Por Narciso Isa Conde
El estatismo burocrático, el predominio de la propiedad Estatal central y verticalmente administrada y planificada, con continuidad del trabajo asalariado (en lugar de la compensación del valor real del trabajo); acompañado además de un sistema político resultante de la creciente fusión del ?partido único? y el Estado y de ambos con las organizaciones y movimientos sociales, y del progresivo anquilosamiento de los órganos de poder popular, consejos o asambleas populares por el control ejercido desde del Partido-Estado?aunque a lo largo del siglo XX -y en lo que va del siglo XXI- ha sido rotulado con el nombre de ?socialismo?, ?socialismo real? o ?socialismo de Estado?, tiene mucho mas de negación del socialismo que de tránsito real hacia esa nueva sociedad.
La combinación de propiedad estatal, trabajo asalariado, mercado de precios y sistema de administración en que el excedente sea distribuido desde arriba (por una élite política, burocrática y tecnocrática), no es un componente socialista en materia de propiedad y economía; mucho menos en cuanto a poder de decisión desde los/as trabajadores/as y el pueblo, independientemente de lo amplia que resulte la distribución social del producto del trabajo, una vez descontados salarios y sueldos.
La explotación del trabajo asalariado es esencial al capitalismo, ya sea en el marco de la propiedad privada de los medios de producción, distribución y servicios o de la propiedad estatal gestionada de esa manera; por lo que la socialización tiene entre sus metas superarla.
Ahora bien, el peso abrumador de lo estatal y la existencia de un gobierno distribuidor de una buena parte de los ingresos hacia la sociedad, decisor además de las inversiones y de las prioridades, cuando no está acompañada del lucro individual y de clase a través de la gran propiedad privada -aunque si de los privilegios y el poder tecno-burocrático concentrado- le imprime a ese ordenamiento político, económico y social una condición diferente a lo generalmente conocido como ?capitalismo de Estado? (en el que para ser tal debe existir una fuerte propiedad estatal al servicio de la burguesía como clase dominante).
No se trata propiamente de una modalidad de capitalismo, aunque contenga la explotación del trabajo asalariado por el Estado y por la burocracia, porque ?sin clase de propietarios particulares del capital que actúa por ganancia y opera el mecanismo cibernético del sistema (mercado), el concepto pierde capacidad analítica?. (Heinz Dieterich ?Método de Transición al Socialismo del Siglo XXI. 18-5-2010.- Kaos en la Red)
Resulta más bien una formación política-económica social ?suis generis?, que mezcla capitalismo y anticapitalismo y crea lo que algunos han llamado una clase imprevista: la burocracia
La negación de importantes componentes de la democracia por la vía de la representación en detrimento de la democracia directa, del ultra centralismo, del verticalismo, de la censura más o menos densa de la expresión y el debate, del predominio cuasi absoluto del sistema estatal de medios de comunicación centralmente controlados, de la paulatina anulación o mediatización de los procesos participativos y el anquilosamientos de sus mecanismos y formas organizativas, implica también la negación parcial de uno de los principales valores y modo de autosuperación del nuevo orden: la democracia socialista
El socialismo, la transición hacia él, debe ser inseparable de la socialización progresiva de la propiedad y su gestión, de la planificación democrática y la distribución justa y equitativa de los excedentes producidos, de la socialización de las decisiones, de la participación colectiva en todo lo concerniente a la vida en sociedad, y de la elección, revocación renovación con métodos democráticos de los funcionarios electos y designados,
El socialismo, la transición hacia él, implica la limitación progresiva del poder de la propiedad privada y del Estado sobre sociedad. Su Norte en la abolición de una y la extinción del otro.
? El tránsito revolucionario en nuestra América y en Cuba
En todos los países de nuestra America, con la excepción de Cuba, está planteada la necesidad del tránsito al socialismo desde sociedades del capitalismo neoliberal, ultra privatizado, a una nueva sociedad en la que predomine el interés social en todos los órdenes: propiedad, remuneración, distribución, poder de decisión, sistemas de gestión, relaciones y sistemas políticos.
Se trata de crear contrapoder y poder alternativo de orientación socialista, capaz de abrir un proceso de transición hacia la socialización progresiva de la propiedad, la economía y el poder en todas sus expresiones (clase, género, etnias, generaciones).
Esa intencionalidad, con grados diversos de consecuencias y hechos, ha sido planteada, más allá del proceso cubano, en Venezuela, Ecuador y Bolivia. Allí se habla mucho de socialismo del siglo XXI o nuevo socialismo.
