
POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
(Exterminio de los indígenas)
El Cacicazgo de Higüey, que a la llegada de Colón y sus conmilitones al llamado Nuevo Mundo estaba gobernado por el sobresaliente cacique Cayacoa, fue el epicentro de los últimos enfrentamientos entre los colonizadores españoles y los indígenas que aún sobrevivían a la larga jornada de exterminio a que fueron sometidos los taínos que habitaban la isla.
En los escritos de los dominicos, recopilados por el historiador Emilio Rodríguez Demorizi, estos valientes sacerdotes dejaron constancia de que por órdenes del terrible comendador de Lares el capitán español Juan de Esquivel dirigió el masivo asesinato de entre 7 y 8 mil indígenas que formaban parte del paisaje humano del cacicazgo de Higüey.1
La matanza de indios ocurrida en Higüey fue una atrocidad de tal magnitud que ni siquiera los cronistas al servicio de las autoridades coloniales pudieron maquillar.
Las clásicas metáforas creadas para ocultar crudas realidades de sayones despiadados no sepultaron las pruebas sobre el aniquilamiento abominable de miles de taínos. La verdad sobre ese genocidio siempre ha flotado y es un baldón atado a la historia de la conquista y colonización de la América situada al sur del río Bravo.
(Virgen de Altagracia)
Luis Gerónimo de Alcocer, en el lejano 1650, fue el primero que reseñó con ribetes históricos el siempre apasionante tema de la mariología en el ámbito dominicano. El núcleo de su contribución en ese aspecto fue este: «La imagen milagrosa de Nuestra Señora de la Altagracia está en la villa de Higüey…»Desde entonces sus comentarios han servido de materia prima para todos los que han escrito al respecto.
Esa imagen, que es sagrada para los católicos dominicanos, fue llevada a Higüey por los hermanos españoles Antonio y Alonso Trejo, extremeños nativos de la ciudad de Plasencia, quienes se habían asentado desde hacía varios años en aquella comunidad del Este, donde eran dueños de haciendas.
Los Trejo colocaron el cuadro hagiográfico en el altar de la parroquia San Dionisio, la cual se había creado el 12 de mayo de 1512, por mandato del obispo de Santo Domingo Fray García Padilla, siendo una de las primeras de América.
El encargado de recolectar el dinero para la construcción de dicho templo fue Simón Bolívar Jáuregui, de origen vasco y sentimiento higüeyano, iniciador en el Nuevo Mundo de esa ilustre familia y quinto abuelo de Simón Bolívar, el héroe por antonomasia de América del Sur.
Cuatrocientos cuarenta y siete (447) años después de su creación esa parroquia fue convertida en Obispado. Su primer obispo fue el ilustre y noble higüeyano monseñor Juan Félix Pepén Solimán, quien con su báculo en mano, arropado por su pueblo y apertrechado de su inmensa bondad y sabiduría, ascendió al solio obispal de La Altagracia el primero de abril de 1959.
Hasta ahora nadie ha desmentido que el impreso más añejo de la isla de Santo Domingo (publicado en el año 1800) se hizo por iniciativa del párroco de Higüey Pedro de Arón Morales. Era una Novena dedicada a la Virgen María, con su advocación de Altagracia.
(El Batallón de Higüey)
El Batallón Sangriento de Higüey estaba integrado por intrépidos combatientes de aquella histórica población. Está catalogado como uno de los cuerpos militares más aguerridos, de los muchos que se batieron a lo largo y ancho del territorio nacional contra enemigos de todos los pelajes, tanto en las luchas por consolidar la Independencia Dominicana como en las heroicas jornadas en procura de restaurar la República conculcada por la abominable Anexión a España.
En eso la mayoría de los historiadores han estado en sintonía, a pesar de que algunos reconocidos mezquinos lo han hecho a regañadientes, vencidos por la objetividad de los hechos.
