Mario Rivadulla
Lunes 17,05,10
Respondiendo a los trágicos sucesos de ayer en San Cristóbal y algunos otros puntos del país en que el fanatismo partidario ensombreció al costo de cinco vidas lo que hasta ese momento había resultado un proceso casi carente de hechos de violencia, el Cardenal López Rodríguez afirmó que nuestra democracia es todavía muy inmadura. Tiene razón, aunque no solo por estas fatales ocurrencias.
Injusto regatearle a la Junta Central Electoral un buen desempeño en el montaje de los comicios más nutridos, complejos y exigentes que se han celebrado en el país. Innegable asimismo, que nuestro sistema electoral se ha ido modernizando y perfeccionando sus mecanismos para hacer las elecciones más transparentes, prácticamente sin la menor posibilidad de que se pueda alterar el resultado de las urnas. Ya hoy no es posible hablar de fraude como tantas veces ocurrió en las décadas de los sesenta, setenta, ochenta y parte de los noventa, que llegaron al punto de reformar la Constitución para recortarle dos años al último período presidencial del doctor Joaquin Balaguer.
No ha ocurrido así, sin embargo, con el ejercicio político que pocas veces como en esta oportunidad, estuvo caracterizado por el más desvergonzado transfuguismo. Los cambios de un partido a otro estuvieron a la orden del día. Ninguno de ellos respondió a razones éticas ni a diferencias doctrinarias; todos fueron fruto de aspiraciones personales que al no ser resueltas en las agrupaciones en que militaban hicieron a sus protagonistas dar el salto partidario sin el menor rubor, inclusive a parcelas a las que hasta el día antes se había estado combatiendo con saña.
La campaña de la mayoría de los candidatos estuvo vacía de propuestas concretas y constructivas. El populismo, el discurso demagógico y el clientelismo fueron ingredientes dominantes en el proceso. Hubo un fuerte movimiento militante de abstención. El ?todos son iguales y lo mismo da votar por uno que otro? se percibió de manera evidente y creciente en buena parte del electorado más consciente. Y la partidocracia perdió varios puntos adicionales en su ya bastante disminuido caudal de credibilidad. Es un síntoma peligroso y preocupante que debe motivar a la propia clase política por su propia sobrevivencia, a aceptar e impulsar reformas significativas para tratar de cambiar esta percepción..
Ahora que dejamos atrás las elecciones y debe reanudarse el trabajo congresional, seria un buen paso abocarse a discutir y aprobar la ley de partidos. No resultará ninguna panacea ni lo único por hacer pero sí puede constituir un buen paso inicial para comenzar a elevar la calidad del ejercicio político en el país, regular los partidos y ejercer control sobre el origen de los aportes privados de campaña a fin de reducir la posibilidad de que recursos provenientes del narcotráfico, el crimen organizado, la corrupción y actividades ilícitas pueda incidir en los resultados electorales.
Es cierto que somos una democracia inmadura. Quizás inclusive pecamos de arrogantes al considerarnos y llamarnos demócratas. Democracia es mucho más y aún nos falta bastante andadura para llegar a serlo. De esperar lo comprendan quienes están llamados a hacer marchar el país en la dirección correcta sin torceduras de ruta. Porque si no se hace, pudiera llegar un momento en que desandemos lo que hemos avanzado con penosas consecuencias. Que de ello tenemos cercanos y sobrados ejemplo.
TELEDEBATE. Telefuturo, Canal 23. ?teledebate (a)hotmail.com?
2010-05-18 14:14:13