Mario Rivadulla
Viernes 4,09,09
En lo que va del presente año, se han contabilizado unos diez linchamientos. Turbas enfurecidas se integran de manera espontánea en unos casos en el momento en que uno o más delincuentes, por lo general de poca monta, carteristas y ladrones sin armas, son sorprendidos al momento de intentar
cualquier fechoría de carácter menor y golpeados hasta la muerte. En otros, son grupos que bajo la instigación de algunos, casi siempre parientes y allegados de personas agraviadas, se forman y de manera organizada y premeditada salen a buscar a los presuntos autores de un crimen, le alcanzan y a golpes, palos, cuchilladas, machetazos y hasta a balazos les aplican la llamada ?Ley de Talión?, o sea ?el ojo por ojo y diente por diente?. El número de linchados pudiera ser mayor si no fuese que en alguna que otra oportunidad, la fuerza pública llega a tiempo de rescatar de la furia vengativa de la enardecida turba al victimario convertido en víctima, antes de que exhale el suspiro final.
Hay momentos en que la ciega ira de estos grupos llega a extremos de crueldad y ensañamiento que superan con mucho la gravedad del delito que se está ajusticiando de manera tan sumaria. Tal, en días recientes habían dado muerte a un joven de la localidad, no solo fueron literalmente destrozados por la turba encabezada por parientes de la víctima sino que sus cuerpos, ya sin vida, fueron entregados a las llamas que dejaron los cadáveres prácticamente irreconocibles.
Los linchamientos se han convertido en una tendencia creciente en el país. Se trata de una reacción colectiva de violencia vindicativa ya espontánea, ya organizada, que se argumenta obedece a una percepción cada vez más acentuada de inseguridad ciudadana tanto como a la falta de confianza en las autoridades del orden para frenar la delincuencia y a los tribunales de justicia para sancionar a sus autores. Estos argumentos sirven de explicación pero no pueden ser tomados como justificación. Se entiende y comprende la indignación que provoca el auge de la delincuencia, sobre todo cuanto uno mismo o un familiar o amigo resulta víctima de ella. Cierto además que hay delitos que por su naturaleza y características enervan el ánimo y nos estremecen la conciencia. Pero de ningún modo se pueden estimular ni dejar pasar por alto los linchamientos que muchas veces llevan a crímenes peores que los que se quieren castigar. Tolerarlo sin ponerle freno terminaría por convertir el país en una selva y a los que vivimos en él, en animales irracionales. Una especie de réplica de la época salvaje del Lejano Oeste Americano que tantas veces hemos visto reflejada en las pantallas del cine y la televisión.
Bien que se reclamen acciones más efectivas de los organismos que deben velar por el orden público para prevenir y combatir la delincuencia y sanciones más enérgicas por parte de los jueces para que los malhechores paguen por sus acciones. Pero de ningún modo, se debe permitir que haya quien se tome la justicia por propia mano. En días recientes, el Jefe de la Policía Nacional exhortó a la ciudadanía a que cuando apresen a un malhechor, lo entreguen a las autoridades. Es lo único correcto si queremos convivir en forma civilizada. Pero la experiencia demuestra que las apelaciones a la sensatez, no siempre acogidas, deben ir acompañadas de un mensaje más concreto y enérgico. Y éste no puede ser otro que someter a la justicia a los linchadores para que reciban merecida sanción por una acción criminal que, como antes señalamos, en muchos casos supera en gravedad a la del delincuente que se ha ejecutado.
TELEDEBATE. Telefuturo. Canal 23. ?teledebate(a)hotmail.com?
2009-09-07 14:24:25