Por Narciso Isa Conde
Estoy libre de sospecha de profesar y practicar cualquier tipo de sectarismo anti-religioso.
Tengo un gran respeto por todas las creencias y siempre he creído que los marxistas deben dialogar, intercambiar experiencias y lograr acuerdos no solo con los cristianos de diferentes escuelas, sino también con otras corrientes religiosas no cristianas, con las cosmovisiones y creencias religiosas de los pueblos originarios, de las etnias africanas y de las culturas sincréticas.
Nada humano debe ser ajeno a nuestro quehacer social, cultural y político.
Muy joven hice mía aquella aleccionadora frase de Ernesto Guevara: ?entre cristianismo y revolución no hay contradicción?
El Partido Comunista Dominicano (PCD) fue pionero en nuestro país del diálogo entre marxistas y cristianos y cultivamos una relación de hermandad con los ?Cristianos Comprometidos?, con los ?Comités Revolucionarios Camilo Torres (CORECATOS)? y con un gran número de sacerdotes y monjas partidarios/as de la teología de la revolución.
Siempre he considerado que esa interpretación de los evangelios y de la doctrina cristiana, en oposición a la teología de la dominación, es una de las fuentes teóricas del movimiento emancipador latino-caribeño
Nunca he militado en organizaciones y alianzas de izquierda que hayan prohibido en su seno la participación de personas con convicciones religiosas. En ningún momento hicimos nuestra esa errónea visión y esa práctica dogmática de matriz staliniana o procedente del marxismo euro-céntrico.
Actitud frente a la curia romana y a las altas jerarquías católicas a su servicio
Salvo en escasos periodos y en determinadas gestiones mundiales y nacionales, la alta jerarquía de la Iglesia Católica Romana ha jugado por lo general un papel realmente funesto, casi siempre al lado de las peores causas, de los intereses de los poderosos, de las monarquías, de las dictaduras (salvo cuando se están hundiendo), del patriarcado, del adulto-centrismo, de las conquistas imperiales, del colonialismo, del neocolonialismo, del capitalismo, y de la expansión imperialista.
Casi siempre opuesta a los procesos de liberación nacional y social, a las revoluciones populares, al socialismo, al comunismo? desde una actitud profunda e integralmente ?no solo filosóficamente- antimarxista, anticomunista, antifeminista.
Casi siempre en lucha contra los avances de las ciencias, plagada de corrupción, dogmatismo, homofobia, machismo, racismo, despotismo, aberraciones sexuales, hipocresías en todos los órdenes, oportunismo político y privilegios mayores.
Esto, claro está, con sus honrosas excepciones. Con sus Juan XXIII y Pablo VI, terriblemente torpeados por la curia reaccionaria.
Con su Monseñor Romero en El Salvador, con los obispos de la teología de la liberación de Brasil y también ?en menor grado- del Perú, México, Argentina y otros países.
Con determinadas expresiones de dignas rebeldías, generalmente sofocadas y aisladas, marginadas y perseguidas por la Iglesia al servicio del gran capital y del Banco Ambrosiano, por la jerarquía ultraconservadora hegemónica.
El Papado actual
El papado actual es uno de lo más reaccionarios y conservadores de la historia reciente.
Con fuertes vínculos originarios con el nazi-fascismo alemán.
Profundamente doctrinario y dogmático.
Prácticamente fundamentalista.
Cómplice de grandes escándalos de corrupción.
Encubridor del auge de las prácticas pederastas.
Enemigo acérrimo del aborto terapéutico y de los derechos de la mujer.
Radicalmente anti-marxista y anti-teología de la liberación.
La jerarquía católica dominicana y la negativa experiencia de sus ?mediaciones?
La alta jerarquía católica dominicana es medularmente romana, papista, conservadora y pro-Opus Dei; sobre todo su Cardenal, quien junto a Monseñor Agripino Núñez Collado, han jugado por décadas el papel de mediadores e interlocutores entre facciones del poder en pugna, entre gobiernos y sindicatos, entre empresarios y gremios profesionales, entre pueblo, Estado y gran burguesía.
