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ELECCIONES DOMINICANAS, PARTE DE LA HISTORIA (I)
POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
El libre ejercicio del derecho al voto es la más elevada expresión de lo que significa la democracia. Es por ello que la voluntad de los votantes no sólo debe respetarse, sino también revestirse de todas las garantías necesarias para que decidan conforme a su conciencia, macerada por el interés de que la sociedad avance hacia niveles superiores.
Es al momento de votar cuando la mayoría de los ciudadanos, aquí y en cualquier parte del mundo, más se acercan a la periferia del aparato gubernamental, cuestión que ha sido tratada no sólo por cientistas sociales y filósofos sino incluso por los más elevados dignatarios eclesiásticos.
El Papa Juan XXIII, casi en su despedida terrenal, en la que fue su última encíclica, titulada Pacem in Terris, abordó con gran clarividencia el tema de referencia, al indicar que «es una exigencia de la dignidad personal el que los seres humanos tomen parte activa en la vida pública…»1
La República Dominicana se encuentra en la recta final de un proceso electoral cargado de incertidumbre, tanto por los acostumbrados motivos endógenos como por acontecimientos exógenos, de alcance mundial.
El 5 de julio próximo los dominicanos aptos para votar escogerán en el escenario de las urnas a los próximos Presidente y Vicepresidente de la República, así como a los Senadores y Diputados que integrarán el nuevo Congreso Nacional.
En todo momento será de gran trascendencia para el presente y para el futuro del país pensar que es más importante lo que corresponde a todos que lo que se limita a cualquier interés particular.
Siempre será útil recordar que la democracia es producto de un largo y accidentado proceso evolutivo, desde que ella dio sus primeros balbuceos en la antigua Grecia, con deformidades congénitas que la hacían un cuerpecito baldado por taras que con el tiempo fueron desapareciendo.
Es hora de actuar con profundidad de mira, con el debido cuidado y pensando en el mejor punto de equilibrio. No se debe revivir el estilo de los zelotes, cuyo carácter arisco aparece, con la acidez propia del radicalismo, en algunas narraciones de la Biblia.
Todos sabemos que esta vez el activismo político ha sido atípico, pues las parafernalias y el ambiente carnavalesco que caracterizan el cortejo de las elecciones en tiempos de democracia no se han podido hacer como antes, dada la situación provocada por la Covid-19.
No obstante los inocultables problemas del presente hay que insistir en que eso no puede ser obstáculo para que los comicios de la próxima semana se desarrollen en el marco de los enunciados generales de la democracia, que en el caso de la República Dominicana tiene el elevado rango sustantivo de lo constitucional, pues es la misma Carta Magna vigente (la cual cumplió el 13 de este mismo mes cinco años de haber sido proclamada) la que en su artículo 2 dispone que:
«La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, de quien emanan todos los poderes, los cuales ejerce por medio de sus representantes o en forma directa, en los términos que establecen esta Constitución y las leyes.»2
LA POLÍTICA PARA DUARTE
Oportuna es la ocasión para recordar que el ilustre Juan Pablo Duarte, cuya memoria ha sido muchas veces vilipendiada por espíritus enanos que pretenden negarle el más elevado pedestal de la proceridad dominicana, en carta redactada en Caracas, Venezuela, el 29 de octubre de 1869, definió la política, tal vez inspirado en los textos de Aristóteles, de esta manera:
«La política no es una especulación; es la Ciencia más pura y la más digna, después de la Filosofía, de ocupar las inteligencias más nobles.»3
La verdad monda y lironda ha sido y es, tanto en el pasado como en el presente, que son poquísimos los líderes, dirigentes o candidatos políticos que se han detenido a reflexionar sobre esas sabias palabras duartianas; y si lo han hecho se han movido en el sentido contrario al mensaje que contienen.
Siempre, y ahora más que nunca, se debe votar pensando en el bien común. Nunca bajo el impulso anímico que pueda generar un mendrugo de pan de ocasión. La dignidad humana de modo invariable debe estar por encima de cualquier necesidad propia de la carencia material. Eso es lo que en el fondo proyecta el pensamiento de Duarte.
