

General Pedro Santana
POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
El pobladito de Las Carreras está ubicado a poca distancia del conocido cruce de Ocoa. Está también muy cercano al lado oriental del otrora caudaloso río Ocoa.
En ese lugar se desarrolló durante los días del 19 al 22 de abril del 1849 la célebre batalla de Las Carreras, ganada por menos de mil combatientes dominicanos integrados en cuatro regimientos que fueron organizados de manera acelerada (dada la sorpresa del ataque) por el General Pedro Santana.
Esos pocos dominicanos derrotaron a más de 15,000 invasores haitianos quienes estaban dotados de varias piezas de artillería que antes formaron parte del poderoso ejército imperial francés. Los intrusos también poseían una impresionante descarga de caballería y una infantería fogueada en la guerra.
Si bien es cierto que Santana, acampado en la cercana comarca de Sabana Buey, fue el personaje principal de este acontecimiento bélico, no menos cierto es que el triunfo se debió en gran medida al coraje, las enseñanzas marciales eficazmente puestas en práctica, la determinación y la pericia de otros patriotas presentes o ausentes físicamente del teatro de los hechos ocurridos en ese lugar marcado en la historia dominicana. Muchos de esos patriotas han sido ignorados por algunos historiadores de presencia dominante en la prensa nacional y en la bibliografía criolla.
A propósito de Santana, al analizar su vida como conductor de hombres bajo las armas, hay que darle la razón al historiador Sócrates Nolasco cuando sostiene, en un ensayo histórico de largo aliento, que en la batalla de Las Carreras se cerró la importancia militar de este personaje en cuanto a enarbolar el sentimiento de Independencia Nacional.
Analizando ahora gran parte de la documentación histórica en torno al general Pedro Santana se puede decir que luego del resonante triunfo de las armas dominicanas en la batalla de Las Carreras se inicia su punto de quiebre en lo que se relaciona con la entonces creencia profusamente difundida de que era el salvador de la dominicanidad.
Sócrates Nolasco
Es una obviedad decir que ya para el 1849 los fantasmas insomnes que carcomían la mente de Santana le aguijoneaban para que transitara el sendero de la traición a la Patria.
La Anexión de la recién nacida República Dominicana a España, propiciada por Santana y sus secuaces, fue un hiato incomprensible a la luz de la historia. Un auténtico matricidio que costaría miles de vidas dominicanas. Las cavilaciones de Santana en Sabana Buey, y todo su posterior accionar en el palenque de la vida nacional, ora desde la presidencia de la República ora en otros escenarios, se redujeron a un proceso de alargamiento de la estela de humo negro que sepultó en la ignominia su nombre.
Matías Ramón Mella
Para no alargar las pruebas de lo anterior basta señalar que cuando el general Francisco Serrano Domínguez, Capitán General de la colonia de Cuba y futuro Duque de Torres, juramentó a Santana como jefe de la nueva colonia de Santo Domingo, el 4 de agosto de 1861, también le impuso la Orden Isabel La Católica, que se le había otorgado seis años antes, es decir en el 1855.
Ese hecho, aparentemente protocolario, encerraba la clave para entender el largo laborantismo desarrollado por Santana y sus más cercanos conmilitones y asesores civiles contra la Patria.
Es oportuno decir que en los duros enfrentamientos librados en el caserío de Las Carreras brillaron una vez más muchos combatientes casi anónimos como los higüeyanos Juan Fenelón Valdez y Florencio Soler. Este último fue el mismo aguerrido portador de la enseña tricolor que servía de bujía y de elemento energizante al Batallón de Higüey, y quien años atrás (el 17 de septiembre del 1845, en la Batalla de la Estrelleta, escenificada en una planicie cercana al río Matayaya)llenó de asombro a los presentes e insufló el empuje final para el triunfo de las armas dominicanas cuando dio un salto usando como pedestal el asta de la bandera nacional que portaba y de un certero sablazo dividió en dos el fornido cuerpo de un oficial haitiano.
En Las Carreras también se probó de nuevo, con impresionante eficacia, la táctica de combate creada como doctrina propia por el patricio Ramón Mella para enfrentar en el fragor de los combates a los invasores, y la cual se resumía así: para las líneas de vanguardia ordenaba cuerpos en tierra cuando retumbaban los cañones enemigos y ágiles avances cuando los contrarios recargaban armas.
