Por Claudio Márquez
Derechos humanos, libertad de expresión y mediatización de la palabra son tres términos que no necesariamente deben mostrar o manifestar incompatibilidad. Precisamente por ello, hemos optado por incluirlos el tema dentro del serial de artículo que venimos escribiendo sobre Comunicación e Información.
El debate sobre Derechos Humanos, la Libertad de Pensamiento y la Mediatización de la Palabra no es nuevo. Se corresponde con un largo historial que ha permitido a la sociedad disponer de un perfil más acabado sobre los conceptos de democracia y libertad.
Según lo establecido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en 1948, los derechos humanos conforman un grupo especial de prerrogativas inherentes al desempeño del hombre en la sociedad. En torno a ellos, es decir, a los derechos humanos, se ha establecido un grupo de normativas en condición de garantía e indemnidad, a fin de ?avalar una relación integral del hombre y la sociedad?.
En la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) se advierte la conveniencia de la interrelación humana, además de la condición irrevocable e inalienable de estos derechos.
Influenciados, evidentemente, por las prescripciones y conceptualizaciones del filósofo y político inglés Jonh Stuart Mill (1806-1873) los declarantes de estos derechos debieron haberse percatado de las apreciaciones de Mill sobre los límites del poder y la necesidad del orden social emergente de disponer de nuevas reglas de participación e integración social.
De ahí la coincidencia presente entre actuales tratadistas de los derechos humanos, en el sentido de que éstos constituyen una pieza clave en la regulación del orden geopolítico contemporáneo, y las conclusiones de Mill sobre la Libertad Social.
Mill partía del hecho de que entre la libertad y la autoridad se cotejaba un conflicto; sin dejar nunca de hacer hincapié en la distinción entre lo que llamó ?libertad social? y ?tiranía gobernante?.
La libertad de expresión era, precisamente, entendida por Jonh Stuart Mill como una extensión de la libertad social, en la que se establecían límites al poder gobernante. Además, se atribuye a este eminente e ilustre político y filósofo inglés la responsabilidad de haber definido ?de modo más claro, orgánico y convincente? la cuestión de la libertad de expresión.
Mill entiende imposible poder dirimir los conflictos sociales y las posiciones individuales sin permitir oír lo que pueda alegar la parte contraria. Y al respecto indica: ?Por positiva que pueda ser la persuasión de una persona, no sólo de la falsedad, sino de las consecuencias perniciosas, sino también para adoptar expresiones que terminantemente condeno de su inmoralidad e impiedad. Si a consecuencia de este juicio privado, aunque esté apoyado por el juicio público de su país o de sus contemporáneos, prohíbe que esa opinión sea oída en su defensa, afirma quien tal haga, su propia infalibilidad. Y esta presunción, lejos de ser menos reprensible o peligrosa, por tratarse de una opinión que se llama inmoral que se llama inmoral e impía, es más fatal en este caso que en cualquier otro?.
Es la forma en que defiende la libertad de pensamiento y de palabra. Es la forma en que asemeja la infalibilidad a la tiranía y la forma en que condena la censura.
El profesor Nicholás Capaldi, a quien hemos hecho referencia en otras oportunidades, en su libro ?Censura y Libertad de Expresión?, tomando como referencia las conclusiones de John Stuart Mill, puntualiza que ??el mal peculiar que implica silenciar la expresión de una opinión es que con ello se defrauda a la raza humana, tanto a la posteridad como a la actual generación, y a quienes disienten con la opinión, no menos que a quienes la sostienen. Si la opinión es correcta, se los priva de la oportunidad de reemplazar el error por la verdad: si es errónea, pierden lo que constituye un beneficio casi tan grande como éste, es decir, la percepción más clara y la impresión más vivaz de la verdad producida por su choque con la verdad?·
En el plano de los derechos humanos, la dimensión de la libertad de expresión y difusión del pensamiento adherida al pensamiento de Mill, adquiere una entereza de tal magnitud que resulta difícil la intromisión de los grupos gobernantes, so pena de perder su autoridad ante la opinión pública y la propia sociedad.
