Opiniones

Transporte público, el caos y la democracia

Manuel Vólquez

La irresponsabilidad y la anarquía que se observan en el transporte urbano rebasan las normas de la prudencia y de la civilización.

Cada día somos testigos de los accidentes de tránsito que ocurren en las distintas demarcaciones del país motivado a muchas causas, principalmente por el manejo temerario y abusivo de ciertos conductores que se creen propietarios de las calles.

En la generalidad de los casos, esos accidentes se producen por fallas humanas; en otras ocasiones, por problemas técnicos. Esa situación abarca también a los conductores imprudentes que no están ligados a sector público, que es donde más conflictos se generan.

He escuchado decir a choferes y cobradores de las ?voladoras? que ellos son los dueños de la calle. Estos señores se desplazan por las calles a alta velocidad, bloqueando a cuantos vehículos transiten en su entorno. Las rutas las recorren a su modo y de vez en cuando ciertos choferes se paran frente a un colmado para ordenar la compra de bebidas alcohólicas. Esas escenas las he visto en determinadas oportunidades.

¿Y qué decir de los rebases? Esos rebases temerarios los realizan en presencia de los agentes de la Autoridad Metropolitana del Transporte (AMET), que al parecer han decidido tirar la toalla frente a la conducta de esos inadaptados sociales (no encuentro otro calificativo) que no debieran estar en la calle sino en manos de profesionales de la conducta.

Lo del transporte público es preocupante. Muchas vidas se han perdido a causa del desatino de algunos choferes y motoristas imprudentes que no le ceden el paso a nadie y siempre están dispuestos a insultar a los demás conductores.

Una buena parte de las flotillas del transporte urbano circula con gomas en mal estado, prácticamente en la lona. Los carros públicos evidencias condiciones deprimentes, con los asientos rotos y cristales rotos, muchas veces sin luces ni limpiavidrios.

Las guaguas voladoras también registran un panorama parecido. Los pasajeros son tratados como animales, pues los ubican parados y apretados, sobrepasando así los límites de pasajeros establecidas por las leyes de tránsito. Aún así, los choferes recorren las calles a velocidad excesiva, con el cobrador colgando sobre el escalón que permite el acceso a la unidad.

Todas esas unidades trabajan con gas licuado de petróleo, el que se utiliza para cocinar, lo que representa un peligro para la población. O sea, esos vehículos son una bomba de tiempo sobre ruedas. Pero todo sigue igual, como si nada estuviese ocurriendo.

Más aún. Ciudadanos residentes en los barrios de la capital se dan a la tarea de apedrear a las unidades de la Oficina Metropolitana de Servicios de Autobuses (OMSA), sobre todo en horas nocturnas, poniendo en peligro las vidas de las personas.

Incluso algunos pasajeros han resultado heridos y los autobuses con los cristales destruidos. Se trata de una acción de terrorismo, de un acto de salvajismo, auspiciado por mentes diabólicas que se alimentan del desorden.

¿Cuál es la razón de apedrear los autobuses de la Omsa, si es un servicio público de primer orden? La respuesta es muy simple: impedir su circulación para que los sindicatos que regentean las rutas del transporte puedan asumir el control total del servicio. Naturalmente, eso no se puede permitir.

Observo que existe una marcada tolerancia frente a la actitud temeraria asumida en los últimos años por algunos dirigentes choferiles, que viven a costa de los choferes. El pueblo sabe quiénes son y en su justo momento les pedirán cuenta de sus actuaciones.

Las vías urbanas hoy se encuentran arrabalizadas a consecuencia de tantas chatarras, que debieran estar en otro lugar y no en las calles. Ciertamente, el franqueo de las rutas de carros y guaguas públicas se ha convertido en un negocio rentable para que aquellos que las administran.

Para estas gentes, la vida de los usuarios no importa; por eso circulan tantos carros en vergonzosas condiciones. Desafortunadamente, esos son los frutos de la tolerancia del Estado y de una democracia mal interpretada por los malos dominicanos.

2010-02-16 22:30:39