Por esa vía siempre ha favorecido al sistema dominante, mediatizando las luchas, sacando ventajes particulares, contribuyendo a dividir el campo popular y a potenciar las conciliaciones y claudicaciones de una parte de los movimientos en lucha.
Por esa vía ha multiplicado su prestancia pública y su fuerza política -mucho más allá de su fuerza real y a contrapelo de su desprestigio- y ha legitimado múltiples negociaciones espurias y diálogos engañosos.
Ha potenciado su capacidad de chantaje y ha fortalecido el imperio de la hipocresía.
Ha logrado un altísimo grado de censura y autocensura, dejando en la oscuridad sus contubernios con el poder y sus complicidades con la impunidad reinante.
Ha incrementado sus negativas intervenciones en materia de contra-reforma constitucional y legal
Ha inflado su poder.
Estas consideraciones, estas experiencias traumáticas, junto a nuestra firme determinación de combatir el nefasto rol de ?mediación-intermediación? de la alta jerarquía católica dominicana, sin duda, entre otros factores, motivan nuestras aprehensiones sobre el rol que le está concediendo el Estado cubano a la cúpula católica de ese país y al propio Vaticano.
La cúpula católica cubana
La alta jerarquía católica cubana luce sumamente dependiente del Vaticano, que ahora la acompaña como interlocutora-mediadora con el gobierno de Raúl Castro en temas relacionados con los derechos humanos y la situación carcelaria; aunque aparentemente en los últimos años se ha mostrado mas moderada y proclive a coexistir con el sistema político de ese país sin confrontaciones mayores.
Ella no ha dado señales de progresismo ni renegado de su historia conservadora y contra-revolucionaria. Es fundamentalmente Iglesia Institucional, jerárquica, instrumentada por la Curia Romana.
Es, además -por el impacto popular de largo aliento de la revolución, por los costos políticos de su hostilidad inicial frente a ella y por otras razones históricas- una iglesia relativamente débil, con limitada influencia; aunque con potencialidades no despreciables en la medida el proceso transformador cubano pierde fuerza e impulso, declina biológicamente su liderazgo histórico, se burocratiza y estanca.
Las concesiones al Vaticano y a esa jerarquía en particular y la asignación del rol de interlocutor de primer orden con el gobierno para ciertos asuntos de apertura y flexibilización políticas, tienden a inflar esa entidad y a concederle un rol político sobre-dimensionado desde su esencial condición de factor adverso a la revolución y al socialismo.
Podría incluso incrementar progresivamente su influencia política y social, facilitar su conversión en uno de los principales canales de la oposición de derecha y posibilitarle ampliar su capacidad de presión para alcanzar nuevas concesiones en una etapa de debilidad del proceso revolucionario.
Una situación delicada y posiblemente crucial
No olvidemos que el proceso cubano está estancado y en crisis, necesitado de un cambio de modelo y de un cambio generacional en el ejercicio de la gestión de Estado.
La degeneración burocrática del estatismo exige de una renovación revolucionaria profunda para cerrarle el paso a la funesta restauración capitalista y salvar el curso socialista de ese valioso proceso.
El poder burocrático siempre se ha resistido y resistirá a la democratización de corte socialista, que implica socializar lo estatal, suprimir el trabajo asalariado, establecer el control colectivo sobre el excedente y avanzar hacia una democracia participativa e integral sin concesiones al liberalismo o al neoliberalismo capitalista.
La resistencia a los cambios necesarios del estatismo-burocrático y de un sistema político no participativo, altamente centralizado, verticalista, con significativas restricciones a las libertades colectivas e individuales, le ofrece innecesariamente banderas y caldo de cultivo a las derechas de todos los matices: eclesial, europea, estadounidense, cubano-americana, latino-caribeña, mundial y local.
La alta jerarquía de la Iglesia Católica cubana, sintonizada con el Vaticano, está utilizando y distorsionando esas banderas, procurando una preeminencia que en cierta medida le ha sido concedida.
En verdad – reconociendo la indiscutible validez y la enorme conveniencia de superar la cerrazón, de dialogar e intercambiar con amplios y diversos sectores de la sociedad cubana de hoy y con diversos actores continentales y mundiales- no veo ni la necesidad ni la conveniencia de darle ese protagonismo y ese rol de mediador e interlocutor exclusivo, cuasi-bipolar, a la cúpula de la Iglesia Católica cubana.
