Opiniones

El Populista, sin él, no se gana.

Estudiando Sociología.

No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo. Axioma del autor Johnny Sánchez

La entrega al carisma del profeta sino porque los hombres creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, vive para su obra. Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido.» Del Maestro Max Weber

El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma.

El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y también la agencia de noticias del pueblo. Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, «alumbra el camino» y hace todo ello sin limitaciones ni intermediarios.

Más tarde se desarrollaron los demagogos puros: «Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar».

Perón y Peña Gómez aprendieron la importancia política de la radio, la que utilizarían para hipnotizar a las masas.

Chávez, por su parte, ha superado a su mentor, Fidel Castro en utilizar hasta el paroxismo, la oratoria televisiva.

El populismo fabrica la verdad.

Los populistas llevan hasta sus últimas consecuencias el proverbio latino: Vox populi, Vox dei.

Pero como Dios no se manifiesta todos los días y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno «popular» interpreta la voz del pueblo, eleva esa versión al rango de verdad oficial y sueña con decretar la verdad única.

Como es natural, los populistas abominan de la libertad de expresión.

Confunden la crítica con la enemistad militante; por eso buscan desprestigiarla, controlarla, acallarla.

El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos.

No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas.

El erario es el patrimonio privado que puede utilizar para enriquecerse y/o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, sin tomar en cuenta los costos.

El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión.

La ignorancia o incomprensión de los gobiernos populistas en materia económica se ha traducido en desastres descomunales de los que los países tardan decenios en recobrarse.

El populista reparte directamente la riqueza, lo cual no es criticable en sí mismo (sobre todo en países pobres, hay argumentos sumamente serios para repartir en efectivo una parte del ingreso, al margen de las costosas burocracias estatales y previniendo efectos inflacionarios), pero el populista no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia.

«¡Ustedes tienen el deber de pedir!», exclamaba Evita a sus beneficiarios.

Se creó así una idea ficticia de la realidad económica y se entronizó una mentalidad becaria. Y al final, ¿quién pagaba la cuenta?

No la propia Evita, sino las reservas acumuladas en décadas, los propios obreros con sus donaciones «voluntarias» y, sobre todo, la posteridad endeudada, devorada por la inflación

El populista moviliza constantemente a los grupos sociales: apela, organiza, enardece a las masas.

La plaza pública es un teatro donde aparece «Su Majestad el pueblo» para demostrar su fuerza y escuchar las invectivas contra los «malos» de dentro y fuera.

El pueblo, claro, no es la suma de voluntades individuales expresadas en un voto y representadas por un Parlamento; ni siquiera la encarnación de la «voluntad general» de Rousseau, sino una masa selectiva y vociferante que caracterizó otro clásico (Marx, no Carlos sino Groucho): «El poder para los que gritan el poder para el pueblo».

El populismo fustiga por sistema al «enemigo exterior».

Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista (más nacionalista que patriota) requiere desviar la atención interna hacia el adversario de fuera.

El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal.

El populismo abomina de los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la «voluntad popular».

En el límite de su carrera, Evita buscó la candidatura a la vicepresidencia de la República, hay varias mujeres aspirando hoy, en RD.

El populismo tiene, por añadidura, una naturaleza perversamente «moderada» o «provisional»: no termina por ser plenamente dictatorial ni totalitario; por eso alimenta sin cesar la engañosa ilusión de un futuro mejor, enmascara los desastres que provoca, posterga el examen objetivo de sus actos, doblega la crítica, adultera la verdad, adormece, corrompe y degrada el espíritu público.

Desde los griegos hasta el siglo XXI, pasando por el aterrador siglo XX, la lección es clara: el inevitable efecto de la demagogia es «subvertir a la democracia».

2010-04-26 18:35:41