Por: Miguel Angel Figuereo.
Don Salvador Jiménez, nació y se crió en el campo, nunca fue a la escuela, con frecuencia se le escuchaba decir, que la vida le había sido muy dura por no saber leer ni escribir, afirmando que sus hijos tenía que estudiar y prepararse para la vida, ellos no se puedan criar como yo, sentenciaba a diario.
Uno de sus cuatro hijos había dado muestra de manejar con mucha destreza la computadora, él con orgullo se lo decía a todos los vecinos que le visitan cada tarde, prometiéndose que con la próxima cosecha le iba a comprar un buen equipo de computadora para que se siga desarrollando. Ante la seriedad de la promesa, buena tarde, Carlos José se presentó donde su padre y le dijo que un muchacho de la comunidad le estaba vendiendo una computadora por el 25 % del precio en la tienda, situación que llamó a la atención al padre del joven y le pregunto el por qué de la oferta, contestándole el hijo, que el joven la había traído de la ciudad, la consiguió en una escuela, él y otros muchachos se llevaron 8 computadoras y un inversor que fueron instalados, él me aseguró que no había problema, le dijo el hijo al padre.
La noticia así contada a Don Salvador, le produjo indignación y decidió llamar a sus cuatro hijos, los amigos de estos y todos los sobrinos que estaban en la casa, explicándole que si bien es cierto que el Estado Dominicano, es responsable de la mala calidad de la educación, no menos cierto es que la sociedad contribuye a ella, cuando se sustraen computadoras, inversores y baterías que han de servir para la educación de decenas de niños, así como para el buen funcionamiento de las escuelas publicas. En su exposición a los jóvenes, don Salvador, dijo que mientras los pobres estudian en escuelas con precariedades, por falta de equipos, los ricos aprenden de todo, por eso siempre estarán el Estado.
En medio de su exposición, él aseguro que esa computadora no la iba a comprar, explicando que a sus 76 años nunca había visitado la puerta de un tribunal y que si ahora fuere llevado por un hecho de esa naturaleza, la pena que imponga un juez sería baja con relación a la vergüenza que sentiría. Quitándose el sombrero y cruzando la pierna, llamo a Carmela, su esposa y le pidió un poco de café, para luego sentenciar que si uno de sus hijos se involucra en un robo, desde ese momento lo pierde como padre.
En su conversación con los jóvenes, el viejo Salvador como le decían en el barrio, les imploro ser honesto aun sea por patriotismo, señalando que si el dueño de la farmacia no comprara las medicinas robadas, el de la clínica los equipos médicos, el chofer el combustible, el mecánico las piezas de los vehículos y el pueblo en general, las cosas baratas que le venden, los robos no existieran por falta de compradores y le recordó lo afirmado por George Barnard Shaw cuando señaló Me temo que debemos hacer honesto el mundo antes de poder decir honestamente a nuestros hijos que la honestidad es la mejor política.
2011-06-19 17:29:49