Está claro que a pesar de las dificultades coyunturales del momento la mayoría de los dominicanos aspiran a una República Dominicana vibrante, positiva, eliminadora de escollos y deseosa de alcanzar metas de bienestar colectivo, con un alma nacional muy diferente a aquella que de sí mismo definió Don Quijote de la Mancha como el asiento de «…las tristezas, las desgracias y las desventuras.»4
TRES GRUPOS ORIGINALES DE LA POLÍTICA DOMINICANA
A grandes rasgos, y sin entrar en consideraciones particulares pues no es el caso ahora, se puede resumir que los tres núcleos políticos originales del país fueron primero, La Trinitaria, fundada por Juan Pablo Duarte, la cual fue el instrumento de acción que permitió la fundación de la República Dominicana. Segundo, el partido de los que abogaban por el mantenimiento del dominio aquí de los haitianos y tercero, el llamado Partido Afrancesado, que era un grupo que se movía alrededor de Andrés Levasseur, un funcionario consular francés que tuvo gran influencia en todo el Caribe insular en un tramo agitado del siglo XIX, y cuyo objetivo era convertir al pueblo dominicano en un protectorado de Francia, bajo una sarta de alegatos carentes de fundamento.
A partir de esos tres grupos, cada uno de ellos con propósitos marcadamente diferenciados, han surgido, tal y como lo registra la historia dominicana, una serie de agrupaciones políticas que sería demasiado prolijo tan sólo enunciarlas.
Me limito en eso a indicar que el historiador y jurista Julio Genaro Campillo Pérez en su obra El Grillo y el Ruiseñor, que luego fue titulada Elecciones Dominicanas, dividió el tema de los partidos políticos criollos (hasta donde llegó su gran labor recopiladora) en los tramos siguientes:
«Haciendo la República. Ciclo Santana. Ciclo de los Colores. Ciclo Heureaux o Lilisista. Ciclo de los Gallos. Ciclo Trujillo. Ciclo de los Cívicos. Ciclo Balaguer.»5
Del año 1978, fecha en que concluyó la investigación de Campillo Pérez, para acá han ocurrido muchas cosas que también quedarán registradas en la historia. Los actores políticos que desde entonces se han movido en la arena política nacional tendrán en las páginas de la historia el lugar que sus hechos determinen.
En la política dominicana siempre han existido más grillos que ruiseñores. Ya el 16 de abril del 1845, cuando la República Dominicana tenía apenas un año, un mes y días de nacida un agudo observador, que escribía con el seudónimo de J.M. Filorio, hizo referencia al grillo que «se atreve a martirizar nuestros pacientes oídos» con sus «destemplados chillidos». Achacaba ese atrevimiento del grillo porque veía «mudos al Ruiseñor y a la Calandria» y añadía que también lo hacía «persuadido de que nada es más contrario a la naturaleza del hombre que ese sopor de muerte en que permanecemos sumergidos.»6
PERICLES, LINCOLN Y LA DEMOCRACIA
Ahora que nos acercamos a la hora cero de unas elecciones marcadas por señales preocupantes y presagios negativos propalados por voces agoreras de la politiquería criolla, es oportuno decir que muchas figuras con páginas de honor en la historia universal plasmaron sus opiniones sobre la palabra democracia y lo que ella envuelve en el orden político, social, económico e histórico.
Al respecto me permito tener presente que el abogado, orador y general ateniense Pericles, en tiempos tan lejanos como el año 445 antes de la era cristiana, hizo extraordinarios aportes teóricos sobre los perfiles de lo que con el paso de los siglos sería el sistema político de la democracia.
Ese gran pensador de la antigüedad produjo sus reflexiones cuando cesó la violencia en la primera guerra del Peloponeso, librada cerca del istmo de Corinto, situado en medio de los mares Egeo y Jónico, entre espartanos y atenienses, estos últimos dirigidos por él en esa contienda bélica.
También el mítico Presidente estadounidense Abraham Lincoln dejó para la humanidad profundas lecciones de democracia al invocar en un breve discurso pronunciado el 19 de noviembre de 1863, en las praderas de Gettysburg, en el corazón de Pensilvania, los principios de igualdad de los hombres. Fue al final de esa pieza oratoria de alcance universal cuando dijo: «…que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra.»7
Pericles y Lincoln, como muchos otros a lo largo y ancho del mundo, y en diferentes épocas, deben servir de fuente inspiradora para decir que el pueblo dominicano seguirá existiendo más allá del 5 de julio próximo, y que nadie podrá torcer el rumbo que ese día se escoja en las urnas de manera libre y con el pendón de la soberanía popular como centro.
LA DEMOCRACIA NO ES TRUCULENCIA
La expresión del voto a través de elecciones transparentes es lo que le da solidez al sistema democrático, lo cual comenzó a proyectarse con carácter universal en el 1789 cuando en Francia se proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, haciendo descansar todo el espectro de la soberanía en el ancho y profundo concepto de Nación.