Bolivia, con su proyecto de ?socialismo comunitario? de raíces indígenas, parece ser en la actualidad el país con más vocación y determinación en ese proyecto, sin negar la persistencia venezolana desde el centro del poder enfrentando la resistente cultura capitalista-petrolera de esa sociedad.
Cuba, exhibiendo la hazaña de haber sobrevivido en su determinación antiimperialista y anticapitalista, viene de la herencia socialista del siglo XX que devino en estatismo-burocrático; pasando ahora de un prolongado inmovilismo tecno-burocrático a un moderado periodo de reformas controversiales y contradictorias.
Cuba, como excepción, es lo inverso a cuanto a la transición socialista en comparación con el resto de nuestra América.
Cuba superó el capitalismo basado en la propiedad privada de sus medios y riquezas. Allí los expropiadores históricos fueron expropiados por el Estado. Allí existe un súper Estado propietario y un sistema político-administrativo altamente centralizado, pero con fuerte sentido de justicia social, autodeterminación nacional y una sociedad con intensa vocación socialista.
En esta etapa en Cuba el tránsito al socialismo exige la socialización de lo estatal y la democratización profunda, vía participación y democracia directa de su actual sistema político centralizado y verticalmente dirigido.
Esto podría realizarse a través de procesos que garanticen, por la vía de la autogestión, la cogestión estado-trabajadores, el avance de la propiedad colectiva, la cooperativización y otras formas asociativas?el traspaso de los medios de producción, distribución y servicios a los/as trabajadores/as y a toda la sociedad.
Igual en el plano político, el poder de decisión altamente concentrado, la burocratización de los órganos e instituciones del Estado y de las organizaciones políticas y sociales, reclaman la separación de los roles del partido y los movimientos sociales respecto al Estado y de su democratización; fortaleciendo la democracia horizontal, revitalizando las asambleas del poder popular y las instancias de democracia directa, desarrollando del control social y ciudadano sobre las instituciones legislativas y ejecutivas del Estado y creando creación de un sistema de medios de información y comunicación realmente participativo y abierto a todos los actores y corrientes del procesos
Esto sin obviar la reivindicación de la necesaria subversión de las culturas patriarcal-machista, adulto-céntrica, racista y homofóbica, que conservan fuertes influencias y frenan la necesaria socialización y democratización en cuestiones vitales.
Todo esto implica una reformulación programática y un reordenamiento constitucional, inspirados ambos en la imperiosa necesidad de evitar tanto el retroceso capitalista vía la privatización de lo estatal, el auge del mercado capitalista y las concesiones al liberalismo burgués, como la prolongación del estatismo burocrático en crisis o la combinación de ambas fórmulas.
La Constitución cubana y las directrices programáticas del PCC como ?partido rector de la sociedad?, fueron notablemente influidas por el modelo soviético o euro-oriental sustentador del llamado ?socialismo de Estado? o estatismo burocrático.
El prolongado inmovilismo de esas estructuras y de la ideología que la sustentan, afectó sensiblemente la originalidad y los rasgos innovadores propios de ese proceso revolucionario y generó un estancamiento prolongado y una crisis crónica que ha devenido en una realidad insostenible.
Las respuestas coyunturales, los planes de emergencia, las medidas para prolongar la sobrevivencia del modelo (sin cambios estructurales significativos) se han venido agotando, forzando de paso a una cierta movilidad y a la introducción de ?reformas? muy especificas, no precisamente dirigida a la socialización de lo Estatal y a abrirle campo al a democracia participativa de orientación socialista.
El inmovilismo de todas maneras se ha resquebrajado y ese es un hecho positivo. El debate sobre las causas y el tipo de crisis y las propuestas para superarla ha logrado instalarse, aun sea con grandes limitaciones y desniveles, desigualdades y restricciones. Y eso, aun con esos límites, es muy positivo.
En ese contexto las propuestas en torno a la necesidad de superar el estatismo burocrático y optar por un socialismo participativo, democrático e incluyente ?sin abrir las válvulas de las privatizaciones y las reformas pro-capitalistas- han logrado un espacio no despreciable en los actores políticos, sociales y culturales de campo revolucionarios cubano; aunque ciertamente carecen de respaldo ?e incluso generan diferentes niveles de hostilidad- en importantes centros de decisiones del poder establecido. En ese aspecto lo altamente positivo (el surgimiento de propuestas alternativas consistentes de corte socialista) se mezcla con lo negativo (la fuerte resistencia a ellas desde ciertas elites estatales).
