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SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: 75 AÑOS DE SU FIN (III)
POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
Un mago británico en Egipto
Cuando el mariscal del Aire Erwin Rommel fue designado para dirigir las tropas alemanas en África uno de sus principales objetivos era llegar hasta El Cairo y apoderarse del Canal de Suez.
Los aviones alemanes fueron intensos en sus ataques a esa obra maestra de la ingeniería hidráulica. A eso se añadía el terror que provocaba en las tropas británicas el solo nombre del Zorro del Desierto avanzando con sus África Korps.
Rommel, sus carros de combate y su infantería estaban a una enorme distancia de la capital egipcia. Tenían de por medio al enorme desierto del Sahara, que abarca gran parte de África del Norte, cubriendo planicies y mogotes que se extienden desde el Mar Rojo hasta el Mediterráneo.
A pesar de que cruzar ese desierto incluye vencer muchas dificultades, los británicos no descartaban que los nazis pudieran llegar a la ciudad de los mil minaretes que se yergue a orillas del río Nilo y es orgullo de los cairotas; sino que además pudieran tomar el referido canal que une los mares Rojo y Mediterráneo y también disponer de sus zonas industriales.
Está registrado como una de las tantas curiosidades surgidas en la Segunda Guerra Mundial que los mandos militares de Gran Bretaña apostados en El Cairo hasta recurrieron, como recurso bélico, a las habilidades de un teniente ilusionista llamado Jasper Maskelyne, el cual formaba parte de la sección de camuflaje de las fuerzas aliadas que operaban en el lugar.
La orden que le impartieron al teniente y mago Maskelyne en la curva final del año 1941 era que tenía que ocultar el Canal de Suez para que los aviadores alemanes no pudieran seguir cargando de minas su lecho y destruyendo objetivos terrestres periféricos de tan estratégica zona.
El oficial y consumado ilusionista logró dislocar al enemigo con chapas de hierro y capas de estaño que crearon una cortina de luz destellada desde 25 focos situados en paralelo que enceguecía a los aviadores nazis, inviabilizando sus incursiones aéreas diurnas y nocturnas.
Además les causó otros muchos trastornos con sus trucos, especialmente en las decisivas batallas de El Alamein.
También se le atribuye a ese ilusionista británico la autoría de otros episodios insólitos de la Segunda Guerra Mundial ocurridos a unos 100 kilómetros de El Alemein, en las cercanías de Alejandría, la histórica ciudad natal del tristemente célebre Rudolf Hess, el lugar teniente de Hitler que protagonizó un extraño aterrizaje en Escocia, el 10 de mayo de 1941, y quien se convirtió en el preso más caro que registra la historia carcelaria del mundo, pues la prisión de Spandau, en Berlín, con capacidad para 600 reclusos, se mantuvo muchos años albergándolo sólo a él, con un servicio de más de 100 custodios y otros empleados, hasta que se ahorcó el 17 de agosto de 1987.
En la biografía de Maskelyne, titulada El Mago de la Guerra, su autor David Fisher recoge, entre muchas declaraciones de ese personaje de leyenda, la siguiente: «Denme libertad y no habrá limites para los efectos que puedo crear en el campo de batalla. Puedo crear cañones donde no los hay y hacer que disparos fantasmas crucen el mar…»1
Campos de concentración
Las personas que tenían la desgracia de ser recluidas en los campos de concentración no eran llevadas a esos lugares tenebrosos por sus hechos individuales, sino por pertenecer a grupos políticos, religiosos, sexuales, o de razas que no encuadraban en los parámetros de los que tenían el control de una situación determinada. Y, además, a los capturados de fuerzas contrarias, en los casos de conflictos armados.
El origen de los campos de concentración está enmarcado en la represión en sus diversas vertientes (política, militar, social, religiosa, racial, etc.). Por lo tanto en esos lugares no existían los elementos que vertebran las bases legales de una sociedad.
