Washington, 7 mar (PL) La Plaza Lafayette se mantiene hoy como un punto de encuentro donde los norteamericanos de la capital y diferentes estados del país llegan a realizar demandas, apoyar proyectos u oponerse a políticas gubernamentales.
Ese espacio, nombrado en honor al francés marqués de Lafayette, está ubicado justo frente al número 1600 de la avenida Pensilvania, en la cual se encuentra la Casa Blanca, de ahí que la mayoría de los eventos políticos y civiles lo tengan como escenario.
Cuando Prensa Latina encontró a Neil Cousins en la explanada no había en ese momento ninguna multitud o marcha que anunciara la exigencia de algún derecho o la condena de medidas consideradas arbitrarias, solo varios turistas interesados en tomarse fotos frente a la mansión presidencial.
Sin embargo, allí estaba este hombre de 63 años cargado de pancartas, con consignas que llamaban a resistir el fascismo, eliminar las armas nucleares o llevar la paz a Palestina.
‘Ahora un loco puede poner el dedo en el botón del maletín nuclear y apretarlo en cualquier momento’, manifestó para explicar su descontento con la llegada a la presidencia de Donald Trump, quien como todos sus antecesores tiene el poder de decidir sobre el uso de las armas nucleares estadounidenses.
Pero no fue la toma de posesión del mandatario republicano el pasado 20 de enero lo que lo motivó venir a este lugar, pues realiza sus paradas desde hace varios años como parte de una campaña contra la proliferación de armas nucleares.
Esa iniciativa nació en 1981 de la mano de William Thomas (1947-2009), un reconocido activista que se convirtió en parte indisoluble del paisaje de la plaza Lafayette junto a la inmigrante española Concepción Picciotto.
Tras la muerte de esta última en enero de 2016, Cousins declaró a la cadena NBC que él y otros manifestantes se habían organizado para reemplazarla en su vigilia, a fin de continuar con lo que se considera la protesta pacífica más larga en la historia de Estados Unidos.
Más de un año después, este hombre de Virginia, quien dice tener una vida y un trabajo normal, se mantiene fiel a su palabra. ‘Mi familia a veces se preocupa, pero ellos lo que deberían hacer es venir para acá conmigo’.
A medida que transcurre la plática, Cousins reparte recortes de noticias, plegables, y explicaciones sobre temas que, dice, son urgentes para todas las comunidades, no solo en su nación, sino en otras partes del mundo.
Por eso los murales de madera plantados en la vigilia permanente muestran una lista de los países del orbe donde existen zonas de conflicto en la actualidad.
Iraq, Siria, Afganistán, Yemen, Sudán, Somalia, Etiopía, Libia, Congo y Ucrania son algunos de los nombres que señala Cousins para ratificar que es necesaria la acción que él y otros activistas protagonizan casi a diario frente a la presidencia norteamericana.
Algunas veces las personas se acercan y preguntan por qué estamos aquí. Nosotros queremos promover la paz alrededor del mundo, no queremos que los gobiernos y las corporaciones vendan armas que solo causan destrucción, indicó.
Preguntado sobre el reciente anuncio de Trump de que promoverá un gran aumento de los gastos militares, consideró que esa acción significa tomar dinero de las escuelas, hospitales y personas de bajos recursos para ayudar a billonarios a hacer más fortuna con el comercio de armamento.
Aunque él no lleva décadas participando en este tipo de manifestaciones, recuerda que su activismo comenzó en la década del 60 del pasado siglo, durante las protestas contra la guerra en Vietnam.
Varios años atrás, cuando decidió unirse a la vigilia, lo hizo convencido de que el silencio no era la respuesta ante los problemas que siguen afectando al planeta, y por eso mismo no duda en unirse a algunas de las movilizaciones que suelen plantarse ante la Casa Blanca.
Con la premisa de que la guerra no es la solución, y carteles que condenan desde las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki hasta la ocupación de Palestina en la actualidad, Cousins defiende su postura quijotesca de enfrentarse a los molinos de la política y el poder.
Seguramente él y sus compañeros saben que, tras tantos años de activismo, no van a cambiar sustancialmente la realidad que condenan.
Pero cuando algunos de los tantos caminantes que pasan por el lugar se interesan y sensibilizan por uno de los temas que defienden, quizás esa sea también una recompensa por la que creen que vale la pena continuar la lucha.
2017-03-07 12:57:39