridades mostró que la solidaridad sigue siendo un recurso vital en momentos de crisis.

La dimensión ética y política

Un sismo no distingue entre clases sociales ni fronteras, pero sí revela desigualdades. Las zonas rurales y marginadas suelen ser las más afectadas, con viviendas frágiles y menor acceso a servicios de emergencia. Este evento plantea preguntas sobre la responsabilidad del Estado en garantizar infraestructura segura, sistemas de alerta eficaces y planes de reconstrucción que no dejen a nadie atrás. La ética de la prevención se convierte en un deber colectivo.

La resiliencia como aprendizaje

Cada sismo es también una lección. La capacidad de las comunidades para reorganizarse, atender emergencias y reconstruir lo perdido refleja una resiliencia que merece ser fortalecida. La memoria de los sismos anteriores, como los de 1985 y 2017, se convierte en guía para enfrentar el presente. La educación sísmica, los simulacros y la preparación ciudadana son herramientas que transforman el miedo en acción responsable.

El sismo de San Marcos, Guerrero, es más que un registro en la estadística sísmica: es un recordatorio de la interdependencia entre naturaleza y sociedad. Nos enseña que la prevención, la solidaridad y la ética pública son pilares para enfrentar desastres. En cada derrumbe y cada grieta se revela la necesidad de reconstruir no solo muros, sino también la confianza en la capacidad colectiva de resistir y renacer.

«En medio de la dificultad yace la oportunidad.” Albert Einstein  

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