Contrario a los que muchos creen los campos de concentración no surgieron por primera vez en la Segunda Guerra Mundial. Ellos se remontan a por lo menos el siglo XVIII, tal y como está documentado por la Historia.
Antes hubo campos de concentración no sólo en Europa, sino también en Asia e incluso en nuestro propio vecindario del Caribe Insular. Por estas tierras antillanas uno de los casos más conmovedores fueron las llamadas reconcentraciones que a partir del 16 de febrero de 1896 hizo en Cuba el terrible general español Valeriano Weyler Nicolau. Por esa terrible medida miles de seres humanos indefensos murieron de hambre e insalubridad y malos tratos en general.
Pero a pesar de las crueldades cometidas antes, los campos de concentración más despiadados fueron creados por órdenes de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial.
En los campos de concentración nazistas murieron millones de personas que nada tenían que ver con las beligerancias propias de la conflagración que se extendió desde el 1939 hasta el 1945.
Las mayores víctimas eran judíos, a quienes los nazis consideraban como la antítesis de la llamada raza aria, la cual no es más que la imposición de especulaciones y manipulaciones proyectadas desde la denominada lingüística histórica.
Los judíos fueron sacrificados por los nazis utilizando como símbolo la cruz con brazos doblados en ángulos rectos conocida como la esvástica que el ultra conservador antropólogo estadounidense Thomas Wilson vinculó al Brahmá, deidad que los hinduistas consideran «el dios creador» escoltado por Visnú y Shiva, pero eso es materia de antropología prehistórica, que no es el caso tratado ahora.
Pero en esos campos de concentración los represaliados no sólo fueron judíos, como generalmente se piensa. Allí también perdieron la vida una gran cantidad de personas indefensas sencillamente porque sufrían deformidades anatómicas o disminuidos niveles mentales, o porque tenían determinadas inclinaciones sexuales, creencias religiosas, políticas o filosóficas, o simplemente porque provenían de lugares específicos de la tierra que no eran del agrado de Hitler y sus más cercanos secuaces.
Hitler creó decenas de campos de concentración y campos de exterminio que se constituyeron en símbolos supremos de la maldad.
Entre ellos puedo citar, de manera limitada, Auschwitz-Birkenau, cerca de Cracovia, en la Polonia ocupada por los nazis, donde fueron confinados y torturados un millón trescientos mil prisioneros, la inmensa mayoría de ellos judíos. Sólo sobrevivieron unos 200 mil. Se considera el principal centro de exterminio de los judíos, en la llamada «solución final.»
En ese lugar de torturas y muertes fue que el miserable médico, antropólogo y militar Josef Mengele, apodado el ángel de la muerte, puso en práctica sus experimentos médicos letales contra miles de personas.
Como paradoja de la vida ese monstruo nunca pagó por sus crímenes. Al contrario, llevó una vida de placidez y murió casi septuagenario nadando a placer en una playa de Brasil, en un paradisíaco lugar llamado Bertioga, cuyo lema es «lindas playas, verdes bosques, preservados con amor.»
El campo de concentración de Dachau, pueblo a menos de 50 kilómetros de la gran ciudad de Múnich, en Alemania, comenzó a operar desde el 22 de marzo de 1933, con el ascenso de Hitler al poder.
En ese lugar también se hacían macabros experimentos de laboratorio con seres humanos, creándoles enfermedades mortales.
En los meses finales de la Segunda Guerra Mundial se terminó el carbón para los hornos de incineración que utilizan en Dachau, motivo por el cual cuando las tropas aliadas llegaron a ese lugar encontraron que las últimas 8,000 personas asesinadas allí fueron lanzadas a fosas comunes.
Desde el 1965 el campo de concentración de Dachau fue convertido en un museo donde los visitantes conocen detalles de los momentos horripilantes que vivieron allí miles y miles de seres humanos.
En el campo de concentración de Mauthausen, en Austria, bajo ocupación nazi, además de otras miles de personas, fueron llevados, torturados y asesinados muchos intelectuales, artistas, escritores, pensadores y personas de principalía social y económica. Uno de los suplidores de futuros cadáveres para Mauthausen fue el colaboracionista francés Philippe Pétain.
