«Tener trabajo» o «estar en paro» son las dos condiciones que definen a la población activa de un país; la primera es sinónimo de bienestar y de seguridad, la segunda implica angustia, malestar y agobio.
El trabajo tiene una doble función: satisfacer las necesidades primarias (alimentos, hábitat, etc.) y las necesidades de autorrealización. Es en este segundo aspecto, donde la cultura capitalista pone menos énfasis. Hoy se evita la explotación directa del trabajador, pero todavía no hemos llegado a relacionarnos con el trabajo como una forma de crecimiento personal y de felicidad.
El paro es siempre es una situación frustrante y, por tanto, negativa en sí misma. En cierta ocasión le preguntaron a Freud cómo definiría a una persona sana mentalmente y contestó: «Aquella que es capaz de amar y traba¬jar».
Para Erich Fromm, la forma positiva de rela¬cionarse el hombre con el mundo se establece a través del trabajo, el amor y el pensamiento. Actuando, amando y com¬prendiendo, el hombre se interrelaciona con el entorno, in¬corporando a su propia personalidad aspectos de ese ambiente, al mismo tiempo que intenta influir en los demás.
El trabajo productivo no se realiza para vivir, sino que es el medio que tiene el ser humano para expresar su poder sobre la materia. El trabajo más productivo es el que es capaz de favorecer el crecimiento per¬sonal del individuo, es decir el creativo, donde la persona transforma la materia prima. El trabajo más alienante será la actividad rutinaria, donde nada o casi nada aporta el trabajador.
Desde niños se nos prepara para el mundo laboral. Es como el fin último de nuestra existencia. Se ha pasado de considerar el trabajo como una maldición («comerás el pan con el sudor de tu frente», dice la Biblia), e incluso como una opresión, a constituir una fuente de bienestar psicológico y social. Trabajar es sinónimo de felicidad; no trabajar es sinónimo de pena y aflicción. Por esto, la entrada en el mundo laboral, a través del primer empleo, es como la puesta de largo e indicador de un nuevo status social: «soy trabajador». La ausencia de trabajo siempre se considera un fracaso y por esto mina la autoestima del sujeto. El paro no es solamente origen de patología psíquica por el mero hecho de «ganar menos», sino también porque supone una ruptura del propio yo y de sus proyectos e idea¬les.
Según algunos datos, quienes no tienen trabajo van al médico diez veces más que los que lo tienen. Más del 26% de desempleados tienen alguna crisis de ansiedad, frente al 14% de los que tienen empleo. En los desempleados podemos encontrar insomnio, ansiedad, depresión, irritabilidad y pérdida de la autoestima.
Este paréntesis en la actividad laboral puede ser motivo para replantearse la propia acción profesional, buscar otras opciones o fomentar la formación. A veces, sin embargo, el paro se vive con gran ansiedad, acompañado de un sentimiento de inutilidad, de culpa, de vergüenza y de miedo al futuro, que refuerza un gran sentimiento de minusvalía. El parado llega a esta falsa conclusión: «la crisis no es la causante de mi situación de parado, sino que la razón última es que soy un inútil».
La adaptación creativa constituye la manera más sana de salir del torbellino degradador de la persona sin empleo y encender una luz en la oscuridad de la situación del parado. Entendemos, pues, la adaptación creativa como la toma de conciencia del parado de sus dificultades reales y concretas, con sus posibilidades y desventajas, que provoca la puesta en práctica de acciones para reconducir la situación. Además, es muy importante que el parado se sienta arropado por la familia, que debe manifestar una actitud acogedora y no culpabilizadora.
El desempleado debe hacer un ejercicio de comprensión real de la situación, tanto de sus «reservas económicas» como de sus posibilidades profesionales. No puede caer en generalizaciones («el país está fatal», «no existe ningún empleo para mí») pues, de esta manera, lo único que consigue es entrar en un «círculo pesimista» que le puede llevar a la desesperación. Tampoco es aconsejable atormentarse con el futuro: angustia ante la fantasía de que el otro cónyuge se quede sin trabajo o que un hijo enferme gravemente. Como dice el dicho, «cada día tiene su afán». La tortura por el futuro es inútil y estéril. Los futuribles nunca tienen solución. La solución se encuentra cuando se produce el problema y no antes.
Alejandro Rocamora
Psiquiatra y miembro fundador del Teléfono de la Esperanza
www.telefonodelaesperanza.org
2011-07-14 01:54:31