Johnny Arrendel
La tienen difícil quienes asumen la tarea de combatir la divisa electoral del Partido de la Liberación Dominicana, al tener que diversificarse contra dos frentes.
Se trata de que para reducir las potencialidades del PLD, es preciso no solo atacar al virtual candidato presidencial, Danilo Medina, sino que también hay que reducir a toda costa al líder morado y mandatario, Leonel Fernández.
Es por ello que algunos comunicadores, colocados frontalmente, caen en el ridículo de intentar construir una imagen tiránica de Fernández, un jefe de Estado que ha hecho de la tolerancia ejercicio cotidiano.
Por ejemplo, en estos días, Altagracia Salazar dijo sin ambages que no ve diferencias entre Fernández y el sátrapa Rafael Leonidas Trujillo, y aunque parezca increíble, reiteró su aseveración destemplada.
¿Pueden personas letradas como las que por lo regular atienden a los programas matinales de primera hora aceptar semejante tremendismo? Imposible, ya que no existe asidero alguno.
Durante las gestiones de Fernández no se han producido situaciones comparables, no digamos con los tiempos de la dictadura trujillista, y tampoco del régimen de mano dura de su adláter Joaquín Balaguer, sino de los gobiernos del presuntamente liberal PRD.
Recordemos las reprimidas huelgas de 1979 y de 198i. En en la segunda, instigadas por la proclama: «Candela para los huelgusitas» pronunciada por un alto cargo, cayeron el reportero Marcelino Vega y el canillita Ciprián Valdez.
Pero tambien se registró la matanza de abril de 1984, los cierres de las radios Popular, Central, y otras de corte noticioso.
El el gobierno «democrático» de Salvador Jorge Blanco, el expresidentes Juan Bosch fue hostigado, su casa rodeada por tropas y casi deportado,
En tanto, Hipólito Mejía no se quedó atrás en cuanto a manifestaciones de autoritarismo, insultó e injurió a cuanto comunicador o dirigente político se le puso de frente.
También mandó a trancar sin miramientos al economista peledeísta Rafael Camilo y al arrocero Luis Yangüela por emitir criticas a su gestión.
Mientras, su colaborador, el tenebroso general Pedro Candelier, apresó y trasladó en helicóptero a un campesino que se atrevió a negar que un acueducto inaugurado por Mejía servía liquido.
Ni que decir de la actitud macondiana, nunca desautorizada por Hipólito, de arrestar sin asidero legal a dos comunicadores que realizaron una encuesta radial en Montecristi, donde el entonces mandatario salió derrotado por el «enemigo malo».
En presencia de Mejía y con su manifiesta complacencia, el titular de las Fuerzas Armadas de su gobierno mandó a una banda militar a tocar «los merengues que le gustaban a Trujillo, el Jefe».
La tapa al pomo la colocó la cúpula castrense, en la Base Aérea de San Isidro, cuando en visita de un muy complacido Mejía le obsequiaron una replica de su figura montado en un caballo alado.
Pero no hay peor ciego que quien no quiere ver, y en este escenario electoral es obvio que determinados analistas «independientes» se niegan a valorar realidades que tienen de frente.
2011-06-14 03:30:13