Opiniones

EL TIRO RAPIDO

Mario Rivadulla

Lunes 23,08,10

Pocos países han sido tan tolerantes con la inmigración ilegal como la República Dominicana. Y específicamente en el caso de los haitianos indocumentados. El trasiego a través de la frontera ha sido tan continuo, intenso, cómplice y permisivo que a ciencia cierta nadie puede afirmar con aproximación siquiera, la cantidad de haitianos que residen en el país. Los cálculos oscilan y van desde entre 700 y 800 mil en los más moderados hasta un millón y medio en los más pródigos. Pero todo, insistimos, al ojo por ciento. Lo cierto es que en los registros de Migración, según nos reveló en semanas recientes su actual incumbente, general Sigfrido Pared Pérez, su número no llega a doce mil. Ahora se habla de que en el próximo Censo se tratará de establecer la cifra. Pero dadas las características de esos inmigrantes es poco probable por no decir que imposible, que podamos determinar la cantidad real. Evidente si se toma en cuenta que quienes se encuentren en condición de indocumentados se van a mostrar poco inclinados a dejarse censar. De todos modos, hay que convenir que se trata de una suma muy significativa.

Hay quienes argumentan que esa nutrida presencia en el mercado laboral resulta lesiva al obrero nativo al restarle oportunidad de empleo, a cambio de aceptar condiciones de trabajo con salarios más bajos y sin beneficios sociales. Otros por el contrario, los productores agrícolas principalmente, sostienen que si se les priva de esa mano de obra no será posible recolectar las cosechas de arroz, café, cacao y otros diversos cultivos por ser tareas que rechaza el dominicano. Lo más probable es que a ambos les asista un tanto de razón.

Pero sin asomarnos a esa discusión cuyo análisis no puede responder a una óptica simplista, lo cierto es que la inmigración ilegal, sea de braceros haitianos o de capos mafiosos, representa una grave irregularidad que es preciso corregir. Aclaremos que el problema no es solo de factura dominicana. La movilidad de un país a otro con un elevado porcentaje de indocumentados es un fenómeno que se ha ido incrementando a nivel mundial y se ha convertido en un serio problema de Estado, que está siendo enfrentado por los gobiernos apelando a diferentes estrategias. Estas en algunos casos, llegan al extremo de criminalizar la presencia de ilegales y de quienes los tengan empleados. Nuestro referente más cercano, los Estados Unidos, muestran una posición un tanto ambivalente al tratar de modificar la actual legislación inmigratoria para hacerla un tanto más flexible, al tiempo que amplían el muro en la frontera con México e incrementan el número de vigilantes fronterizos.

De todos modos, establecer políticas migratorias es un ejercicio soberano y una necesidad elemental de organización de todo Estado. En nuestro caso, la situación se torna más perentoria por la vulnerabilidad de la línea divisoria que nos separa de Haití y las condiciones de extrema penuria que prevalecen al otro lado de la isla, agravadas después del fatídico terremoto del pasado enero. No se trata de cerrar la puerta al ejercicio humanitario y solidario, del cual hemos dado muestras sobradamente generosas que la propia ONU acaba de exaltar como modelo para el resto de los países de la comunidad mundial, sino de un requerimiento primario de indispensable control poblacional y de selectividad inmigratoria del que hemos carecido.

A la luz de esta realidad, cobra sentido de apremio el reclamo que en este sentido acaba de dirigir al Poder Ejecutivo un grupo de ciudadanos de nombradía, encabezados por monseñor Agripino Núñez Collado, para que se acabe de poner en vigencia el Reglamento de la Ley de Migración. El mismo, si no nos falla la memoria, tiene una data de antigüedad de más de cinco años pero aún no ha sido activado por razones tan ignoradas como inexplicables.

El país no puede seguir, como hasta ahora, mostrando desidia e indiferencia frente a la inmigración ilegal. Con el tiempo ésta se ha convertido en la clásica bola de nieve que ha ido creciendo hasta convertirse hoy en una empinada montaña. Tenemos que procurar su deshielo. Hacerlo y comenzar desde ya, será una señal de responsabilidad y previsión en evitación de males superiores a los muchos que hasta ahora nos ha provocado.

TELEDEBATE. Telefuturo. Canal 23. ?teledebate@hotmail.com?

2010-08-24 13:28:55