Uno de los que no escatimó palabras para resaltar la valentía de los legendarios combatientes de la punta más oriental del país fue el historiador José Gabriel García, quien refiriéndose a la icónica batalla de La Estrelleta escribió que: «…el batallón de Higüey se distinguió mucho en dicha batalla y que, por tal motivo el general en Jefe, general José Joaquín Puello, le ofrece a nombre del gobierno una paga extraordinaria en recompensa de su loable conducta.»2
En Abono a lo anterior es oportuno decir que en sus escritos el célebre sacerdote Gabriel Benito Moreno del Christo plasmó, en carta dirigida en el 1876 al entonces presidente de la República, don Ulises Francisco Espaillat, que «en la guerra épica que sostuvieron contra Haití el batallón de Higüey ocupó siempre la vanguardia.»
(Luchas internas de política criolla)
El pueblo higüeyano no estuvo ajeno a las muchas luchas intestinas desarrolladas en épocas pasadas en todo el territorio dominicano. El 19 de julio de 1857 se desplegó un fuerte combate a pocas cuadradas del santuario que guardaba entonces la imagen de la Virgen de Altagracia. Cuando alguien, en clave de provocación, osó decir: «Batallón de Higüey, ya se te acabó tu fama»!, recibió como respuesta una fulminante lluvia de balas que mecharon su cuerpo.
Vale recordar también que Cesáreo Guillermo Bastardo, dos veces presidente de la República, salió de Puerto Rico el 30 de julio de 1881 con el propósito de derrocar al gobierno de monseñor Meriño. Días después desembarcó en Punta Cana, Higüey. El tristemente célebre Decreto de San Fernando y su brazo ejecutor Ulises Heureaux fueron activados en su máxima expresión para enfrentar aquella acción. El Este dominicano se tiñó de sangre.
La Gaceta Oficial, en su edición del 2 de agosto de 1885, consigna que en dicho año estaba en curso en Higüey y sus contornos un alzamiento armado contra el gobierno entonces presidido por el General Alejandro Woss y Gil.
En la sesión del Senado de la República del 11 de diciembre de 1856 su presidente Juan Bautista Lovelace leyó un largo memorial de agravios que el pueblo higüeyano presentaba en contra del general Pedro Santana, a quien acusaba de múltiples abusos.
(Tres entre muchos combatientes higüeyanos)
De la cinco veces centenaria población de Higüey surgieron en el pasado miles de combatientes que ofrendaron sus vidas y bienes por una República Dominicana libre de todo yugo extranjero. Sería demasiado prolijo tan solo citar sus nombres, por eso basta mencionar algo sobre tres de ellos, para proyectar el accionar del conjunto de héroes y mártires higüeyanos que lo dieron todo por la Patria.
Eustaquio Ducoudray Villavicencio fue una figura preclara en la historia de Higüey y fuera de sus contornos. Nació en aquella comarca del oriente del país en el 1845. Sus ancestros eran franco-suizos. Monseñor Meriño lo nombró, ya en su etapa de reposo del guerrero, como tesorero del santuario de san Dionisio, momento en que lo calificó como «caballero honrado y prestantísimo».
Fue un gallardo combatiente en el fragor de los combates librados en la guerra de Restauración. Además fue durante dos años jefe de las fuerzas destacadas en la Fortaleza Ozama, entonces principal bastión militar de Santo Domingo.
El acucioso historiador Vetilio Alfau Durán clasifica a Ducoudray como benemérito patricio. Los generales Gregorio Luperón y Casimiro Nemesio de Moya también dejaron para la posteridad palabras laudatorias para ese ilustre higüeyano.
Cleto Villavicencio, insigne oficial independentista, está por derecho propio en los infolios amarillos de nuestro pasado. Fue el aguerrido soldado que en la batalla de Las Carreras sacó de combate al feroz general haitiano Luis Michel, arrebatándole un mortífero cañón con el cual había puesto en peligro la suerte de los dominicanos.
