David García Martín
La crisis económica ha puesto en la cuerda floja al Estado de Bienestar. Cada día son más las voces que cuestionan la sostenibilidad del sistema. Aquello que se llamó en los 90 la Tercera Vía y que parecía iba a mantener y defender las políticas socialdemócratas y liberales es cada vez más cuestionado, mientras en Europa las desigualdades cada día son más acentuadas.
«La Tercera Vía se convirtió en la aceptación acrítica del nuevo capitalismo, dando paso, sin obstáculos, a mercados cada vez menos regulados», afirma la periodista Soledad Gallego-Díaz.
Donde unos buscan equidad, justicia social, libertad e igualdad de oportunidades, otros ven intromisión del estado y negocios con los que lucrarse, a pesar de tratarse de derechos fundamentales conquistados a lo largo de los siglos, como la sanidad pública, que no gratuita, y la educación universal, además del sistema de pensiones y el seguro de desempleo, complementándose con la llamada ley de dependencia, como último pilar del Estado de Bienestar.
No se trata de A o B, blanco o negro, buenos o malos. La realidad es mucho más compleja que todas esas polarizaciones, pero los datos -sacados de esa realidad- indican que el mercado lleva ganándole terreno a los derechos de las personas hace ya mucho tiempo. Las políticas económicas más agresivas de la historia le han comido terreno a la ciudadanía.
Desde finales del siglo XIX hasta la década de los 70 las sociedades occidentales se volvieron menos desiguales gracias a las políticas de tributación progresivas, los subsidios – de los que abominan las clases más conservadoras- , los servicios sociales y las medidas económicas amortiguadoras en momentos de crisis. No es menos cierto que desde esa década hasta hoy, esas políticas de progreso se han tirado por la borda, como afirma Tony Judt, profesor de las Universidades de Cambridge, Oxford, Berkeley y Nueva York.
Donde no hace más de 40 años un director ejecutivo ganaba seis veces más que un empleado medio, hoy su sueldo es «novecientas veces superior», cuenta el ya fallecido profesor en su libro Algo va mal.
No hay más que mirar a Grecia, un país europeo con gobierno socialdemócrata que está siendo vapuleada por organismos internacionales y por las agencias de calificación de riesgo, que fueron a su vez cómplices directas de la crisis económica y financiera, y que zarandean impunemente con sus decisiones a los países más débiles. Les imponen a sus ciudadanos medidas de austeridad que merman sus ingresos y sus derechos sociales, y les aseguran, desde estas altas instancias, que son «medidas necesarias e ineludibles» si no quieren caer en la banca rota.
No piensa lo mismo el Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz cuando afirma que «la Unión Europea no está rescatando a Grecia, sino a los bancos alemanes». Portugal o España también son ejemplos de países con gobiernos socialdemócratas que tampoco han sabido cómo frenar las imposiciones de los altos organismos monetarios y de los llamados «mercados».
La socialdemocracia está de retirada. Cada vez tiene menos representación gubernamental, a pesar de haber convivido con la sociedad de mercado capitalista y de haberse instalado durante décadas en distintos países europeos. Esto ocurre aún cuando el nuevo capitalismo que gobierna el mundo por medio de un sistema financiero especulativo y de tecnologías de la información ha demostrado su incapacidad para fomentar una sociedad equilibrada, justa e igualitaria. Lo que sí ha demostrado es que es capaz de fagocitar todo aquello que se le acerque, como en su momento lo hizo la Tercera Vía.
«Ninguna sociedad puede ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres o desdichados». Esta reflexión podría haberla hecho Karl Marx, pero la hizo Adam Smith, uno de los padres del capitalismo. A saber qué diría si viera que el sistema en el que el creía deja correr las desigualdades a pasos de gigante.
David García Martín
Periodista
ccs@solidarios.org.es
2011-07-15 02:17:16