Mario Rivadulla
Jueves 24,06,10
Cuando a raíz del escándalo generado por sus destempladas afirmaciones contra el Presidente Barak Obama, el Vice Joe Biden y otras figuras relevantes del gobierno norteamericano, el general Stanley McCrystal, jefe de operaciones de las tropas estadounidenses y de las fuerzas de la OTAN en Afganistán. fue convocado a la Casa Blanca, hubo quienes especularon que el mismo escaparía de tan grave desliz con apenas una reprimenda. Fundamentaron su opinión en el hecho de que se atribuye al militar haber demostrado un alto nivel de competencia en el terreno de la lucha armada y contrainsurgente a la vez de haber presentado excusas públicas por su insólita demostración de incontinencia verbal. Error grave de apreciación. Aparte del seguro raspapolvo que recibió de Obama, su Comandante en Jefe por razón del cargo le mostraron la puerta de salida ya despojado del mando. Le ofrecieron eso sí, la discutible salida ?honrosa? de presentar la renuncia, que en la práctica equivale a una cesantía voluntaria. Una especie de ?hara kiri? como el que acostumbraban a practicar los altos mandos japoneses cuando sufrían alguna grave derrota, aunque en este caso mucho menos dramática y honorable.
¿Procedió bien el Presidente Obama al relevar de su cargo al verboso e irreverente militar? Sin lugar a dudas. Hizo primar la jerarquía del poder civil ante la insólita arrogancia e irrespeto del militar. No cabía otra sanción posible. En todo caso, fue una decisión mucho menos drástica y políticamente costosa que la que debió asumir en su momento Harry Truman, uno de los más notables y menos publicitados mandatarios de la nación más poderosa de la tierra, cuando destituyó al mayor general Douglas Mc Arthur, el autor de la histórica promesa de ?I shall return?, ?Volveré?, cuando debió abandonar las Filipinas ante el arrollador avance japonés durante la II Guerra Mundial para atravesar miles de millas del Océano Pacífico hasta llegar a Australia en una frágil lancha patrullera norteamericana conocida como PT.
El pronóstico de McArthur se cumplió en 1944, lo que aparte de las victorias militares que fue obteniendo en el proceso de la cruenta contra Japón que culminaron con el lanzamiento de las bombas atómicas que redujeron a escombros Hiroshima y Nagasaki, le dieron categoría de héroe en los Estados Unidos así como renombre universal. Pero McArthur tenía un ego muy desarrollado y su arrogancia le llevó en un momento determinado a desafiar la autoridad del Presidente Truman, un hombre a su vez de gran honestidad y carácter a toda prueba, a quien no le temblaba el puño al momento de tomar decisiones difíciles. Arrostró la crítica y el disfavor público, destituyendo a McArthur pero en una perspectiva histórica salvó la majestad del poder civil, base del sistema democrático, frente a un grave acto de indisciplina casi rayano en la insubordinación.
Aquí hemos tenido al menos dos notorias réplicas locales después de la desaparición de Trujillo. El primero de esos episodios tuvo como protagonista al Presidente Balaguer cuando sus jefes militares acudieron a su despacho para entregarle una carta de renuncia. A diferencia de lo que posiblemente esperaban sus firmantes, al día siguiente ya estaban sus sustitutos en posesión de sus respectivos mandos. No pasó mucho tiempo sin que los renunciantes volvieran al redil y uno de ellos, el considerado de mayor relevancia, declarara ?Balaguer es el papá de los militares dominicanos?, frase que desplegó como principal titular de portada el vespertino ?El Nacional de Ahora? en su edición de ese día.
El segundo episodio, mucho menos dramático pero no carente de importancia, involucró al Presidente Leonel Fernández y al entonces mayor general Juan Bautista Rojas Tabar, relevado también y enviado a retiro cuando tomó la infortunada decisión de dirigirle un ultimátum al mandatario, hecho que frustró la continuidad y culminación de su hasta entonces luminosa carrera militar.
En todos estos casos, como ahora con Barak Obama, los respectivos mandatarios procedieron correctamente. A despecho de afrontar una pérdida de popularidad temporal posteriormente rescatable o de cualquier costo político coyuntural, aún por penosa que pueda resultar la decisión, resultaba de máxima prioridad y por sobre toda otra consideración, salvar el principio de autoridad y dejar sentada la fortaleza del poder civil. No hacerlo asi comprometería seriamente las bases en que asienta la institucionalidad democrática y cuando eso ocurre se está dejando abierto el camino para trasnochadas aventuras cuartelarias que por lo general, terminan convirtiéndose en férreas y odiosas dictaduras.
TELEDEBATE. Telefuturo, Canal 23. ?teledebate(a)hotmail.com?
2010-06-25 14:09:16