Cuando recogemos una analítica, medimos nuestra tensión arterial o pesamos a nuestros hijos, en seguida nos surge la duda de si la cifra que obtenemos es normal o no. En ocasiones, de dichas medidas se derivan inmediatas acciones diagnósticas o terapéuticas, y, en otras, los profesionales sanitarios parecen mirar con una cansina indiferencia la que nos aparece como una anomalía incuestionable, sin que nos sepamos explicar el por qué de esa aparente displicencia.
La normalidad, en medicina, es un concepto con un fuerte componente estadístico. Es normal que nuestra altura sea tal o cual a una determinada edad porque la mayoríade las personas sanas tienen tal o cual altura en dicha edad. Por ello, es evidente que esa normalidad depende de variables al margen de la salud: etnia, hábitos alimenticios o incluso algunos rituales culturales (como la costumbre de anillar el cuello de las adolescentes en algunas culturas) pueden influir en la altura sin que estemos ante circunstancias patológicas. Por ello, a la hora de evaluar si una determinada medición, o prueba diagnóstica, o constante vital es normal, los sanitarios evalúan varios aspectos. Entre ellos, hay tres que son especialmente relevantes: la intención de la medición, el contexto en el que ha sido recogido, y la evolución del mismo. Para ilustrarlos, veamos el ejemplo de la medición de un niño.
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2011-10-24 14:47:31