Es lastimoso tener que decir que en este extraño y dificultoso 2020 todavía se observan truculencias propias de la grisalla política criolla del siglo antepasado y del que finalizó hace 20 años.
En la recta final de las elecciones que se van a realizar el 5 del mes próximo se observa con indignación un inusitado activismo de falsa filantropía coyuntural con un fuerte olor a truculencia política.
En medio de la pandemia de la Covid-19, y aprovechándose de ella, algunos candidatos desesperados, y no con poca angustia, hacen rememorar la gramática parda de los comerciantes venecianos de antaño, que se movían entre plazas, pasadizos y puentes que conectan las 118 islas del archipiélago de situado en la región de Véneto, en el norte italiano, y que fue convertida en literatura por Shakespeare, en su obra teatral El mercader de Venecia.
Digo lo anterior porque cuando la población dominicana ha tenido que estar más tiempo de lo habitual bajo techo familiar se ha desatado una bestial campaña política sucia a través de los medios de comunicación masiva, radial, escrita, televisiva y por vía de las diferentes aplicaciones de los llamados teléfonos inteligentes.
Hemos presenciado ese grotesco espectáculo de indecencia dirigido por algunos grupos políticos hacia sus adversarios, en una franca violación a lo que dispone la Ley Electoral No.275-97, en el literal d de su artículo 94:
«Durante el período electoral ninguna agrupación o partido político podrá usar frases ni emitir conceptos, por cualquier medio de difusión, contrario a la decencia, al decoro y a la dignidad de las agrupaciones o partidos políticos adversos o a sus candidatos.»8
Es importante recordar que la Ley 15-19, promulgada tan reciente como el 18 de febrero del año pasado, al referirse a las normas éticas de la campaña electoral, establece en su artículo 160, numeral 4, lo siguiente: «…en ningún aviso o manifestación publicitaria, podrán utilizarse expresiones ofensivas en forma directa o indirecta hacia los demás participantes del proceso, y tampoco deben usarse calificativos insultantes, ni referencias degradantes a la persona, al nombre o apellidos de los candidatos y miembros de otras organizaciones políticas.»9
Eso se ha convertido en la práctica en papel mojado, pues el órgano que por mandato expreso del artículo 18, numeral 9 de la referida ley está facultado para reglamentar la propaganda política y electoral del país ha mantenido una laxitud increíble.
La historia del politiqueo criollo, con su ramplonismo y no pocas veces con desenlaces desagradables y perturbadores, ha estado presente en cada certamen electoral.
La transparencia en las elecciones dominicanas ha brillado por su ausencia en casi todos los procesos electorales, comenzando por la celebrada en el 1848 bajo el dominio de las fuerzas políticas acaudilladas por el General Pedro Santana. Lo que se observa ahora, al menos en la fase del proselitismo, no es una excepción.
En el pasado predominaba la mudez legal en todo lo concerniente a lo que pudieran definirse como partidos políticos. En el presente hay un cuerpo de leyes electorales que teóricamente tutelan su accionar, pero en la realidad las diferencias son sólo de matices en el comportamiento que exhiben algunos de los grupos que pugnan por tener la administración de la llamada cosa pública.
DOS CASOS OCURRENTES DE LA POLÍTICA DOMINICANA
Muy pocos de los líderes y dirigentes políticos dominicanos, a través del tiempo, se han dedicado a realizar pedagogía política. Ese es el punto clave del por qué se repiten los vicios del pasado.
La inmensa mayoría de los que han ejercido o ejercen como oficio y beneficio la política en el país han tenido o tienen como objetivo básico utilizar los medios a su alcance, lícitos o no, para avasallar a los contrarios y lo que es peor aún vulnerar, al costo que sea, la voluntad mayoritaria de los votantes.
En la efervescencia de la actual campaña electoral es oportuno recordar (como simple ejemplo de las tachas del pasado que no se han superado) una propaganda de los partidarios del general Pedro Santana, difundida en la ciudad de Santo Domingo el 27 de julio de 1858, esencialmente resumida en que sus contrarios políticos pretendían llevarse la Capital de la República para Santiago de los Caballeros, mudanza que supuestamente incluía la Catedral Primada de América y otros monumentos históricos.
Después de ese infundio los santanistas hicieron desaparecer la Constitución de Moca y crearon otras desgracias nacionales, como la interrupción del gobierno de José Desiderio Valverde Pérez.
