Por Nelson Mateo
Sto.Dgo-Los periodistas acreditados en el Congreso, después del 16 de agosto, cuando fueron juramentados los nuevos legisladores, hemos tenido que ser testigo de acciones que solo recordarlas nos llenan de vergüenza, pero una vergüenza ajena.
Se trata de los diputados que perdieron. Muchos de ellos continúan pululando por los pasillos de ese poder del Estado, unos en busca de que el corredizo Abel Martínez los reciba en la presidencia y otros, cargados de documentos, subiendo y bajando escalones como sin rumbo.
Pero lo más vergonzoso para nosotros, fue ver como un guardia le ordenaba el ex diputado peledeista Radhames Vasques que saliera del Comedor, junto a un hijo suyo.
Lo propio ocurrió con Alfonso Crisóstomo, EL QUERIDO, quien se dirigía a disfrutar de un suculento desayuno, como de costumbre. Fue entonces cuando el guardia que cuida la puerta del comedor, un moreno alto y molletudo, fusil en manos pregunto al querido que si era diputado, lo que él tímidamente negó con el solo movimiento de la cabeza de un extremo al otro. Entonces respondió el corpulento militar, son órdenes superiores, el comedor es solo para diputados. Cabizbajo, y sin articular palabras, el otrora legislador por Puerto Plata se marcho y hasta la publicación de esta nota no ha sido visto por esos alrededores.
Pero como Alfonso Crisóstomo y Radhames Vásquez el ex diputado perredeista Carlos Martínez corrió la misma suerte. Fue conminado a salir del Restaurante por órdenes superiores, siempre en compañía del mismo guardia fuerte y de poco hablar.
Con el Relacionador Publico de ese hemiciclo, ocurrió algo similar. Carlo Julio Feliz fue solicitado por los periodistas de la fuente, para que nos agenciara una entrevista con Abel Martínez, reunido a puerta cerradas en la quinta planta con los voceros de las diferentes bancadas. Cuando intento abrir la puerta, el guardia que cuidaba la entrada, se limito a decirle en tono bajo pero autoritario, que no podía accesar, por disposición de los superiores.
No valió que el portavoz se identificara ni que le hiciera saber de la necesidad de comunicarse con el presidente de la Cámara. El guardia, con tono suave pero firme, alego que no lo conocía y que ordenes eran órdenes. Avergonzados con Carlos Julio, todos tuvimos que marcharnos sin la oportunidad de entrevistar al flamante Abel Martínez. Previamente se había negado a responder preguntas en los pasillos alegando que ni siquiera se había peinado.
2010-09-12 15:35:12