El campo de concentración de Sachsenhausen fue construído por orden de Hitler en el 1936.Inicialmente fueron recluidos allí políticos que adversaban al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, gobernante; así como también a religiosos, judíos, gitanos y homosexuales. Al desatarse la Segunda Guerra Mundial sus celdas se nutrieron con prisioneros de guerra. Decenas de personas dieron allí su último hálito de vida.
Se construyó en ese lugar un monumento con 18 triángulos, para recordar las personas de esa cantidad de nacionalidades que allí murieron.
A menos de 100 kilómetros al norte de Berlín los nazis establecieron desde mayo de 1939 un campo de concentración exclusivamente para mujeres. Fue en la población de Ravenbrück. Miles de mujeres tuvieron que trabajar allí como esclavas y no pocas terminaron sus días en ese tétrico lugar.
En el 1941 le añadieron pabellones para hombres. En el 1942 abrieron un campo adyacente para niñas y adolescentes. Hitler no tenía ningún límite a la hora de poner en práctica sus macabras intenciones.
La mayoría de los campos de concentración creados por los nazis se convirtieron en campos de exterminio. Y no podía ser de otra manera, pues el objetivo era que de los perseguidos no quedara nadie vivo.
Campos de exterminio
Diferente a los campos de concentración (que existieron antes, en otros lugares, como digo arriba) hay que decir que los campos de exterminio tienen el sello creativo de los nazis.
En los campos de exterminio fueron eliminadas millones de personas por hambre, trabajos inhumanos y especialmente por la aplicación de gases sintéticos y también venenosos. Símbolos de la muerte fueron el Gas Zyklon B y el Aktion T4.
Ya desde mayo de 1940 los nazis estaban exterminando con gases a miles de enfermos polacos llevados para esos fines a un lugar de Polonia que los alemanes llamaban Soldau.
Igual hicieron para entonces en otra población polaca de nombre Chelmno, donde operó uno de los varios campos de exterminio en la Segunda Guerra Mundial. Fue abierto el 7 de diciembre de 1941.
Fue en Chelmno donde comenzó el uso masivo de gas venenoso. Las víctimas que allí perecieron fueron asfixiadas y luego pulverizadas en un enorme crematorio. Ese triste lugar está registrado como el primero dedicado a matar millares de judíos alemanes y de otros países europeos, así como miles de gitanos, homosexuales y otros tipos de personas.2
En su ensayo titulado Los orígenes de la Solución Final, el académico de la Universidad de Carolina del Norte y especialista en temas del Holocausto Christopher Robert Browning hace un recuento pormenorizado de cómo comenzó y se desarrolló en la Segunda Guerra Mundial el asesinato de millones de inocentes, resaltando que el diabólico doctor en química y jefe de la Policía Criminal Alemana Albert Widmann fue uno de los principales motorizadores de las infernales cámaras de gas que comenzaron a usarse desde los primeros meses del inicio de dicha guerra.3
El Centro Simon Wiesenthal, inspirado en el incansable judío austríaco que dedicó a partir del 1945 su vida a perseguir a los grandes criminales nazis que se escaparon como ratas por el mundo, ha hecho acopio de millares de documentos sobre el horror inimaginable que sufrieron millones de personas antes de morir en los campos de exterminio. Sus archivos, que pueden ser consultados con las bondades de la cibernética, son una cantera inagotable de informaciones sobre la infamia de aquellos años tenebrosos de la Segunda Guerra Mundial.
Holocausto-Solución Final
Los campos de exterminio, donde se llevó a cabo el holocausto, que los nazis llamaban con eufemismo «solución final», estaban diseminados en diferentes territorios bajo el dominio directo de las fuerzas hitlerianas o de sus colabores extranjeros, como fue el caso, por ejemplo del mencionado Philippe Pétain que desde la ciudad de Vichy controlaba una gran parte de la Francia ocupada por los alemanes.
