Mario Rivadulla
La pasada semana había iniciado con buen pie para la Policía Nacional. La espectacular acción protagonizada por el sargento You Vásquez al rescatar un menor de nacionalidad china secuestrado por un par de malhechores y el apresamiento de uno de éstos, más la exhibición de un inmaculado expediente de 17 años de servicio meritorio, incluyendo el rechazo de dos intentos de soborno, proyectaban la muy necesaria y oportuna imagen de un héroe del cuerpo de orden público.
Bastaron, sin embargo, unas pocas horas para que esa buena imagen se viese rápida y dramáticamente arropada por el crimen del joven estudiante Abraham Ramos, de un asesino balazo en la nuca, el mismo día que celebraba sus 23 años llenos hasta ese momento de vida, sueños y esperanza a manos de un cabo y un agente que venían a resultar el reverso de la medalla del héroe policial. Un hecho que impactó fuertemente a la opinión pública y que motivó las más enérgicas protestas y duras expresiones de rechazo al cuerpo uniformado.
No conforme con esa acción repudiable, la semana cerró con otro hecho similar, donde ahora la víctima resultó un ciudadano de 83 años, Elio Reyes Severino, en este caso de heridas de bala en el pecho por la misma razón de no obtemperar a la orden de detener su vehículo. La patrulla responsable del crimen estaba integrada por un mayor, un segundo teniente y tres sargentos, o sea, por miembros del cuerpo con promociones que permiten suponer veteranía y consiguiente experiencia en el oficio policial para actuar con un mínimo de prudencia.
En ambos casos, los integrantes de las respectivas patrullas han sido puestos en manos de la Justicia donde cabe esperar ésta haga honor a su nombre sancionando al o los responsables de estos dos hechos. Y en cada ocasión, el jefe de la institución ha deplorado los sangrientos incidentes y presentado excusas a nombre de la misma. Lamentablemente ni lo uno ni lo otro devuelve la vida a las victimas de dos crímenes que pudieron y debieron ser evitados, ni las excusas públicas por más sinceras que puedan ser contribuyen a mejorar la imagen del cuerpo. Una imagen que no puede ser peor, de lo que da fehaciente testimonio la encuesta Gallup, que precisamente también la pasada semana nos presentaba a la Policía Nacional con mucho como la institución más corrupta en la percepción ciudadana.
Los hechos que señalamos plantean algunas interrogantes que, por otra parte, chocan con las declaraciones del Departamento de Relaciones Públicas del cuerpo asegurando que el 99 por ciento de sus integrantes son gente seria. De ser así, ¿cómo es posible que ocurran acciones de esa naturaleza con tanta frecuencia? ¿qué es lo que convierte a policias de patrulla en verdaderos gatillos alegres, asesinos en potencia? ¿qué tipo de entrenamiento y cuáles son las órdenes que recibe el agente policial que sale a patrullar? ¿Acaso disparar a matar frente a cualquier eventualidad por menor que sea y sin que en ningún momento su seguridad quede en juego, es la única respuesta que lleva el agente policial, sea raso u oficial, cuando sale a realizar labores de control y vigilancia? ¿Es que ese 99 porciento de agentes serios, cifra que por demás nadie cree, se queda al abrigo de sus cuarteles, mientras a la calle nos mandan al otro uno que no lo son y que por su comportamiento bien merecen entonces ser considerados como ?tígueres? con uniforme, arma y autoridad?
Lo cierto es que la percepción de la inmensa mayoria de los ciudadanos, hoy por hoy, es que vivimos en estado de permanente inseguridad. Que estamos indefensos frente al auge de la delincuencia. Y lo que es peor: que nuestra Policía no es confiable, no está en capacidad de brindarnos protección y que en no pocos casos, muchos de sus agentes actúan igual o peor que los propios malhechores.
Doloroso admitirlo, pero insensato e hipócrita negarlo. Una realidad que al igual que el sol no puede taparse con un dedo, tampoco puede arroparse con cifras que nadie toma en serio y que es preciso aceptar como primer paso imprescindible para una verdadera reforma policial que a nuestro juicio, debe comenzar por elevar la dignidad material y moral de la profesión policial para poder mejorar también el nivel psicológico, intelectual y ético de los recursos humanos que se recluten para integrar el cuerpo.
De lo contrario, seguirán los crímenes que todos rechazan y las excusas que a nadie convencen y la Policía Nacional continuará apareciendo como la institución más corrupta, inconfiable y repudiada a los ojos de una cada vez más escandalizada y temerosa ciudadanía.
TELEDEBATE. Telefuturo. Canal 23. ?teledebate@hotmail.com?
2010-07-06 17:39:05