En mi barrio ha habido un apagón. Nos ha sorprendido a la salida del trabajo, a esas horas en las que uno sólo piensa en cenar. Al principio ha tenido su gracia buscar las velas por los cajones, armarse de linternas y salir a los balcones para comprobar si sólo nos ha pasado a nosotros. De vez en cuando nos gusta ser rústicos, es como vivir en una de vaqueros. Sin embargo, la broma ha ido perdiendo fuelle. Todo el barrio está oscuro y el silencio sólo se rompe con una alarma intermitente que se esconde entre los murmullos que vienen calle abajo. Quizás algún vecino se ha quedado atrapado en el ascensor y vienen a socorrerlo, hemos pensado todavía con el ánimo intacto y sin preocuparnos demasiado por la ausencia de luz. Para pasar el rato hacemos recuento: no tenemos Internet pero, al fin y al cabo, no es para tanto, quién no puede vivir sin Internet un par de horas.
Vivimos en Barcelona y muchos recuerdan el gran apagón de hace unos años. Empezamos a pensar hasta cuándo durará esto. Los alimentos no tardarán en echarse a perder. Tenemos que hacer algo, llamar a la empresa eléctrica pero me he quedado sin batería en el móvil y el teléfono fijo no funciona porque ahora es inalámbrico. Así que nos sentamos mientras confiamos en que otro vecino llame por nosotros. Vuelvo a asomarme al balcón. Desde allí la alegría va por barrios: en el sur estamos a oscuras pero a lo lejos las luces de la zona alta destellan con opulencia. Alguien en la calle me dice que los técnicos prometen que todo acabará pronto pero de eso hace ya un buen rato y el congelador ya ha empezado a gotear. Es sólo un apagón, pero uno no se da cuenta de todas las cosas que tiene hasta que dejan de funcionar.
En mi país ha habido una crisis. Nos sorprendió cuando todavía trabajábamos. Al principio era fácil hacer chistes, pero cuando nos asomamos al balcón vimos que nos había afectado a todos. En las primeras horas la voz de alarma sonó en unas pocas casas, pero las emergencias no paraban en la puerta del vecino, si no en la sucursal bancaria de la esquina. Era como vivir en una de vaqueros, salvo porque entonces nosotros ya éramos los indios. Día a día todo se puso más negro: los que no se quedaron sin batería desde el principio viven al borde de la sobrecarga por una subida de tensión. Deberíamos haber salido a la calle entonces, pero preferimos esperar en el sofá porque confiamos en que ya lo harían por nosotros los vecinos. Hoy dicen las noticias que los cien magnates más ricos del planeta ganan lo mismo que gasta España en pagar la Sanidad, las prestaciones de desempleo y las pensiones. Las luces de la opulencia brillan en la zona alta. Para matar el tiempo hacemos recuento: los hospitales se privatizan y las escuelas se masifican, uno no se da cuenta de lo bien que funcionaban las cosas hasta que las echa de menos. La compañía que nos gobierna ha prometido que todo irá mejor pero hace meses que la avería no se soluciona. Quiero llamarles para protestar pero cuando nos modularon el sistema no nos advirtieron de que eso sería cada vez más difícil.
Al final han cambiado los plomos del generador y la luz ha vuelto a casa. Con las bombillas encendidas me doy cuenta de que, con la crisis, no va a bastar con quedarse a oscuras en el salón para que todo vuelva a ser corriente.
Carlos Torres Prieto
Periodista de Diario Público
Twitter: @carlosaspe
2013-01-15 05:48:35