Tanto los griegos como luego los latinos definían el holocausto como «gran matanza de seres humanos», y así quedó incorporado en nuestro idioma, asentado en el Diccionario de la Lengua Española.4
Cálculos confirmados revelan que en esos infernales lugares de muerte perdieron la vida más de 11 millones de personas, de las cuales más de la mitad de ellas eran judías.
Uno de de los más acuciosos investigadores sobre esa fatalidad para la humanidad fue Robert Salomón Wistrich, un brillante kazajo quien fue profesor de historia europea y judía en diversas universidades. Su libro titulado Hitler y el Holocausto es uno de los más completos sobre el asesinato de millones de personas indefensas que perdieron sus vidas en la llamada «solución final».
Wistrich hace una elocuente descripción de la actitud racial de los que gobernaban Alemania en la Segunda Guerra Mundial, detallando sin ambages muchas complicidades externas que permitieron que aquella barbaridad ocurriera. Así también expone de una manera metódica el demencial comportamiento de los que idearon, organizaron y dirigieron esos antros de terror y muerte.5
En su obra El Tercer Reich en guerra el historiador Richard John Evans hace un dramático recuento de la política militar y de exterminio racial y social de los nazis durante los casi seis años que duró la Segunda Guerra Mundial. El capítulo 3 lo dedica a la llamada «solución final». La base de esta decisión descansaba en la macabra consigna de «ninguna piedad, nada.»6
Es oportuno señalar que el Cuarto Convenio de Ginebra, Suiza, aprobado en una convención internacional efectuada en dicha ciudad en agosto del año 1949 estableció normas legales sobre el trato para la población civil en caso de conflictos armados.
El artículo 13 de dicho Convenido establece, sin posibilidad de interpretación anfibológica, que: «Las disposiciones de la Parte II cubren la totalidad de las poblaciones de los países en conflicto, sin ninguna distinción de carácter desfavorable basado, en particular, en la raza, nacionalidad, religión u opiniones políticas, y están destinados a aliviar los sufrimientos causados por la guerra.»7
Desde el año 1993 el anterior convenio, al igual que otros también aprobados en la referida convención ginebrina, fueron incluidos por la Organización de las Naciones Unidas como parte del Derecho Internacional Consuetudinario, lo que significa que su contenido es vinculante para todos los países del mundo, sin excepción.
El campo de concentración de Auschwitz fue declarado por la UNESCO, en el 1979, como Patrimonio de la Humanidad. El propósito es mantener en la memoria del mundo los malvados hechos ocurridos allí.
El referido organismo de la Organización de las Naciones Unidas indicó en dicha ocasión que la resolución que declaraba el lugar en esa categoría era «como evidencia del esfuerzo inhumano, cruel y metódico de negar la dignidad humana a grupos considerados inferiores.»8
En el 2007, a petición de Polonia la UNESCO modificó el indicado nombre por Auschwitz-Birkenau, con el subtítulo de «Campo de Concentración y Exterminio Alemán Nazi, 1940-1945.»
Bibliografía:
1-El mago de la guerra. Editorial Almuzara, 2007. David Fisher.
2-Recordando la supervivencia: dentro de un campo de trabajo esclavo nazi. Editorial Norton2011. Christopher R. Browning.
3-Los orígenes de la Solución Final. Editorial académica de libros. Universidad de Nebraska-Lincoln, 2007. Christopher Robert Browning.
4-Diccionario de la lengua española, vigésima segunda edición, 2001.P828.Talleres gráficos de Rotapapel, 9 de octubre del 2001.
5-Hitler y el Holocausto. Editorial Debolsillo,2015. Robert Salomón Wistrich.
6-El Tercer Reich en guerra. Editorial Península, Barcelona, España, octubre 2012.Pp283-365.Richard John Evans.
7-Convenio de Ginebra relativo a la protección de personas civiles en tiempos de guerra. Agosto de 1949.
8-Resolución de la UNESCO sobre Auschwitz, 1979.
2020-05-29 22:40:02