El historiador Alcides García Lluberes escribió de él lo siguiente:»Cleto Villavicencio, de Higüey…fue quien le dio la lanzada en el pecho a Luis Michel, bravo general haitiano……»3
La historia oral consigna que ese referido cañón, valioso botín de guerra, fue «regalado a la Plaza de Higüey en prueba del valor de los que tan heroicamente lo habían arrebatado a los haitianos».
Nicolás de Soto, higüeyano nacido en Azua, se negó tocar, en una plazoleta de Higüey, el mismo clarinete que luego de arrebatárselo bajo fuego a un oficial haitiano había hecho vibrar con acordes marciales en la referida Batalla de Las Carreras. Con su actitud ese combativo independentista rechazó, con riesgo de su vida, una orden perentoria y de cumplimiento obligatorio del presidente Buenaventura Báez, quien en la postrimería del trágico período conocido como el de los Seis años ordenó izar, con fanfarria y ditirambos, la bandera de los Estados Unidos en los pueblos dominicanos.
(Ilustres visitantes)
Desde los tiempos coloniales muchas personalidades se establecieron en Higüey o estuvieron de visita en aquel solar histórico.
Uno de los primeros famosos que pisó ese entonces caserío fue Fray Bartolomé de las Casas, quien llegó en la flota de Nicolás de Ovando: «Nada más arribar a la isla, se unió a la gente del comendador para luchar contra los indios de Higüey y Jaragua…»4
Lo anterior equivale a decir que Fray Bartolomé de las Casas fue parte protagónica de los que masacraron a los indígenas de Higüey, aunque años después (dicen que leyendo más a fondo el libro Eclesiastés) cambió el rumbo de su vida y se transformó en defensor de los indios, incluso antes de usar su impecable hábito de predicador dominico y de ser obispo de Chiapas, en el montañoso suroeste mexicano, reino central de las culturas olmeca, chiapaneca y maya.
Otro visitante ilustre del pasado fue Vicente Celestino Duarte. De esa ilustre familia él fue el que más se compenetró con Higüey, donde realizó varias visitas. Es una figura histórica que merece ser más estudiada en su dimensión histórica. El sabio don Américo Lugo lo definió así: «es uno de nuestros claros próceres, cuyos méritos se olvidan a causa del gran valer de su hermano».5
Rematando en esa línea de pensamiento el historiador Leonidas García Lluberes dijo sobre Celestino Duarte que: «…fue parte activa y principalísima en nuestra revolución de independencia». 6
El gran independentista Tomás de la Concha viajó a Higüey el 27 de febrero de 1854 para resaltar, en lugares públicos y hogares de prestantes ciudadanos, la notoria y decisiva participación de los habitantes de ese pueblo en las luchas libradas para afianzar la Independencia Nacional. Un año, un mes y 12 días después de pisar suelo higüeyano el héroe que conquistó el amor de Rosa Duarte fue fusilado en El Seybo, por órdenes del implacable Pedro Santana.
El 15 de enero de 1867 el Presidente de la República José María Cabral visitó la comunidad de Higüey. Lo hizo con el propósito de resaltar las fibras patrióticas de sus pobladores, muchos de los cuales habían luchado bajo sus órdenes. Su arenga la terminó con un vibrante ¡vivan los higüeyanos!
El Papa Juan Pablo II visitó Higüey el día 12 de octubre de 1992. En el frontispicio de la Basílica, cuna en el país de la Virgen de Altagracia, fue que ese ilustre prelado dijo, extensivo para todo el pueblo dominicano:»a la sombra de este templo se ha formado un pueblo en fusión de razas y culturas, de anhelos y esperanzas, de éxitos y de fracasos, de alegrías y tristezas».7
Muchas otras personalidades de estatura nacional han ido a residir a Higüey. Uno de los más sobresalientes huéspedes de aquella población, en calidad de cura párroco, fue Manuel María Valencia, quien presidió el Congreso Constituyente que elaboró la primera constitución dominicana, la del 6 de noviembre de 1844, luego de lo cual se consagró al sacerdocio.