En su libro Capaldi reseña: ?la opinión que se trata de reprimir mediante la autoridad puede ser quizá cierta. Quienes desean reprimirla, niegan por supuesto su verdad; pero no son infalibles. No tienen ninguna autoridad para decidir la cuestión por toda la humanidad y privar a todas las demás personas de los medios necesarios para juzgar?. Y es de lo que se trata cuando colocados la cuestión de la libertad de expresión y difusión del pensamiento en la perspectiva de los derechos inalienables del hombre.
El quebrantamiento de la libertad de expresión supone una forma concreta de autoritarismo y, por consiguiente, de negación de la democracia. El problema, en tanto, se configura en la sociedad moderna como el producto de una noción y convicción democrática que pasa a entrar en contradicción con los preceptos más fundamentales de la vida en sociedad.
La incertidumbre de la Infalibilidad en el cuerpo ideológico y cultural de los medios de comunicación masiva es el producto de contradicciones cardinales prevalentes en la estructura social. El ideal de una práctica legítima del derecho a la expresión y difusión del pensamiento se ve, pues, aprisionado, desvirtuado, en virtud de la lucha emanada de los prejuicios y de las diferencias sociales.
Resta, asimismo, esta realidad confianza y credibilidad pública a los medios, convertidos de esta manera en sementales reproductores de una versión única de los hechos. Esta expresión de extensión divergente de los derechos humanos agrega al tema otras expresiones de control y dogmatismo en los medios de comunicación.
Cimentados en la plataforma de mediatización que define su operatividad, el conjunto de prerrogativas establecidas en la Carta Universal de los Derechos Humanos, son sistemáticamente zarandeadas en razón del predominio ideológico, cultural y estructural que matiza los medios masivos.
Tratase, pues, de una categorización en la que la desigualdad en los flujos informativos, la mediatización de la palabra y el discurso de de prensa, considerado en su conjunto, otorgan al mensaje una elasticidad que empantana la posibilidad de disponer de informaciones confiables e idóneas.
Procurando establecerse como una doctrina colindante a los derechos de información, de expresión y difusión del pensamiento, las iniciativas contempladas en la Carta de los Derechos Humanos no llega a romper con el fetiche de los medios; situación que afecta la capacidad de consenso de la sociedad, dejando entre ver de forma asidua un fraccionamiento cuyas bases están dadas en las desigualdades sociales, la inequidad del sistema económico y el hálito de una cultural decadente.
Resulta, por igual, importante señalar que a la libertad de expresión se asocia también la libertad académica, es decir, a la libertad de cátedra. Entonces, cuando este tipo de libertad es saboteado, a través del estímulo e incentivo del modelo de ?cátedras cerradas?, la capacidad crítica y reflexiva de la sociedad se husmea.
Por suerte, la superación de esta forma de trance social sólo es posible mediante el aprovechamiento de las coyunturas políticas y sociales. Mediante la movilización y toma de conciencia de los ciudadanos y la participación activa de éstos en la en la forja de un nuevo concepto de sociedad..
La mediatización de la palabra es un inconveniente en la correcta comprensión de los fenómenos políticos, sociales y culturales en torno a los que giran fundamentalmente la información y la comunicación.
La mediatización limita y aprisiona resueltamente los contenidos del mensaje. A pesar de la fortaleza de estas aseveraciones, creo que no cerramos comedidamente los detalles sobre las implicaciones de la mediatización dejando a un lado la cuestión del ?embrujo?, de la ?magia? de los medios de comunicación y su señorío persuasivo.
La mediatización enlaza con el conglomerado tecnológico que soporta la comunicación masiva y, por tanto, se congrega como una extensión del sistema de opinión pública. La sociología de los medios de comunicación apunta, mientras tanto, a al carácter funcional de los medios y su condición mediatizadora.
