Por Manuel Hernández Villeta
La economía dominicana tiene piernas fuertes. Hay un desarrollo sostenido, que se debe traducir en una franca etapa de desarrollo. En los primeros seis meses del año experimentó un aumento de 7.5, que es muy bueno.
A diario observamos las inversiones millonarias en nuevos negocios, torres de viviendas y comerciales y obras de infraestructura que se llevan a cabo en el país. Ello es muestra de desarrollo y que va creciendo la economía.
Hay en el país un indiscutible clima de tranquila. Ocurren actos de violencia que tienen atemorizados a los dominicanos, pero estos no ponen en peligro a la etapa de producción. Una delincuencia que puede ser controlada.
Con una tímida política de pleno empleo, el sector empresarial crea nuevos supermercados, centros comerciales y áreas de ventas diversas, donde se emplean a cientos de jóvenes dominicanos. Difícil tapar la brecha de los que llegan al primer empleo, pero se trabaja sobre la marcha.
La economía es pujante, pero no olvidemos que es una moneda de doble cara. Hay un desarrollo sostenido en la macro-economía, pero a nivel bajo se siguen manifestando los cuadros de miseria. No es culpa del gobierno ni de los funcionarios del área económico, son secuelas y castigos del capitalismo voraz.
En los países sub-desarrollados, entre los cuales se encuentra la República Dominicana, hay una sostenida distribución desigual de las riquezas. Hay pocos ricos, pero miles de pobres. El viejo socialismo predicaba la igualdad de riquezas y oportunidades por el trabajo desempeñado. Hoy, el capital sólo piensa invertir para obtener mayores ganancias.
De ahí que se tiene que luchar para que el amplio progreso presentado en la macro-economía nacional llegue a todos los sectores. El pobre de solemnidad debe aspirar y debe conseguir, comer siquiera dos veces al día, tener medicinas cuando se enferma y que sus hijos y el mismo, puedan ir a la escuela.
Por desgracia, la brecha se tiende a ahondar más. A mayor progreso, mayor miseria. En este panorama lo ideal es que haya un punto intermedio donde los ricos den de beber a los pobres que están en la parte inferior de la pirámide.
Sin una cara humana y sin equidad social, el capital se convierte en un verdugo del pueblo donde se fragua la riqueza. Todos tenemos derecho a la mesa, y los que tienen el control de la economía deben tener corazón blando y la sensibilidad para reconocer que sin pan, educación, salud y bienestar el pobre se muere y el capital se estanca.
2016-08-26 14:45:15