Por Patricia Arache
Asombro, desconcierto, rabia e incredulidad, son algunas de las múltiples reacciones provocadas por la decisión del Juez de Ejecución de la Pena de San Cristóbal, Willy de Jesús Aybar, de conceder un recurso de amparo al homicida Mario José Redondo Llenas, condenado a 30 años de prisión por el asesinato de 34 puñaladas de su primito, José Rafael Llenas Aybar, junto al también condenado, a 20 años, Juan Manuel Moliné Rodríguez.
El recurso de amparo le fue otorgado a Redondo Llenas mediante la resolución 260-2011-031, del 21 de septiembre, que le permite o lo faculta a publicar opiniones en medios de comunicación de masas, a pesar de su condena, la cual pudo haber sido mayor, inclusive, a muerte o a cadena perpetua, en cualquier parte del mundo dónde existen esas penas, e incluso aquí mismo en el país, si estuvieran contempladas en los Códigos y las leyes.
Recuerdo aquel sábado, 3 de mayo del 1996, cuando una foto del rostro angelical del niño Llenas Aybar comenzó a copar las pantallas de televisión, los noticiarios radiales y la prensa escrita con el clamor de sus padres y otros familiares que pedían ayuda para localizarlo. El tenía apenas 11 años de edad y había desaparecido la tarde anterior.
Fue a eso de las 3 y 30 de la tarde del sábado, cuando desde la redacción de Noticiario Popular, que dirigía en ese entonces, tuve la amarga responsabilidad de informar a los oyentes de «la novia del pueblo»; y posteriormente, a los televidentes de Color Visión y el espacio Sábado de Corporán, el hallazgo de un cuerpito, cuyos rasgos primarios coincidían con la descripción del que hasta ese momento se creía un niño perdido.
Ambos medios de comunicación, Radio Popular y Color Visión, como estructuras de divulgación, así como, particularmente, el propietario de la emisora radial y productor del espacio televisivo, Rafael Corporán de los Santos, habían dado estricto seguimiento al caso de «la desaparición» del menor desde que sus familiares lo denunciaron en las muy primeras horas de la mañana.
La información sobre el cadáver localizado en un arroyo, por la autopista Duarte, provocó total consternación; al punto de que el productor y conductor del programa sabatino, que concluía a las 8 de la noche, decidió terminarlo ese día, en ese mismo instante.
Ahí comenzó un duelo social y moral que todavía a 15 años de haber ocurrido, el perverso crimen mantiene el mismo hedor a sangre, descaro, abuso y ensañamiento, que se puso de manifiesto cuando al niño le infirieron 34 puñaladas, lo ataron y colocaron su cuerpo en la cajuela de un carro, en el que lo trasladaron, sin aparente remordimiento, al arroyo donde fue encontrado.
La tarde del sábado fue más agitada para los investigadores de lo que alguien podía suponerse. Tuvieron que emplearse a fondo y sin tiempo, para que horas después, en las primeras horas de la mañana del domingo, el entonces jefe de la Policía Nacional, mayor general Antonio Segundo Imbert Tessón, convocara a la prensa con carácter de urgencia y solicitara la presencia de dueños y directores de medios.
En el despacho policial, a primera hora del domingo, Corporán de los Santos, el Director del Vespertino y dominical periódico «El Nacional», Radhamés Gómez Pepín, quien escribe y una batería inmensa de periodistas mirábamos incrédulos los rostros impertérritos Mario José Redondo Llenas y Juan Manuel Moliné Rodríguez, confesos autores del crimen.
En ningún momento se inmutaron: ni frente al flujo de preguntas difíciles de entender, porque todas brotaban juntas, ni por la rabia expresada en los ojos de quienes atónitos los mirábamos, ni por las voces que sin reparos y al margen de la ley, gritaron más de una vez: «¡a ustedes deberían matarlos!»
Sus rostros no se compungieron ni siquiera cuando las lágrimas corrieron por el rostro del mismísimo inescrutable General Imbert Tessón, a quien un nudo atravesó en su garganta, impidiendo que continuara la información sobre la operación en la que fueron detenidos los inexplicablemente risueños jovencitos.
Inenarrable la impotencia de todos cuando escucharon al propio Redondo Llenas, y al menos parlanchín Moliné Rodríguez, confesar la forma en que dieron muerte al niño Llenas Aybar.
Más indignación no cabía en el despacho del Jefe Policial que al término de la narración de los entonces acusados, dio por terminado el encuentro en el que también expresó dolor por tan inverosímil asesinato, como hombre, como padre, como abuelo…
Las audiencias en el conocimiento del juicio también fueron históricas e inenarrables. Ellos se encargaron de contarle al mundo su crimen paso a paso. La condena definitiva, luego de las debidas apelaciones, fue 30 y 20 años de cárcel, para Redondo Llenas y Moliné Rodríguez.
Los derechos se extinguen. Un condenado penal NO puede reivindicar sus derechos. El propio recurso de amparo establece que su radio de acción es sólo cuando se está en presencia por parte de las autoridades de la violación de un derecho constitucional.
El artículo 24 de nuestra Constitución es claro. Cita cuatro excepciones para la suspensión de los derechos de ciudadanía. Citaré los dos primeros:
1) Condenación irrevocable a pena criminal, hasta el término de la misma.
2) Interdicción judicial legalmente pronunciada, mientras ésta dure.
No creo que alguien desconozca que Redondo Llenas y Moliné Rodríguez están condenados a prisión en forma irrevocable, ni tampoco que el aparato judicial en San Cristóbal mantiene los más altos índices de cuestionamientos, a pesar de la reciente cancelación del también Juez de la Ejecución de la Pena, Francisco Mejía Angomás, «por faltas graves en el ejercicio de sus funciones».
Mario José Redondo Llenas y Juan Manuel Moliné Rodríguez están condenados por la justicia de los hombres, con las penas que establece el sistema de justicia dominicano. ¡Que las cumplan, con todo lo que ello implica!
Aún cumpliéndolas, les faltará vida para saldar por completo el profundo daño infligido a las familias de ellos y a las del menor ultimado; y con esto a toda la sociedad dominicana.
Patricia Arache
Periodista
2011-09-30 02:52:16