Por Manuel Hernández Villeta
La vida política dominicana se congeló. Está en una etapa de invernadero sin salida. Mientras en América Latina surge una nueva izquierda, distinta y distante a la pasada época de exportación de la revolución armada, aquí se enseñorea la neo-derecha.
Ni siquiera se dan las condiciones y la prédica para decir que en República Dominicana hay una nueva izquierda. No pasan de ser los cercanos a esa línea, más que meros figureros, buscadores de primeras tomas para los noticiarios de televisión y de titulares en primera o páginas interiores de los periódicos.
Es un paso al despeñadero histórico, tomando en cuenta los caminos recorridos por una izquierda levantisca y de armas tomar, que desapareció debido a la represión del gobierno de los doce años, y de sus fallas a lo interno.
Ayer como hoy, el principal pecado de la vieja izquierda y los neo-natos izquierdistas de hoy es ser enemigos de la autocritica. Recuerdo una discusiión que tuve con un dirigente de izquierda hace muchos años. Poniéndole el dedo en el pecho le dije: el fracaso hoy de los que se llaman izquierdistas es que el boleto para participar en una reunión, en un equipo de trabajo, para entrar a la discusión, es quitarse la cabeza y llevarla debajo de los sobacos.
Esa izquierda no era autocritica. No permitía el pensamiento libre y organizado de sus miembros. Estaba atada a viejos manuales de la Gran Marcha de la revolución China, la lucha de grupos y de clase en la Unión Soviética, con el Stalinismo y sus purgas y luego descendía por tierras desconocidas y fuera del alcance de sus boletos de vuelo, como Albania, Corea del Norte o Libia.
De poco sirvió que República Dominicana fuera el primer país donde Cuba exportó su revolución, a tan solo siete meses del triunfo sobre Fulgencio Batista, o realizar una revolución armada, y enfrentar al sofisticado ejército de los Estados Unidos.
Al correr de los años, la falta de autocrítica llevó a esa izquierda a repetir como una simple pantomima sus errores, a voltear la cara sobre los reajustes que tenía que hacer al movimiento revolucionario y a mantener una línea personalista, atomizada, divisionista y contraria a la unidad.
Sencillamente la izquierda desapareció sin dar frutos, y hoy ni siquiera el nombre de nuevos progresistas merecen los que entre vinos y rejuego al sistema quieren vender ropaje que le quedan grande y hacer promesas de redencion social, cuando son compañeros de camino en el viaje del sistema.
El país se derechiza. Los que quieren levantar banderas rojas y verdes, negras y rojas, para rememorar días idos, no pasan de ser sepultureros de ideales que deberían ya quedar en el frontispicio de la historia. Parece que todavía no llega a embrión el hombre nuevo dominicano que sería uno de los ejes motores de la revolución latinoamericana.
2015-09-01 13:41:29