El segundo caso fue planificado en el año 1886 por el socarrón Ulises Heureaux, mejor conocido como Lilís, quien aspiraba sustituir en la Presidencia de la República, con motivo de las elecciones del primero de julio de dicho año, al general Alejandro Woss y Gil, descrito por el narrador Tulio Cestero Leiva en su clásica novela La Sangre como «un general de treinta años, con fama de valor e inteligencia.»10
El famoso Alejandrito, un seibano guapo como abeja de piedra, y el ladino puertoplateño Lilís formaban parte del ala conservadora del Partido Azul, fundado por el insigne general Gregorio Luperón.
La dupla contraria, del mismo partido pero de la tendencia liberal, estaba formada por el general capitaleño Casimiro Nemesio de Moya Pimentel, quien había acompañado a Lilís como vicepresidente en su primer gobierno (1882-1884), y por el escritor Francisco Gregorio Billini.
Lilís inventó una patraña, típica del surrealismo caribeño. Envió en una embarcación hacia Barahona al señor Martín Senior, un fervoroso partidario suyo, con la encomienda de que al llegar al fondeadero de aquella ciudad marítima pusiera en la cubierta unos pequeños barriles que había rotulado con el nombre de los candidatos contrarios: Comité Candidatura Moya-Billini, y que dijera a los curiosos que se acercaran que los barrilitos contenían dinero para entregárselo a alguien (sin especificar nombre) de los que dirigían allí ese tándem presidencial. No pocos de los presentes se fueron cabizbajos, con lo cual comenzó a surtir efectos la farsa referida.
Al caer la noche el barco abandonó Barahona, claro que sin desembolsar ningún dinero. En las siguientes horas se produjo un torbellino de comentarios, con acusaciones de un lado y otro entre los que seguían allí al general Moya y al novelista Billini. En toda la población se armó una incontenible tremolina por los supuestos 8 mil pesos que alguien recibió y no repartió. Eso dislocó la campaña de Moya y Billini en esa parte del país.
A los pocos días mandó Ulises Heureaux otra embarcación hacia la también llamada Perla del Sur, con parecidos barrilitos en la proa, pero con el rótulo Comité Candidatura Heureaux-Imbert.
En esa ocasión se le encomendó al señor Wenceslao Polanco completar la marrullería política diciéndole al público congregado en la ribera caribeña que en los barriles trajo dinero enviado por el general Lilís al presidente del comité de su candidatura en Barahona.
Recoge la historia que dicho sargento político vociferó que «como en las cosas del General no hay gato en macuto» hacía entrega formal del dinero. El jefe de los lilisistas barahoneros lo recibió y expidió recibo de descargo.
El historiador y jurista Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, al referirse a ese hecho de la politiquería criolla, dice en su obra Narraciones Dominicanas que: «El triunfo de la candidatura de Ulises Heureaux para presidente de la República y de Segundo Imbert para la vicepresidencia obtuvo en Barahona un triunfo espléndido.»11
Bibliografía:
1-Pacem in Terris. Difundida al mundo 11 de abril de 1963. Papa Juan XXIII.
2-Constitución de la República, proclamada el 13 de junio del 2015.Artículo 2.
3-Carta a José Gabriel García, 29 de octubre de 1869.Caracas, Venezuela. Juan Pablo Duarte.
4-Don Quijote de la Mancha. Segunda Parte. Capítulo XII.Pp630-637.Edición IV Centenario.RAE, 2004.Impresora Ingramex, 2004.Miguel de Cervantes Saavedra.
5-Elecciones Dominicanas. Impresora Amigo del Hogar, 1978.Pp33-233. Julio Genaro Campillo Pérez.
6-Documentos para la historia dominicana. Tomo I.P59.Editora Montalvo. 1944. Emilio Rodríguez Demorizi.
7-Discurso del 19 de noviembre de 1863. Gettysburg, Pensilvania, EE.UU. Abraham Lincoln.
8- Ley Electoral No.275-97.Literal d de su artículo 94. Promulgada el 21 de diciembre de 1997.
9-Ley No.15-19.Publicada en la Gaceta Oficial No.10933 del 20 de febrero del año 2019.
10-La Sangre. Reimpresa por Editora Nacional,2017.Tulio Manuel Cestero Leiva.
11-Narraciones Dominicanas.SDB. Editorial Cenapec,1998.P266. Manuel de Jesús Troncoso de la Concha.
2020-06-27 00:38:22