Puede que en esa decisión influya el carácter conservador de todo poder burocrático y sus inclinaciones a favor de vías de distensión política que le garanticen la prolongación de su hegemonía a través de concesiones y pactos con las fuerzas opuestas pero esencialmente conservadoras.
Es temprano todavía para llegar a conclusiones categóricas, pero es oportuna la atención y la voz de alerta sobre el tema.
Viraje hacia la izquierda
Me inclino por la abertura y las transformaciones sin interlocutores de derecha, por iniciativa propia de los/as partidarios/as del socialismo, por voluntad auto-trasformadora en dirección a una nueva revolución política o a reformas estructurales fundamentales, a un remplazo del estatismo burocrático y de un sistema político ya escasamente participativo, por más socialismo con más democracia, por un socialismo participativo, autogestionario, profundamente democrático.
Todas las medidas que sobre el tema carcelario y los derechos humanos que el gobierno cubano esta instrumentando con la mediación de los jerarcas de la iglesia católica, han podido ser adoptadas con anticipación y por decisiones propias, sin darle puntos y realce a esa fuerza conservadora. Todas ellas y muchas otras más, mas importantes e igualmente justas y necesarias y, por demás, demandadas por sectores de la propia revolución, han podido implementarse sin la cúpula católica de por medio.
En Cuba, además, existe una amplia y diversa izquierda comunista, socialista, no dogmática, que se ha dedicado a reflexionar, a pensar, a criticar con altura y moderación, a proponer cambios estructurales sumamente importantes y trascendentes, frente a la cual no hay la receptividad oficial conveniente.
En Cuba hay muchos sectores de distintas generaciones revolucionarias que han sugerido arrebatarle la bandera de la democracia y los reclamos sobre derechos humanos a los falsos apóstoles, renovando las propuestas socialistas, democratizando la economía y el poder desde una visión revolucionaria, socializando progresivamente todas las relaciones económicas, sociales, políticas y culturales desde una óptica anticapitalista y anti-imperialistas, ajustadas a una transición genuinamente socialista. Dando, en fin, un viraje hacia la izquierda, sin hacerle concesiones al liberalismo y al capitalismo.
Esa es la actitud incluyente desde una óptica revolucionaria y socialista.
Así, solo así, puede quitársele presión a una situación delicada, sin riesgo de crear a la larga un monstruo que primero pacte por conveniencias coyunturales y estratégicas, y luego saque las garras y los colmillos para engullirse las perspectivas de continuidad ascendente de una de las apreciables conquistas de la humanidad.
¡Cuidado con esa cúpula católica y el Vaticano! Acordémonos del rol que jugó en el derrumbe del Este europeo.
Unamos mejor la diversidad socialista-revolucionaria presente en Cuba, sumemos a todos/as los partidarios del nuevo socialismo o del socialismo del siglo XXI, a los militantes de la teología de la liberación, a las iglesias de base, a las congregaciones y corrientes religiosas sin compromisos con el capital, a la izquierda transformadora de todos los matices.
Esforcémonos por reducir la resistencia burocrática y dogmática que bloquea la auto-transformación y la renovación socialista.
Impulsemos la cultura del diálogo, privilegiando la relación con los/as defensores de la humanidad y sus proceso emancipatorios.
Limitemos los intercambios y compromisos con las derechas y con los representantes del capital a lo institucionalmente necesario en materia de vínculos de Estado y sociedad, y entre Estados de diversos países y con diferentes regímenes; imprescindibles para la convivencia en paz y necesarios para fortalecer los vínculos diplomáticos, comerciales, culturales, medio-ambientales que ayudan a contrarrestar las tendencias destructivas.
Reservemos la unidad para transformar la sociedad en función de los intereses colectivos y las interlocuciones prestantes para los sujetos revolucionarios comprometidos con la continuidad de la revolución, para las fuerzas comprometidas con las transiciones hacia las nuevas democracias y los nuevos socialismos.
2010-06-23 22:52:32