De hecho, la mediatización es uno de los fenómenos que mayor repercusión alcanza en las actitudes psicológicas y políticas de la sociedad; causa por la que las agendas temáticas pasan a constituir uno de los dispositivos más recurrentes en la elaboración de la agenda pública y la conciencia social. Mientras que, ésta se nutre de los contenidos informativos, contribuyendo en la definición de perfil de la ?agenda de discusión pública?.
Ana Pamela Paz, comunicóloga e investigadora Argentina, revela en su trabajo ?Mediaciones y Mediatizaciones: el Fenómeno de la Opinión Pública?, que en la construcción de las agendas temáticas y públicas la información no es más que un espejismo de la realidad. Plantea también el hecho de que el proceso de mediatización concede una visión de poder a la información periodística.
Y pasa a sostener: ?Con estas ideas se discuten ?diez problemas de opinión pública? cuyas implicaciones podrían resumirse como sigue: visibilizacion sesgada de la noticia desde una visión de poder, sistema bipolar de información (dos única versiones mutuamente contradictorias), abstracción de la opinión pública producto de los sondeos que la hacen hablar , predominio de la audiencia, confusiones sobre lo público ( en tanto lo publicable , lo estatal y lo meramente físico-espacial), doctrina del objetivismo (dogma de la información como espejo de la realidad) predominio de un concepto de verdad revelada negando su calidad de construida y existencia de múltiples expresiones( externas, por monopolio, e interna por el autoritarismo imperante en las redacciones?.
Más adelante la referida periodista e investigadora Argentina cree posible que por medio de estrategias comunicativas e informativas que tiendan a colocar los sucesos políticos en el contexto de las experiencias cotidianas y ampliando la complejidad de estas situaciones al presentar a la ciudadanía distintas posiciones, el ?periodismo público? podría producir un proceso democrático de opinión pública que contuviera los siguientes elementos ideales.
?Un espacio público, en temas que capten la atención del público, información que alimente el debate, participación del ciudadano común, debate propiamente dicho, identificación de consensos, visibilidad pública, agenda ciudadana, interlocución con el poder y seguimiento periodístico?
Empero, lo cierto es que en el enfoque racional de la comunicación es difícil la tarea de alinear los contenidos sobre formulas convencionales, en virtud esta del carácter social de los medios y su representación como estamentos alienantes del proceso cultural.
Lo que convierte en fenómeno de análisis y estudio la mediatización es precisamente el comportamiento centralizado, excluyente y autoritario de los medios masivos. El problema no radica simplemente en la consideración del ?espacio público? como alternativa de inducción preformativa en el ámbito de una comunicación más democrática porque, en verdad, el ?espacio público? se observa constantemente invadido por diferentes expresiones de mensaje autoritario.
Creo, sinceramente, que el cambio, que el viraje hacia una comunicación más democrática debemos verlo en la transformación de las estructuras políticas sobre las que funciona el viejo modelo de despotismo comunicacional.
La vinculación de los fenómenos políticos con el proceso de emancipación de los medios de comunicación corresponde, en esencia, a la voluntad de inducción de cambios sociales positivos, en la regulación del esquema funcional de los medios y, por que no, en la garantía tangible de la participación de la sociedad y sus líderes en la construcción de una agenda democrática en los medios masivos.
Dar seguimiento a los procesos de democratización y liberación de los pueblos que conforman América Latina es la vía más plausible para dictaminar la relación que media entre la comunicación y el sistema político.
Pero será más adelante cuando volveremos hablar sobre la temática de orientación del sistema político y la comunicación de masas. Por ahora conviene decir que el cambio en el carácter autoritario de los medios de comunicación e información será el producto de la variación del modelo político-estructural tradicional.
*El autor es periodista.
2011-01-28 03:07:53