EL TIRO RAPIDO
Como en cada antesala del Día de La Altagracia, la Conferencia del Episcopado Dominicano, presidida por monseñor Nicanor Peña e integrada por los obispos en funciones, quienes después del Papa son los verdaderos jefes de la Iglesia Católica, acaba de dar a luz su habitual Carta Pastoral.
En esta ocasión, la misma está dedicada fundamentalmente a la Misericordia, en plena sintonía con el Sumo Pontífice que ha anunciado la celebración de un Jubileo Extraordinario dedicado a la misma, recordando la exhortación que dirigiera Jesús a sus discípulos en el Sermón de la Montaña «Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso».
Dentro de este contexto, al que Francisco I concede especial relevancia y hace objeto de continua reiteración a los sacerdotes para que se convierta en piedra fundamental de su misión pastoral, el mensaje de nuestros obispos detalla las llamadas obras de misericordia corporales.
Entre son: visitar los enfermos; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; acoger al forastero; vestir al desnudo; visitar a los encarcelados; enterrar a los muertos; enseñar al que no sabe; aconsejar bien al que lo necesita; corregir al que yerra; perdonar al que nos ofende; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
Son todas normas fáciles de cumplir, pero que con tanta frecuencia olvidamos de practicar aun por aquellos que nos identificamos como cristianos y miembros de la Iglesia Católica, absorbidos por la vorágine de la vida moderna y de la sociedad de consumo y permanente competencia en que nos desenvolvemos.
Esta no escapa al ojo crítico de los obispos. El mensaje de la Conferencia Episcopal hunde el bisturí profundo en la raíz de los principales males que son objeto de mayor preocupación ciudadana. Así, con óptica previsora llama la atención sobre las situaciones de injusticia y grave desequilibrio social que padecemos, frente al cual la inercia y la indiferencia corren el riesgo de terminar en violencia e inseguridad ante los que viven desamparados.
El mensaje condena, en consecuencia, la prevalencia del criterio mercantilista que privilegia la utilidad y la apariencia sobre el ser humano, donde todo es valorado según lo que produce y en la medida en que es útil, lo que el Papa Francisco califica de
«cultura de descarte».
Son enérgicos también los términos con que la Carta Pastoral califica la corrupción, incluyendo el cobro de «peaje» que ahuyenta a los inversionistas y crea «una escandalosa situación de inequidad y desigualdad social ensanchando la brecha entre personas que se han hecho ricos como por arte de magia, sin otra justificación que haber pasado por el tren administrativo público y una gran mayoría de personas honestas que apenas logran sobrevivir con el esfuerzo de toda una vida de trabajo».
La «complicidad y la impunidad» son temas que tampoco escapan a este resumido pero realista diagnóstico de nuestra realidad existencial al igual que el incumplimiento de la ley en un país donde no faltan, sino posiblemente sobran, normas jurídicas que lamentablemente son objeto de indiscriminada, continua e impune violación.
Los orientadores de la mayoritariagrey católica reclaman también el cumplimiento de las promesas electorales; ponen en la picota el clima de la inseguridad ciudadana y el auge de la criminalidad; claman por la preservación de los recursos con que nos obsequió la Naturaleza, objeto de tan frecuente y abusiva depredación mientras abogan por abrir puertas de acogida caritativa a los inmigrantes, en particular haitianos.
Los temas que enfocan los obispos no sonnovedosos. Son males de arrastre a la vista y al sentir de todos. Pero dicho por ellos, con todo el peso de credibilidad que acompaña a la Iglesia, cobran especial relevancia y de ahí que, acogida por unos y criticada por otros, de lo que podemos estar seguros es que el contenido de la Carta deja huellas y siempre será motivo de reflexión y debate.
Como dicen las Escrituras «el que tenga ojos para ver, que vea y el que tenga oídos para oir, que oiga».
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2016-01-24 16:35:12