Hablan del por qué de su régimen estricto cuando le enseñaban béisbol
sábado, 22 de agosto de 2015 – 12:00 AM (El Nuevo Dia)
Por Antolín Maldonado Ríos
En la residencia de Jorge y Tamara ya no vive su hijo, ex receptor de la última dinastía de los Yankees, pero sí está latente su historia de éxito a través de fotos y memorabilia. (Ramón «Tonito» Zayas)
Cuando los Yankees de Nueva York honren hoy al mediodía al puertorriqueño Jorge Posada retirando el número 20 que por 17 campañas lució en su espalda, y además incluyan su propia placa en Monument Park, el otrora receptor estará acompañado en ese recinto por grandes leyendas, pero más importante aún, por dos pilares que se sentirán orgullosos porque lo vieron crecer hasta convertirse en estrella.
A raíz del libro que Posada, hijo publicara hace unos meses (The Journey Home: My Life in Pinstripes) en que relata la manera, a veces tortuosa, en que su padre le enseñó béisbol, son ahora los progenitores del otrora catcher, Jorge Posada y Tamara Villeta, quienes relatan a El Nuevo Día cómo fue esa niñez del ganador de cinco anillos de Serie Mundial con los Yankees.
En su libro tu hijo deja claro que fuiste demasiado fuerte con él. ¿Te sientes satisfecho por lo logrado, a pesar de lo duro que fuiste con él?
Jorge Posada: Gracias a Dios él fue muy obediente. Casi nunca me dijo que no. La palabra sí en él, encuentro que fue la que le dio el triunfo en todo. Nunca le negó un trabajo a ningún coach o dirigente. Eso creo que lo ayudó. Yo le ponía las cosas en la mano porque yo viví una vida de deportes. Hice cinco deportes y cometí el error de ser bueno en todos, pero no estrella. En ninguno. Y no quería que eso le pasara a él.
Él era bueno en baloncesto y voleibol, y jugaba tenis. Le dije, «Jorge, tú vas a hacer dos deportes nada más: ciclismo y béisbol». Era buenísimo en ciclismo y estuvo en la selección de la Federación de Ciclismo para ir a Perú a unos juveniles. Entrenando en Piñones, yo le hacía dar 30 vueltas (en la bicicleta). Yo entrenaba con él y hubo un día que no pude ir. Pasando por la Panadería Kasalta lo asaltaron y por poco lo matan. Era un pedazo de madera con clavos. Le dejaron la cabeza llena de sangre, con huecos. Eso lo desligó del ciclismo. Me dijo, «papi, voy a jugar béisbol nada más». De ahí en adelante empezamos a trabajar. Compré una máquina de bateo aquí en casa. Con unas gomas (bandas) él hacía estiramiento con la verja. Todas esas cosas se las fui enseñando.
2015-08-22 08:18:43