Opiniones

Las Raíces Profundas de la Violencia (Del libro Hacia una nueva cultura de la gestión pública dominicana, Págs. 53-57

Cortesía de Ramón Morillo )

Por Bernardo Matías

La violencia es el lado oscuro de la razón humana.

Es la expresión vulgar y concreta de la animalidad y la pasión que nos acompaña. Es la expresión de nuestros bajos instintos y de nuestra lucha por la sobrevivencia. La violencia ha acompañado al ser humano desde sus propios orígenes. En ninguna época de su existencia el ser humano ha podido soslayarla ni dominarla.

Ninguna sociedad ha escapado a esta obstinación de los individuos por la violencia. Paralelamente a este drama existencial, las sociedades han creado valores culturales, normas y sanciones dirigidas a promover la paz. Esa búsqueda de la paz ha sido fuente de inspiración de mitos, leyendas, cuentos e historias, evocando un mundo apacible y lleno de bienaventuranzas.

Este movimiento contradictorio de la violencia y la paz toma rostros diferentes en la historia. En las sociedades modernas la nueva economía pone al ser humano a luchar contra sí mismo y contra el otro. Es de la solidaridad, de la fragmentación, del consumo de la lucha voraz por sobrevivir, consumir y dominar, la violencia se convierte en el principal medio de negación de la existencia del otro. Nuestras sociedades modernas subjetivamente son sociedades del des-en-canto, de la decepción, de la fatiga, de la incertidumbre. Este es el mejor escenario para convertirnos en lobos de nosotros mismos.

Por eso podemos afirmar que, actualmente, la principal fuente de violencia es la propia economía. Una sociedad que oferta una utopía del consumo total, que se ve limitada por su capacidad de distribuir las riquezas que permiten adquirir los bienes que oferta, está creando un ambiente propicio para la violencia.

Las sociedades como la nuestra formaron su identidad sobre valores de raíces rurales como la convivencia y la fraternidad. Pero de manera súbita se ven atrapadas por un intenso proceso de urbanización de los mercados que trae consigo la oferta de un paraíso y al mismo tiempo la exclusión de muchos. Nos encontramos en un escenario donde la miseria crece a un ritmo inversamente proporcional a la abundancia; donde se expande la tecnología de la información y se acentúa la ignorancia en la mayoría de la población.

Nos encontramos en un ambiente que promueve un terrorismo espiritualista a través de los medios de comunicación, creando una fascinación emocional por la violencia real y simbólica. La violencia es la principal oferta de los mercados culturales de los medios de masa en esta época. Entiéndase que las masas no racionalizan informaciones; sino que las integran a sus emociones, a sus pasiones e imaginario.

Desde finales de los 70 las sociedades latinoamericanas han estado condicionadas por un prolongado e intenso proceso de urbanización. Un proceso caracterizado por la desintegración social, el debilitamiento y la desestructuración familiar y el deterioro crítico de la convivencia comunitaria. Esta transformación de valores y de desintegración social se agudiza en la medida que aumentan las grandes olas migratorias de nuestras poblaciones hacia los grandes centros urbanos de nuestros países y del mundo.

En este nuevo contexto se han ido desarrollando nuevas formas de violencia. En primer lugar, persiste la clásica violencia estructural que ejerce el Estado a través de sus cuerpos policiales y militares con rangos delincuenciales. Es una actitud que niega todo derecho de ciudadanía y ejerce un autoritarismo paradójicamente legitimado por gran parte de la propia ciudadanía.

En segundo lugar, podemos identificar la violencia social-comunitaria, la cual tiene como actores principales a los pobladores y organizaciones comunitarias. Este tipo de violencia se genera como resultado de políticas sociales públicas desenfocadas y por las inequidades recurrentes. En los últimos diez años, en nuestro país, este tipo de violencia ha pasado por una profunda metamorfosis. Su beligerancia, intensidad, extensión e impacto social y político se han reducido.

Por otro lado, en nuestras sociedades se ha ido configurando de manera ascendente una cultura de la violencia social individualizada. Este tipo de violencia ha ido tomando rasgos de omnipresencia. Ya no sólo se encuentra en el mundo de la marginalidad, sino que llega a sectores privilegiados de la sociedad. Esta forma de violencia no es normativa ni prescriptita ni discriminatoria. La misma se manifiesta como vandalismo individual y como analfabetismo emocional de los ciudadanos.

Hoy día encontramos una violencia social organizada. Esta es normativa, selectiva y discriminatoria.

Es la más peligrosa de todas las violencias, porque es parte de una economía delictiva y extorsionadora. Ella crea una estructura paralela de poder invisible que existe simultáneamente con el poder oficial. En la crea una estructura paralela de poder invisible que existe simultáneamente con el poder oficial. En la República Dominicana, tendencialmente, se ha ido formando una cultura del secuestro organizado, asociado a una economía delictiva, cuya lógica sistemática y omnipresente aún no ha adquirido la característica de otros países latinoamericanos como Brasil, Colombia, Guatemala y México, entre otros.

Debemos estar conscientes de que tanto la violencia social individualizada como la organizada alrededor de una economía delictiva tienen consecuencias equívocas para el país. Son consecuencias que pueden revertir modelos de desarrollo de las economías. De ahí que sea necesario poner en práctica un tipo de contrato social que involucre a toda la sociedad a trabajar en la disminución de la violencia.

No se trata de poner esta tarea en mano de las instituciones estructuralmente violentas del Estado. Esa modalidad ha fracasado en muchos países. Se trata de poner en mano del propio ciudadano, en alianza con el Estado, sus instituciones, sus mediaciones culturales y organizacionales para generar un clima de confianza y seguridad ciudadana. Es necesario trabajar más en desarrollar estrategias de influencia positiva en las familias, en disminuir las asimetrías y carencias sociales. Paradójicamente la violencia existente en el país se disminuye más por la vía de la cultura que de la propia economía. Pero en esta área nadie quiere invertir, pese al alto costo social y al impacto negativo que tiene en el presupuesto público y en el modelo de desarrollo del país.

2009-09-15 19:26:57