San Salvador, 10 ene (PL) La topografía de El Salvador, esculpida por la abundante sismicidad es un regalo para sus habitantes, y para quienes deciden conocer el país más pequeño de Centroamérica el Parque Nacional El Boquerón es una parada obligada.
En el Pulgarcito de América, como le llaman cariñosamente a esta nación por su extensión de solo 21 mil 41 kilómetros cuadrados, a cada paso es fácil encontrar un lugar de belleza singular.
Así te encuentras un lago, un volcán, un cerro, un bosque, aguas termales que fluyen desde el interior de la tierra, y a todo lo largo un océano bravo que también dibuja acantilados y playas propicias para diversos deportes.
A solo unos siete kilómetros de la ciudad de San Salvador, rige el volcán de igual nombre, también bautizado como El Boquerón, convertido en Parque Nacional desde el año 2008.
Los vetustos árboles, el olor de los cipreses, la fresca temperatura, el canto de las aves son una invitación a caminar por un sendero que te lleva al enorme cráter, de 1,5 kilómetros de diámetro y 558 metros de profundidad, de este gigante dormido.
Resulta llamativo otro pequeño cráter dentro del principal y que los habitantes de esta zona llaman Boqueroncito, en alusión a la abertura mayor.
En una especie de juego didáctico, varios carteles en un atajo conducen al impresionante cráter que se puede bordear, y al mismo tiempo otros rótulos enseñan detalles sobre la flora y fauna de esta área natural protegida donde sobresalen plantas ornamentales con flores como los cartuchos, hortensias, violetas y begonias.
También es posible avistar durante el recorrido aves como el colibrí, que forman parte de la vida silvestre también enriquecida por los armadillos, mapaches, venados, entre otros.
La última erupción del volcán de San Salvador fue el 7 de junio de 1917. Ese día el país fue sacudido primero por dos terremotos y luego por la erupción volcánica que dejó miles de muertos y cientos de damnificados.
Los lugares más afectados fueron Apopa, Nejapa, Quezaltepeque, Opico, Santa Tecla. San Salvador sufrió los mayores daños. Cuentan que de unas nueve mil casas que había en la ciudad capital, solo 200 quedaron intactas.
Antes de la erupción, también dicen, había una laguna en el cráter del Boquerón que campesinos de la zona atravesaban en cayucos, pero desapareció al evaporarse durante la erupción.
Tras el fenómeno quedó el pequeño Boqueroncito, un cono formado por materiales piroclásticos de 30 metros de altura y 120 de diámetro.
La explosión produjo un gran flujo de lava en el flanco noroeste que duró aproximadamente una semana y que formó la zona que hoy es conocida como «El Playón».
De acuerdo con estudios científicos, el volcán tiene cuatro fracturas por las cuales puede fluir lava sin descartar la posibilidad de que ocurran también por el cráter Boquerón.
Imágenes de satélite y fotografías aéreas indican que hace unos 30 mil años, el volcán alcanzó una altura crítica y presentó una fase eruptiva de gran explosividad que causó el colapso del cuarto superior del edificio volcánico.
Este suceso formó un cráter elíptico llamado caldera y los remanentes del antiguo edificio son los conos de acumulación llamados Picacho (mil 967metros) y Jabalí (mil 397 metros).
Los flujos lávicos emitidos en el pasado han recorrido distancias entre siete y ocho kilómetros que ocasionaron graves daños en las zonas invadidas.
Pese a la erupción de 1917, la población en la capital y ciudades aledañas se ha incrementado al tiempo que se desarrolla la infraestructura física y económica en las cercanías del volcán, incluso en sus flancos.
Mientras duerme el coloso, los visitantes admiran este diseño natural, enriquecido por un pequeño museo, alguna jardinería y sobre todo por la presencia de comerciantes de la zona que invitan a probar platillos típicos como el atol de elote, la pupusa, y otras delicadezas autóctonas.
2016-01-10 20:39:16