(El presidente Ulises F. Espaillat sobre Higüey)
En el pasado, al mismo tiempo que las guerras liberadoras fueron el centro de la atención y participación de los higüeyanos, también estaba la agropecuaria como eje de su actividad económica.
Fue por esa realidad que el 23 de junio de 1876 el presidente Espaillat le escribió al párroco del Santuario San Dionisio, Gabriel Benito Moreno del Christo, una extensa carta en la que decía, entre otras muchas cosas, que: «…envidiable la suerte futura de esa comarca, si se encamina hacia ella una inmigración agrícola que ponga en actividad su riqueza muerta.» El presidente Espaillat auguraba un éxito económico cuando entraran «las máquinas de todo género que habrán de introducirse en cuanto un capitalista se penetre de las conveniencias que brinda Higüey para las empresas agrícolas en gran escala».8
(Guerrillas del Siglo XX)
A Higüey y sus campos más habitados fueron de manera individual, a mediado de la segunda década del siglo pasado, en plan de conquistar combatientes, los señores Salustiano Goicoechea, Vicente Evangelista, Ramón Natera, Cabo Gil y Ramón Batía, quienes eran líderes de los llamados gavilleros, un mal nombre etiquetado por sus denostadores.
Haciendo abstracción de comportamientos negativos particulares de algunos que se hacían pasar por defensores de la Patria, sin serlos en realidad, es necesario decir que los llamados gavilleros fueron, en esencia, en una etapa significativa de sus actividades armadas, una expresión de la rebeldía de los moradores del Este del país contra los invasores estadounidenses que ocuparon la República Dominicana (1916-24).
Pero como la verdad no se debe ocultar, es necesario consignar que algunos sujetos formaron cuadrillas fuera de control y sin sentido de responsabilidad histórica y cometieron decenas de tropelías en contra de los moradores de los pueblos y campos de la región oriental.
Por eso doy por válido que: «En la zona de Higüey, extremo oriental de la isla, proliferaron bandas estrictamente criminales, que sembraban un terror indiscriminado, como la de José Piña, al grado de que tuvieron que ser enfrentadas por los moradores armados de armas blancas».9
1-Los Dominicos y Las Encomiendas.Pág.251.Recopilador Emilio Rodríguez
Demorizi. Editora del Caribe. Edición 1971.
2- Historia de Santo Domingo. Segundo tomo.Pág.36
3- El Esfuerzo, edición 20 abril de 1933.
4- Bibliotecas Privadas y Vida Cotidiana en la Colonia de Santo Domingo.
página 68.Carlos Esteban Deive. Editora Búho, 2017.
5- Figuras Americanas. Américo Lugo.Pág.14
6-Crítica Histórica Pág.228. Leonidas García Lluberes.
7- Homilía de Juan Pablo II. Higüey 12 de octubre del 1992.
8. Escritos de Ulises Francisco Espaillat. Págs. 322-323.Editora Amigo del
Hogar. 1987.
9- Revista CLÍO No.191, Enero-Junio 2016. Roberto Cassá.
Bibliografía adicional:
.Tratado de Basilea de 1795, en la parte española de Santo Domingo. J.
Marino Incháustegui. Edición 1957.
.La Fantasma de Higüey. Francisco Javier Angulo Guridi. Editora Búho. 2007.
.La propiedad en Entredicho, una historia documental de Higüey, siglos
XVII-XIX. Rudolf Widner. Editora Manatí 2004.
.Paisajes y Acentos. José Forné Farreres. Editora Búho 2010.
.Apuntes para una historia de Higüey. Vetilio Alfau Durán.
.Bartolomé de Las Casas. Volumen II. Autor Manuel Giménez Fernández.
Editada en Sevilla en 1953.
.Historia de Salvaleón de Higüey. Hugo Eduardo Polanco Brito.
.Gavilleros, 1904-1916. AGN. Volumen LXIV. Edición del 2008. María Filomena
González Canalda.
.Vetilio Alfau Durán en el Listín Diario. Escrito (I).
2018-03-09 11:11:04