Por Manuel Hernández Villeta
El campesino siempre fue un ente de marginalidad. Su atraso, su abandono, su falta de cultura, su apego a la tierra, le convertía en un paria social distante.
En la sociedad rural, como la que existía en la República Dominicana a fines del siglo 19 y principios del 20, los generales de Manigua hacían de esos campesinos que cultivaban tierras con animales salvajes, sus soldados de avanzada.
El futuro de esos labriegos no se distendía en un horizonte más lejano que el que pudiera alcanzar su vista. Ellos vendían su fuerza de trabajo en la tierra, de sol a sol, a cambio de una ligera comida, o por un bohío de piso de tierra.
En México, los campesinos y los ganaderos, hicieron dos revoluciones, cada una con objetivos distintos.
Pancho Villa, era el gran jinete a caballo, vencedor de los federales y de las tropas norteamericanas de la frontera, pero Emiliano Zapata era el líder de chanclos raídos, macuto al hombro y pantalones de mezclilla en remiendos.
Sin embargo, el grito que prendió en toda América Latina fue el de Emiliano Zapata: La tiera es del hombre que la trabaja.
En la República Dominicana en la etapa en que teníamos una economía preponderantemente rural, el campesino era objeto de promesas demagógicas, que nunca se convirtían en realidad.
La reforma agraria era de papel, se entregaban tierras, muchas veces sin títulos, sin facilidades de accesar a los créditos, y sin la suficiente ayuda técnica.
La juventud frustrada abandonó el campo dominicano y se fue a vivir a las grandes ciudades, creando los cordones de miseria que hoy nos ahogan.
El origen de los barrios misérrimos dominicanos es esa emigración campesina, en busca de mejor suerte; la juventud hoy no se identifica con la zona rural, y prefiere rumiar su desesperanza en los barrios marginados de las principales ciudades.
Si pasamos revista, la mayor carga de la delincuencia proviene de los barrios marginados, de los reductos de miseria que fueron poblados por los campesinos que huyeron a la falta de esperanzas en el campo.
Los gobiernos han fracasado en realizar un equitativo reparto de tierras, por lo que los jóvenes que nacieron en el campo prefieren venir a las ciudades a «hacer lo que sea».
Es muy dificil que esa masa irredenta vaya a sembrar yuca a la zona rural, pero eso si, es bueno que se tenga en cuenta que mientras existan esas desigualdades sociales que sirven para ampliar los barrios marginados, habrá delincuencia.
El combate a la delincuencia se perdió cuando al campesino se le negó la oportunidad de tener agua potable, de llevar a sus hijos a la escuela, de tener crédito para sus tierras, de poder recibir asistencia médica en un hospital, y sobre todo, de que sintiera orgullo de hacer producir la tierra.
Debemos mirar el espejo del grito inconcluso de Emiliano Zapata, para reflexionar sobre el origen de la delincuencia que tiene como soldados rasos a los jóvenes residentes en barriadas marginadas.
Manuel Hernández Villeta es periodista dominicano
2011-11-02 15:03:25