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Manuel Vólquez
En los años 40, Estados Unidos y Japón fueron protagonistas de fuertes enfrentamientos bélicos de consecuencias funestas. El conflicto tomó niveles más relevantes luego del ataque perpetrado por los japoneses contra las fuerzas navales norteamericanas establecidas en Pearl Harbor, en la zona del Pacífico.
El ataque nipón desató la furia del gobierno estadounidense y la represalia fue enviar aviones para arrojar poderosas bombas sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki, densamente pobladas por niños, ancianos y mujeres.
La bomba lanzada en Hiroshima tenía una potencia equivalente a 20 kilotones, es decir, a veinte veces la explosión de mil toneladas de TNT (así se conoce la dinamita). Los efectos mortales de este artefacto podían proceder de tres causas distintas: la acción mecánica de la onda expansiva, la temperatura desencadenada y la radiactividad.
El calor generado por la energía liberada se elevó a temperaturas capaces de fundir la arcilla, alcanzando decenas de miles de grados. Este colosal desprendimiento provocó una columna de aire huracanado y a continuación, para llenar el descomunal vacío, se produjo otra onda en sentido contrario cuya velocidad superó los 1.500 kilómetros por hora. El terrible soplo produjo presiones de hasta 10 toneladas por metro cuadrado.
Al día siguiente del bombardeo, un testigo presencial que recorrió la ciudad explicó el espeluznante panorama de desolación que constituía la visión de una población arrasada, sembrada de restos humanos que estaban en espantosa fase de descomposición, entre un olor nauseabundo a carne quemada. Una zona de 12 kilómetros cuadrados, en los que la densidad de población era de 13.500 habitantes por kilómetro cuadrado, había sido devastada. La llegada de un grupo de científicos confirmó que el explosivo lanzado era una bomba de uranio. La energía atómica había entrado en la historia por la puerta del holocausto.
Según los datos registrados desde entonces, el número de personas sacrificadas en Hiroshima fue de 130.000, de las que 80.000 murieron, unos 48.000 edificios fueron destruidos completamente y 176.000 personas quedaron sin hogar
Y cuando los supervivientes se recuperaron del horror y los servicios de socorro empezaron a prodigar sus cuidados a los heridos y a los quemados, se produjo la caída de una lluvia viscosa, menuda y pertinaz, que hizo a todos volver los ojos al cielo: el aire devolvía a la tierra, hecho toneladas de polvo y ceniza, todo lo que había ardido en aquel horno personas y cosas – y que las corrientes ascendentes habían succionado hasta las nubes.
Todavía quedan huellas de ese bombardeo. Este acontecimiento histórico propició un estancamiento de las relaciones comerciales y diplomáticas que pudieron producirse entre ambos bandos. Entre condenas y protestas del mundo, tanto por lo de Pearl Harbor como lo de Hiroshima y Nagasaki, las heridas de los japoneses todavía siguen vivas.
Después, las cosas cambiarían de rostro. Aún resentidos por la masacre propiciada por las fuerzas aéreas estadounidenses sobre el territorio japonés, surgieron negociaciones comerciales entre Japón y Estados Unidos, lo que ha permitido a esa nación asiática ?invadir? el suelo estadounidense con miles de flotillas de automóviles, con tecnología de punta y otros renglones comerciales. Pero hablemos de la industria automovilística, que es el tema que nos interesa por ahora.
Con el acceso al poder de la administración de Ronald Reagan (1981-89) tomó cuerpo un importante cambio en la política externa estadounidense y se intentó recuperar una posición hegemónica de Estados Unidos en el escenario universal, tanto en los aspectos de seguridad como en el plano económico, científico y tecnológico.
A partir de esa nueva política del sistema se permitió la entrada de vehículos japoneses al suelo norteamericano ante la demanda de los ciudadanos norteamericanos, dados los avances modernos y la seductora tecnología que ha experimentado la industria automotriz nipona. Naturalmente, la venta de vehículos japoneses estaba supeditada a que se siguieran las normativas de seguridad sugerida por el gobierno de Estados Unidos, reglas que fueron aceptadas por los industriales asiáticos, principalmente la empresa Toyota poseedora de diseños automovilísticos de atracciones mundiales.
Como era lógico suponer, la entrada de las empresas automovilísticas asiáticas a Estados Unidos creó recelo entre sus competidores norteamericanos, pues sabían que estaban frente a empresarios exitosos y temían una reducción de sus ventas y un despojo de la clientela que por muchos años han preferido los vehículos de fabricación norteamericana. Vehículos de origen asiáticos marcas Toyota, Hundai, Mitsubishi, Nissan, Daihatsu, Susuki, y otros, circulaban por las calles de las ciudades estadounidenses sin problema hasta que en agosto de 2009, en San Diego, California, se produjo un accidente en el que murieron un policía que conducía un Lexus, marca del grupo Toyota, y tres miembros de su familia.
Se atribuyó el accidente a desperfectos técnicos del vehículo con los frenos. Esas muertes provocaron la repulsa de los ciudadanos norteamericanos, que encontraron apoyo en los medios de comunicación expertos en sensacionalismo y con mucha influencia sobre los lectores. Ahí se inició la pesadilla para la industria japonesa. En la próxima entrega veremos cómo se está manejando el conflicto.
2010-03-03 15:43:37