La batalla de Las Carreras, injustamente cuestionada por algunos historiadores, que la reducen a simples escaramuzas, fue una secuela del éxito arrollador de las tácticas elaboradas y desplegadas en los teatros de la guerra por Antonio Duvergé Duval, el héroe de muchos combates y batallas de gran significación para el sostenimiento de la dominicanidad.
Es verdad que Duvergé no estuvo físicamente presente en Las Carreras, cuando el fuego patrio hizo añicos a los invasores haitianos que combatían bajo las directrices del emperador Faustin Soulouque, y con el mando directo de los coroneles Pierre Paul y Auguste Brouard.
Pero también es verdad que Duvergé había dejado en ese solar histórico al aguerrido coronel de origen venezolano Francisco Domínguez, con las instrucciones de rigor ante cualquier eventualidad bélica.
El coronel Domínguez no escatimó esfuerzos y cumplió al pie de la letra la encomienda recibida, en plena conjunción con lo que ya le había indicado uno de los más grandes adalides de la independencia dominicana. El resultado fue que los dominicanos lograron infligirles una apabullante derrota a las tropas intrusas.
En ese sangriento combate también brillaron, entre otros, los generales Antonio Abad Alfau, Bernardino Pérez, Merced Marcano, y el venezolano Pascual Ferrer; así como los coroneles Antonio Sosa, Marcos Evangelista, Blas Maldonado, Bruno Aquino y Bruno Rosario y el comandante Juan Cheri Victoria, francés que se jugó varias veces la vida en defensa de los dominicanos y que coronó su carrera militar con el rango de general de brigada y comandante de armas en Baní.
Es pertinente consignar que el uso del arma blanca fue de gran importancia en el triunfo de los dominicanos en la gran batalla de Las Carreras.
Por lo que se sabe del método de combate que caracterizaba al general Merced Marcano se podría decir que fue él el que sugirió una operación de pinza (con vanguardias guerrilleras encabezadas por el célebre Aniceto Martínez y los referidos tocayos Bruno) en la parte norte de los matorrales montañosos del paraje conocido como Boquerón, casi aledaño al caserío de Las Carreras.
Para mejor ubicar geográficamente a los lectores es pertinente decir que desde hace varias décadas en ese histórico lugar opera un mercado carretero, famoso por la venta de morteros (más conocidos como pilones), así como dulces, cebollín, orégano, queso envuelto en yagua, frutas, semillas de cajuil, aves de corral y diversos artículos artesanales.
Fue en Boquerón que los patriotas criollos aniquilaron a la retaguardia de los invasores que allí se agazapaban, luego de cruzar en desbandada el río Ocoa.
Es oportuno consignar que en un relato histórico publicado en el año 1885 el Padre Billini sostiene que el famoso médico Dr. Pedro Delgado estuvo en la batalla de Las Carreras cubriendo la parte sanitaria de los combatientes dominicanos.
El poeta, militar y músico clarinetista Juan Bautista Alfonseca Baris escribió un himno a esa batalla, resaltando la bizarría de los patriotas dominicanos.
El río Ocoa que, en abril del año 1849, fue testigo mudo de la bizarría de las tropas dominicanas, ahora en sus cursos medio y bajo sirve de punto fronterizo entre las provincias de Azua y de Peravia.
En el 1785 el sacerdote e historiador Antonio Sánchez Valverde escribió ampliamente sobre el tramo final y los entornos de este importante río, de cuya desembocadura dijo que tiene la forma de: «una omega, más bien que de una herradura con la que lo designan algunos.»( Ver Idea del valor de la Isla Española y utilidades de de ella puede sacar su Monarquía).
Ese texto no es de ficción ni tampoco es una colección de acertijos. De él el profesor Juan Bosch escribió: «Es un libro fundamental para el que se proponga estudiar la composición social dominicana.»
Sobre esta corriente de agua dulce que es el río Ocoa el explorador alemán Richard Ludwig anotó en el 1888, en sus hojas de viajero, lo siguiente: «El camino de Baní a Azua es pedregoso y seco, y en su segunda mitad conduce hasta el mismo mar; el río más caudaloso que puede desbordarse es el Ocoa, en cuya orilla izquierda se encuentra la mísera localidad de Sabana del Rey, y a la derecha de esta se explota una gran plantación de azúcar en el suelo añejo de un gran palmeral».( Ver Santo Domingo visto por cuatro viajeros 1850-1889,página 64.Publicado por la Academia Dominicana de la Historia en el 2016).
2018-02-22 00:04:49