? Cambios emprendidos desde los centros del poder cubanos
La estatización ha sido atacada solo en el plano de las tierras ociosas o baldías (para su entrega en usufructo), de la autorización a la creación de pequeñas empresas productivas, artesanales, comerciales o de servicios (para favorecer el cuenta-propismo), de la apertura de espacio a la explotación del trabajo ajeno y a la flexibilización de la contratación laboral), de la liberación de fuerzas de trabajo asalariadas ?innecesaria? (trabajadores, técnicos, profesionales y empleados/as estatales súper-numerarios) en dirección a favorecer la ampliación de las micro, pequeñas y medianas empresas y la contratación de trabadores/as a niveles privados en toda la economía.
La gran propiedad estatal no ha sido contemplada ni tocada para ser transformada en propiedad social autogestionada o co-gestionada democráticamente.
La planificación no está siendo democratizada y descentralizada en todo lo necesario para hacerla participativa.
No está planteado que la combinación de precios administrativos y precios del mercado sea progresivamente reemplazada por la medición del valor del trabajo y el intercambio de equivalencias, sino que por el contrario se pretende ampliar cada vez el sistema de precios de mercado.
No se plantean líneas de acción destinadas a abolir el sistema de trabajo asalariado en gran escala.
Los cambios en la correlación entre propiedad privada y sistema estatal se llevan a cabo fundamentalmente por la vía de la privatización de ciertas áreas y propiedades menores o a través de la asociación en proyectos grandes con el capital transnacional o de las concesiones a las inversiones extranjeras directas. Está considerablemente ausente lo de socializar en grande lo estatal y muy reducida la intención de favorecer la cooperativación.
El tipo y el volumen de los fondos socialmente necesarios (salud, educación, defensa, cultura, comunicación?) no son decididos por los/as trabajadores/as sino por las elites políticas, tecnocráticas y burocráticas. El Estado sigue ejerciendo en los hechos la propiedad y el poder de decisión sobre el plus trabajo social lo cual choca con una auténtica orientación socialista.
La ineficiencia burocrática, el dispendio de recursos que genera el estatismo así concebido, la corrupción que arropa el sistema, el paternalismo que propicia?pretenden ser revertido suprimiendo desde arriba los puestos de trabajo súper-numerarios (que se estiman en más de un millón); sin considerar la posibilidad de que el traspaso de los medios de producción, distribución y servicios a los trabajadores modifique sustancialmente el cuadro de dispendios, la pesada carga del sistema de privilegios, las inversiones irracionales, la inercia productiva y los bajos niveles de productividad del trabajo y pueda evitar ese fuerte golpe al mundo del trabajo.
Sin considerar además que la autogestión obrera y popular, la cogestión Estado-colectivos laborales, el control social y ciudadano, podrían contrarrestar la corrupción, desatar la productividad, incrementar el interés colectivo, ampliar la capacidad de innovación y las posibilidades de inversión y creación de nuevas fuentes de trabajo en nuevas empresas de carácter socialista.
La receta en ese orden es muy propia del sistema capitalista, aunque con cierta condescendencia social e inclinación hacia una limitada protección paternalista del Estado post-cesantía masiva de los/as trabajadores/as y en el contexto de la modificación de relación Estado-costo del trabajo asalariado.
Como lo es también la de ampliar en grande y desbordar el cuenta-propismo, autorizando la explotación del trabajo ajeno en pequeñas y medianos empresas, estableciendo a la vez nuevos sistemas de impuestos sobre los ingresos personales y las generación de ganancias; sin incluir concomitantemente un fuerte estímulo a la colectivización voluntaria, a los procesos asociativos, a la propiedad cooperativa y a la ampliación del área social de economía no estatizada.
Todo esto conduce además a una política exterior más conservadora, cuando se precisa revitalizar el internacionalismo revolucionario en medio de la multi-crisis capitalista y la senilidad y súper militarización del imperialismo estadounidense.
La solución socialista no debe ser el reemplazo del Estado empleador por el empleador privado y por la multiplicación de la encomia privada regulada y/o informal. Menos aun el ensanchamiento del mercado basado en los precios y el olvido de la implementación del intercambio de valores y la economía de equivalencias
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La solución socialista desde una sociedad donde casi todo fue estatizado, donde perdura el trabajo asalariado en gran escala, la planificación sin métodos democráticos, el intercambio basado en precios, es convertir a los/as productores en dueños de los medios en manos del Estado a través de la autogestión, la socialización de la propiedad, la economía de equivalencias, la participación y el poder de decisión del pueblo y, en consecuencia, la democracia participativa e integral.
Cierto que el Estado no puede ser peluquero, ni plomero, ni bodeguero, ni carpintero, ni vendedor de guarapo, frío-frío o rayado?. Pero la superación de ese mal puede y debe hacerse sin transitar de nuevo por la vía de la privatización y la explotación del trabajo ajeno, procurando que el cuenta-propismo se encauce por una línea de asociación y colectivización voluntaria. Una sociedad culta como la cubana tiene muchas reservas de conocimiento y valores socialistas para entender las ventajas de la economía solidaria.
