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La coronación de la reina Adriana

Barranquilla, Colombia, 25 jul (PL) La ceremonia de coronación de la puertorriqueña Adriana Díaz como la reina del tenis de mesa de los Juegos Centrocaribes Baranquilla-2018 cumplió con toda la liturgia de un drama en siete actos.

El trono estaba listo en unas de las salas del Centro de Eventos Puerta de Oro y solo un milagro podría birlar la diadema a la raquetista borinqueña, una fuera de serie que contaba por premios dorados sus tres actuaciones anteriores en la lid de los super reflejos.

Fiesta de colores en la antesala del estrado real. Muy negra la mesa sobre la que danzará la pelotita blanca, suelo rojo vino y azul el cercado del rectángulo dedicado a las protagonistas del duelo y sus jueces.

Paula Medina, 11 años y 26 kilos más que la número 34 del ranking mundial, sabe que podrá contar con el respaldo del ‘si se puede’ y el ‘vamos Colombia’ de sus seguidores, que por algo son anfitriones.

Pero la barra de la isla del Encanto parece más la dueña de la casa. Y al ‘En Barranquilla me quedo’, el himno musical que Joe Arroyo le dedicara a su ciudad adoptiva, le responden con un peculiar grito de guerra antillano: ‘yo soy boricua, pa que tú los sepas’.

Suena la imaginaria campana teatral y comienza la obra escrita para dos actrices, aspirantes a reina. Terminará en 45 minutos, pero ninguna de ellas lo sabe, ni parece interesarle.

En lo adelante solo importará la nívea pelotita y cuan duro sean capaces de pegarle, o cuan suave, como si la raqueta acariciara la esfera breve en algunos compases del juego-duelo.

Adriana va de azul, con una falda corta como las estrellas del otro tenis, y la coleta larga que forma su cabello puede aportarle ritmo al juego que en ocasiones se hace frenético.

La colombiana puede enorgullecerse de las trenzas afro que cantan su origen a todos los vientos de la rosa. Pantaloncito ajustado, y en la camiseta el amarillo que es símbolo del país de James Rodríguez, Caterine Ibargüen y Mariana Pajón. Y de Shakira y Sofía Vergara. Y del café, aunque el grano sea rojo.

La puertorriqueña muestra el número 228 en su dorsal, cuando la coleta deja apreciarlo, y la anfitriona el 206. Nimios detalles que tal vez solo le importen a quien pretende escribir una crónica de la coronación, porque los guarismos imprescindibles son los que el tablero electrónico irá mostrando en rojo y verde, indistintamente, según las pretendientes ocupen el lado izquierdo o derecho de la mesa color de la noche cerrada.

Entre el público hay una mujer cuya expresión facial es el retrato del sosiego. La procesión seguro va por dentro, como acostumbra. Es la madre de Adriana y de otras dos chicas que compitieron aquí y no pudieron llegar tan lejos como la niña prodigio del tenis de mesa latinoamericano.

Otra señora de garganta privilegiada impulsa la raqueta de la Medina, ‘!vamos Paula, tú puedes!, sobre todo en los juegos cuatro y cinco cuando la colombiana comience a soñar con una remontada épica.

Entre juegos y juego o en las contadas oportunidades que desde las esquinas solicitan tiempo técnico, las dueñas de la escena reciben consejos. Los de Paula son paternales. Allí está Vladimir, el jefe del clan Díaz, el hombre que en casa comenzó a preparar la alquimia de muchas medallas cuando las nenas aún no sabían leer.

En el pasillo a los pies de la grada los boricuas se roban el show la mayor parte del tiempo y su bandera monoestrellada del triángulo azul es la mejor prenda de la pasarela previa a la coronación.

La reseña puede apuntar un poco de todo, un séptimo tanto de Adriana en el tercer juego que parece sacado de una novela de Isaac Asimov o el ritmo contagioso de Gente de Zona poniéndole cortinas a los entreactos.

Paula está a las puertas de revertir el 0-3 que la minimizó en el arranque, y ahora a las dos aficiones las puede la ansiedad, aunque ahora los anfitriones también sacan a escena el pendón tricolor.

Máximo respeto por la lucha titánica de las raquetas que apachurran la pelotita. Cuando viene un saque el silencio puede cortarse en lascas. Las salsas y los reguetones tendrán que esperar su momento.

Sexto juego. Los empates van tejiendo una cadeneta. Adriana firma un 10-7 que debería ser definitorio, pero desperdicia tres puntos de campeonato. La cifra en verde y la cifra en rojo se empeñan en los abrazos. La boricua delante 13-12 y a Paula se le queda en la red la última bola del torneo.

Estallidos. De euforia o desencanto, pero estallidos. Y las dueñas de la escena rematan bolas hacia las piñas formadas por sus fans. Es la liturgia de la victoria y la derrota, abrazadas como antes estuvieron los guarismos electrónicos.

El drama fue escrito para siete actos. El último sobró. El trono ya está listo y la alfombra roja también. La princesa de 17 años Adriana de Utuado se ciñe el cetro, una raqueta aporreadora en lugar de bastón de mando.

Un largo reinado parece destinado a comenzar. La reina tal vez recuerde la primera pelotita que remató contra una pared de la casa familiar cuando el ping pong era un juego, como el de las muñecas y las casitas.

2018-07-25 15:07:11