Por Manuel Hernández Villeta
La Constitución es frágil. Su principal debilidad es que puede ser modificada al antojo de quien tenga los cuartos y los votos. Si pasamos una ojeada en torno a la Constitución dominicana se tiene que llegar a la conclusión de que siempre su poder ha sido limitado.
A lo largo de la vida republicana, la Constitución no pasó de ser un libro movido por dictadores y déspotas ilustrados para dar forja legal a sus acciones. Trujillo no solo violó la Constitución, sino que la transformó a su antojo, en un vano intento de dar categoría legal a una dictadura oprobiosa.
Como libro aislado la Constitución carece de fuerzas. Para hacerla el instrumento que rija a la sociedad, tiene que haber instituciones fuertes, respeto social y político, y dejar a un lado la ambivalencia de políticos que solo buscan prebendas personales.
La Constitución debe ser la que dicte la norma de vida en una sociedad moderna. Los dominicanos carecemos de instituciones que se encarguen de velar por el respeto constitucional. Los violadores siempre se han reído de sus atropellos.
Ni siquiera el ejemplo del Golpe de Estado del 63, donde se echó a la basura a la Constitución, ha permitido crecer lo que es el respeto de las instituciones. Ese golpe mortal a la Constitución provocó la reacción popular que se manifestó con la revolución de abril del 1965. Pero nunca volvió ese espíritu constitucional.
El doctor Joaquín Balaguer hizo una constitución a su medida y sus ambiciones. El mismo se encargó de demostrar la fragilidad de la Carta Magna cuando dijo que era un simple pedazo de papel. Si un conglomerado social es débil, irresponsable, sin importarle las normas institucionales, los fallos de la Constitución están hechos a su imagen y semejanza.
La votación popular ejercida de forma libre y sin presiones, es determinante para apuntalar las fallas y debilidades Constitucionales. Nada está por encima de esa voz popular. Ya lo dijo un pensador: La Voz del pueblo, es la Voz de Dios.
Sin embargo, el tema es tan engorroso que ni siquiera hay claridad sobre el origen de la frase. La voz del pueblo es la voz de Dios («Vox populi, vox Dei»), reza el aforismo latino que algunos atribuyen a Hesíodo, el gran poeta griego del siglo VIII antes de nuestra época, y otros al monje anglosajón del siglo VIII después de Cristo, Alcuino de York.
Prefiero ante cualquier manipulación constitucional inclinarme por el Discurso de Gettysburg, pronunciado por el presidente mártir Abraham Lincoln, el 19 de noviembre de 1863 y que hoy cobra más fuerza que nunca, en el país y el mundo: «Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra». ¡Ay!, se me acabó la tinta.
2018-08-23 19:02:00