Por otro lado, se explica la alarma social cuando sectores de la actual dirección del Estado han declarado la intención de abrir las compuertas al ?turismo de campos de golfs? y al turismo de elites súper-ricas, como también a la introducción de los ?transgénicos? en la producción agrícola, después de los enjundiosos análisis que se han hecho sobre las terribles consecuencias ambientales y socio-culturales, y los daños a la sociedad y a la cultura productiva que son capaces de producir decisiones de ese tipo.
Igual lo de vender residencias y propiedades a millonarios de otros países y asociar los formidables avances biotecnológicos cubanos al capital transnacional que manipula sin escrúpulos -provocando graves daños a la humanidad- el negocio de los fármacos, otros renglones del campo de la salud y otras vertientes de la investigación aplicada al consumo humano.
En el orden político las preocupaciones sobre la necesidad de superar la fusión del Estado, el partido y las organizaciones sociales, como combatir a fondo los ?valores? anti-democráticos de la opresión de género y el adulto-centrismo, no tienen la receptividad que merecen. Igual lo relativo al necesario viraje hacia una democracia realmente participativa e integral, hacia un transcurrir socialista profundamente participativo, lo que implica revitalizar los espacios de órganos de poder popular, garantizar los espacios de debate, abrir las compuertas de la creatividad popular y de la intelectualidad revolucionaria.
Predomina el espíritu centralizador y la concentración del poder de decisión.
La flexibilización y/o tolerancia se inclina relativamente más a favor de sectores del capital inversionista y de ciertas privatizaciones, más hacia la cúpula de la iglesia católica (dándole rasgo de mediadora), más hacia la derecha complaciente o moderada? que hacia la izquierda socialista y las corrientes revolucionarias criticas y las actores populares contestatarios,
La intolerancia, el menosprecio o la restricción desde ciertos sectores de poder apuntan en buena medida contra aquellos/as que ejercen la critica desde la defensa del nuevo socialismo y de la continuidad renovada de la revolución. Que critican el estatismo, la corrupción, la burocratización, la dogmatización, el pragmatismo o el reformismo pro-capitalista. Que insisten en crea más socialismo.
? El gran dilema: un modelo chinófilo en peores condiciones o el nuevo socialismo
De acentuarse y consolidarse esa tendencia, de no lograrse un viraje promisorio hacia la socialización de lo Estatal y la democratización del sistema político y de toda la sociedad, hay que temer un negativo desvío en favor de cambios pragmáticos que conducirían a un modelo que combinaría el estatismo y la centralización política con una significativa presencia del capital transnacional, una amplia sector de propietarios privados y usurpadores de la propiedad del Estado, un mercado de corte capitalista y con un conglomerado asalariado sobre-explotado. Algo parecido al camino chino, pero mucho más vulnerable a la embestida del capital mundial.
Si lo existente riñe con le carácter socialista que la Constitución vigente, de fuerte inspiración soviética, proclama ?irrevocable?, esa perspectiva híbrida con mayor razón se alejaría de ese carácter socialista; mientras la ?irrevocabilidad? constitucional del sistema político vigente, en tanto sistema de partido único, fundido con el Estado, y de ordenamiento restrictivo de una parte de la libertades, opera como garantía de antidemocracia negadora de socialismo.
La transición a lo que hoy se denomina ?nuevo socialismo?, ?socialismo del siglo XXI? o ?socialismo comunitario? (para diferenciarlo del ?socialismo de Estado? que colapsó), debe ser algo diferente a esa abigarrada y riesgosa ruta: un proceso hacia el predominio progresivo de la propiedad social, de los intereses colectivos y de la socialización del poder, en detrimento de la propiedad privada sobre los medios de producción, distribución y servicios y también del Estado todopoderoso.
Cuba tiene condiciones excepcionales para avanzar en esa dirección y el proyecto emancipador de nuestra América necesita que sea así.
Por eso hay que desear, anhelar, que en ese hermano país el pensamiento socialista revolucionario logre avanzar y movilizar las fuerzas del trabajo y la cultura hasta predominar y vencer las resistencias y desvíos, hasta hacer posible el viraje político-social que permita aislar todas las variantes que pueden conducir a la restauración capitalista (con sus fases intermedias) y posibiliten alcanzar al triunfo del socialismo participativo, auto-gestionario y democrático, en el contexto de la necesaria continentalización de ese proyecto emancipatorio.
2010-08-24 17:42:12