Internacional

Lágrimas y arrepentimientos por la invasión de EE.UU. a Panamá

Por Osvaldo Rodríguez Martínez

Panamá, 20 dic (PL) Un hombre de mediana edad agitaba esta mañana en solitario una bandera panameña en el Cementerio de Paz, en esta capital, frente al sepulcro de alguna víctima de la invasión estadounidense del 20 de diciembre de 1989.

La hilera de tarjas son pruebas de la masacre bajo el inverosímil bautizo de ‘Causa Justa’, que la mayoría lloró, pero que algunos celebraron. Las heridas abiertas entonces recibieron un alivio, cuando 29 años después, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) dio la razón a las víctimas.

En un fallo que ha tenido pobre difusión, el órgano adjunto a la Organización de Estados Americanos, resolvió ‘declarar admisibles las peticiones presentadas por los reclamantes’ el 10 de mayo de 1990.

La CIDH dictaminó: Estados Unidos es responsable por la violación de los artículos de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre relacionados con el ‘derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad e integridad de la persona, de protección a la infancia, a la propiedad y a la justicia’.

El fallo recomendó ‘reparar integralmente las violaciones de derechos humanos establecidas en el presente informe tanto en el aspecto material como inmaterial. El Estado (agresor) deberá adoptar las medidas de compensación económica y satisfacción’.

Oficialmente la CIDH no comunicó hasta el momento de su fallo al gobierno panameño, según la canciller Isabel de Saint Malo, única autoridad relevante de la actual administración que asistió este jueves al homenaje a los muertos.

Desde la masacre hasta la fecha, muchos claman por declarar Duelo Nacional este día; pero hasta ahora lo único logrado fue crear la Comisión 20 de diciembre para documentar lo ocurrido, que aún vaga entre especulaciones para magnificar o minimizar el artero ataque.

Estados Unidos intentó esconder las pruebas del ensañamiento en fosas comunes que comienzan a investigarse con pocos recursos y mucha voluntad; los archivos estadounidenses están guardados en algún secreto lugar del Pentágono, aunque dijo la embajada de ese país en Panamá, que los entregaría.

Familiares y amigos de las víctimas cuentan anécdotas vividas o difundidas por terceros de forma oral, con una visión parcial de los hechos; la historia documentada está aún por escribirse, tal vez por el desinterés manifiesto de quienes recibieron el poder de manos de las fuerzas militares estadounidenses.

De la invasión casi nada se habla en los medios de prensa, excepto cuando se acerca la fecha o en las pocas veces que algún tema relacionado es noticia: a los gringos -como les llaman acá- tratan de no ofenderlos removiendo historias, porque los gobiernos del patio se auto titulan ‘estrechos aliados’.

Duelo. Memorias de una Invasión, es un proyecto de periodistas, artistas y otros que aunados en el grupo Concolón, intentan llenar los vacíos de un tema para muchos considerado tabúes por la intimidación a evitar confrontaciones, pues no pocos protagonistas están vivos y ostentan poder.

Entre los crímenes de los rambos, la publicación digital extrajo la historia del Juantxu Rodríguez, fotógrafo español del diario madrileño El País, a quien sorprendió la invasión y sus películas conservadas aún muestran la masacre.

Maruja Torres, su colega testigo del aciago día, dejó en ese periódico constancia del suceso en la edición de las Américas del 6 de agosto de 2006, al contar que en las cercanías del hotel Marriott, la torreta de una tanqueta enfocó a un grupo de periodistas y disparó.

‘Le vi caminar hacia delante y caer, pero quise pensar que lo hacía para tomar una foto mejor. Era tan joven. En realidad, ya estaba muerto. Una bala le atravesó el ojo izquierdo y así murió, abrazadito a su cámara’, es la imagen que ella relató 17 años después, cuando confesó: ‘Esto es lo que recuerdo de Panamá. No lo que escribí.’

En una de las crónicas recogidas por Duelo, el panameño Xavier Ucar cuenta que su mamá le pidió gritar a las tropas invasoras thank you (gracias), mientras al oído, su tía Delia le susurró que se arrepentiría toda la vida de eso. Tenía apenas 12 años, ‘y sabes que sí, me arrepentí. Lo pienso y me da una vergüenza horrible.’

rgh/orm

2018-12-20 13:49:52