Mario Rivadulla
Jueves 14,01,l0
Los efectos del terremoto que asoló Haití han resultado peor de lo imaginado en sus inicios. Conforme se va ampliando la información sobre lo ocurrido al otro lado de la frontera y recibimos el avasallante testimonio gráfico de la catástrofe mediante las fotografías que publican los medios escritos, las fílmicas que llenan las pantallas televisivas y las computadoras conectadas a Internet, el asombro inicial se convierte en profunda angustia por la tragedia del pueblo vecino al tiempo que de alivio por la que, tuvimos la gran suerte de no compartir.
El número de muertos que en principio se estimó en centenares y luego en algunos miles, rebasa con mucho los cálculos iniciales. Hoy, aunque sin una base real que todavía lo sustente, voces haitianas autorizadas hablan de entre más de cien mil y hasta quinientas mil víctimas. Todo un holocausto similar al producido por las bombas atómicas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki, como mortal elemento de disuasión para vencer la tenacidad japonesa y poner fúnebre final al último capítulo de la Segunda Guerra Mundial.
No termina ahí sin embargo, el espantoso drama por el que hoy pasa el infortunado pueblo haitiano. Por delante queda el residuo agravante. La búsqueda angustiosa de cuerpos sin vida y posibles sobrevivientes sepultados bajo los escombros; la aguda falta de agua y alimentos; los cadáveres insepultos a lo largo de calles y aceras; la necesidad urgentísima de atenciones médicas, medicinas, sueros y vacunas: el riesgo de epidemias; miles y miles de familias que han perdido sus modestas moradas.
Y a todo ello, los actos de vandalismo en desesperada disputa por la sobrevivencia y de los oportunistas sin conciencia ni la menor pizca de humanidad que hacen provecho de situaciones de esta naturaleza para sacar ventaja, en un país donde no existe ejército y el orden público está confiado a una milicia multinacional de limitado número cuya capacidad operativa es rebasada con creces por este inesperado y mortal golpe de la Naturaleza.
Hoy, la situación de Haití, ya de por sí extremadamente precaria antes del terremoto, se nos presenta en dos tiempos.
El primero es el urgente reclamo de ayuda internacional masiva para rescatar a posibles sobrevivientes y salvar vidas de las consecuencias posteriores que deja el accidente telúrico y en que todo aporte, no importa de qué tipo ni en qué monto, resulta útil. Y posteriormente, cuando al cabo de un tiempo, de seguro más dilatado que temprano, el de acometer la tarea no de recuperar su tradicional estatus de miseria sino con la meta de poderse integrar como nación y readquirir la condición de Estado de que hoy carece.
Dos objetivos, uno inmediato y otro que demandará el esfuerzo de al menos una generación. Pero que tanto uno como el otro precisarán de un consistente y generoso apoyo internacional. El primero que ya se está expresando en múltiples manifestaciones de ayuda y el segundo, tantas veces reclamado y que es de esperar ahora se materialice para tratar de convertir sobre los escombros y el doloroso luto de esta increíble tragedia, un futuro de esperanza y de luces para el pueblo haitiano.
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2010-01-15 14:49:04