EL TIRO RAPIDO
de
Mario Rivadulla
Desde su bastiòn de Aduanas, donde ha dejado notaciòn de su enèrgica gestiòn en persecuciòn del contrabando y las pràcticas de subvaluaciòn, Miguel Cocco vuelve a la carga para condenar la corrupciòn, tanto pùblica como privada, y recordarnos todos los graves perjuicios que, como negativo valor de multiplicaciòn, se derivan de la misma.
No es la primera vez que el Director General de Aduanas se refiere a este tema. Ya en ocasiòn anterior, estremeciò el escenario pùblico al poner el dedo en esta purulenta llaga que venimos arrastrando como enfermedad crònica, y hasta el presente, salvo contadìsimas excepciones, arropada por la màs penosa impunidad.
En esa ocasiòn, el señor Cocco atribuyò a la corrupciòn, con sobrada razòn, la principal cuota de responsabilidad en la situaciòn de marginalidad y extrema miseria en que malviven al menos cuatro de cada diez familias en el paìs.
Realmente si pudièramos contabilizar y disponer de todos los recursos que en una u otra forma se han desviado de su curso natural para ir a parar a las cuentas bancarias de elementos codiciosos por un lado, y de funcionarios venales por otro, en vergonzosa complicidad, las cifras resultantes resultarìan asombrosas.
De seguro que la destinaciòn de los mismos a fines sociales y objetivos altruìstas, representarìan una reducciòn considerable en los niveles de pobreza que padecemos. De igual modo, disminuir de manera significativa el desempleo. Y cubrir de manera satisfactoria nuestras necesidades de salud y educaciòn asì como mejorar otros servicios bàsicos, desde el transporte y la electricidad hasta el suministro de agua potable y la seguridad ciudadana.
Lamentablemente hasta ahora todas las promesas que se han hecho por un lado y los esfuerzos de sustentaciòn de las mismas que se han llevado a cabo por otro, con la creaciòn de organismos especializados para prevenir y combatir la corrupciòn, han resultado frustratorios.
No hace mucho, la Fundaciòn Institucionalidad y Justicia llamaba la atenciòn sobre la penosa realidad de que de los cientos de expedientes sobre presuntas acciones dolosas acumulados en el Departamento de Prevenciòn de la Corrupciòn Administrativa, los fallos condenatorios apenas pueden contarse con los dedos de una mano.
El propio Miguel Cocco ha sufrido penosas experiencias en este sentido en el desempeño de su gestiòn. En màs de una ocasiòn, ha tenido que dejar constancia de su queja pùblica ante la lentitud extrema y la tibieza con que, por lo general, son conocidos y sancionados los casos de contrabando probados, “convictos y confesos”, segùn sus propias expresiones.
No hace tanto, el Presidente de la Càmara de Cuentas declarò que en la mayorìa de las auditorìas llevadas a cabo por ese organismo, tanto en organismos estatales como en los ayuntamientos del paìs se han detectado irregularidades. Falta establecer cuàles son de orden simplemente administrativo, y cuàles otras pudieran involucrar actos dolosos.
Ahora mismo, pese a existir una ley, posteriormente reforzada con un decreto presidencial estableciendo sanciones que hasta el presente no se han aplicado pese a establecer plazos perentorios para ello, hay todavìa un buen nùmero de funcionarios pùblicos, municipales, judiciales y congresistas que no han hecho la obligatoria declaraciòn jurada de sus bienes, aunque su certeza resulta muy vulnerable y se presta a ser burlada en mùltiples formas.
En el camino ha quedado una vieja propuesta que pudiera en gran medida limitar los espacios de corrupciòn, al menos en el sector pùblico. Es la de inversiòn del fardo de la prueba en el caso de los funcionarios de la Administraciòn, en excluyente contraposiciòn a la presunciòn de inocencia que establece nuestra legislaciòn. Ello permitirìa confrontar el nivel de vida de los mismos con el de los ingresos que perciben. No parece que hubiese real interès en promover un mecanismo de esta naturaleza.
Sin embargo, quièrase que no el tema de la corrupciòn y la impunidad que la arropa estàn ahì, como un càncer maligno. Y es bueno que en medio de los arropamientos y complicidades que se empeñan en cubrir y mantener este gravìsimo mal, se levanten voces como lo acaba de hacer Miguel Cocco, para recordarnos su existencia y la necesidad inexorable de ponerle cara y puño antes de que termine por devorarnos.
2008-02-19 16:00:31