{"id":309406,"date":"2021-11-19T20:55:43","date_gmt":"2021-11-20T00:55:43","guid":{"rendered":"http:\/\/diariodominicano.com\/?p=309406"},"modified":"2021-11-19T20:58:58","modified_gmt":"2021-11-20T00:58:58","slug":"la-muerte-de-mon-caceres","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/diariodominicano.com\/?p=309406","title":{"rendered":"LA MUERTE DE MON C\u00c1CERES\u2026"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>Por : Farid Kur<\/strong>y<\/p>\n\n\n\n<p>Aquel 19 de noviembre de 1911, Ram\u00f3n C\u00e1ceres, alias Mon, el matador del dictador Ulises Heureaux, que ascendi\u00f3 al poder en 1905 tras la huida vergonzosa del presidente Carlos Morales Languasco, abandon\u00f3 la cama bien tempranito como siempre.<\/p>\n\n\n\n<p>Se levant\u00f3 de buen humor, y con sus brazos fuertes abraz\u00f3 a su querida esposa, Do\u00f1a Sisa, con quien hab\u00eda procreado la respetable cifra de once hijos, uno de los cuales hab\u00eda sido apenas tres meses atr\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero ni \u00e9l ni Do\u00f1a Sisa ni ning\u00fan miembro de su familia pod\u00edan siquiera sospechar que ese ser\u00eda su \u00faltimo d\u00eda en esta tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>El pa\u00eds estaba en calma, aunque en la sombra ven\u00eda gest\u00e1ndose desde hac\u00eda d\u00edas, tal vez semanas, un movimiento conspirativo, tendente no s\u00f3lo a derrocarlo, sino inclusive a asesinarlo si fuese necesario. Pero en aquel momento nadie era capaz de prever que esa calma era s\u00f3lo el preludio del caos, del desorden y de las guerras civiles m\u00e1s intensas de toda nuestra historia, que azotar\u00edan el pa\u00eds con el asesinato del presidente Mon.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-full\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"222\" height=\"227\" src=\"https:\/\/diariodominicano.com\/wp-content\/uploads\/2021\/11\/Ramon-Mon-Caceres-2.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-309445\"\/><\/figure>\n\n\n\n<p>Ese d\u00eda al levantarse no hizo nada diferente a lo habitual. Despu\u00e9s de desayunar empez\u00f3 a jugar con los ni\u00f1os. Luego dedic\u00f3 tiempo a las visitas. Una de las personas que recibi\u00f3 fue a Luis Felipe Vidal, que estuvo all\u00ed para manifestarle su apoyo y su afecto, aunque horas m\u00e1s tarde, s\u00f3lo algunas horas, ese mismo personaje estar\u00eda junto a los conspiradores que matar\u00edan al presidente.<\/p>\n\n\n\n<p>Al terminar de recibir las visitas, Mon se dio el lujo de jugar varias manos de billar, y seg\u00fan los presentes, manifest\u00f3 reiteradamente su complacencia por las muestras de adhesi\u00f3n expresadas a viva voz por Luis Felipe, sin imaginar nunca que las mismas no eran sinceras.<\/p>\n\n\n\n<p>A eso de la doce, Do\u00f1a Sisa le llam\u00f3 para la mesa de almuerzo. Acompa\u00f1ado de su familia y de algunos amigos \u00edntimos almorz\u00f3 con deleite, aunque con frugalidad, sin que en ning\u00fan momento dejara de conversar animadamente y de bromear y re\u00edr. Definitivamente, el presidente estaba gozoso y feliz.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s, a la una, se retir\u00f3 a sus habitaciones a dormir la siesta dominguera, costumbre que no violaba por nada del mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando se levant\u00f3, tras tres horas de sue\u00f1o ininterumpido, se ba\u00f1\u00f3 y se visti\u00f3 con pantal\u00f3n y chaleco blanco y saco oscuro.<\/p>\n\n\n\n<p>Busc\u00f3 su rev\u00f3lver 38 que portada siempre desde que aquel 26 de julio de 1899 matara con \u00e9l en Moca a Lil\u00eds.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00f3lo le faltaba su sombrero de Panam\u00e1 que nunca dejaba de usarlo las tardes de los domingos. Lo procur\u00f3 y cubri\u00f3 con \u00e9l su ancha cabeza. Ya estaba preparado, totalmente preparado, para el paseo dominguero.<\/p>\n\n\n\n<p>Minutos despu\u00e9s llam\u00f3 a su ayudante militar, el coronel Ram\u00f3n A. P\u00e9rez, apodado Chip\u00ed, y le orden\u00f3 instruir al cochero Jos\u00e9 Mangual, alias Cachero, a preparar la \u00abVictoria presidencial\u00bb, es decir, el coche de los paseos vespertinos de los domingos.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya todo listo para salir, bes\u00f3 con ternura a Sisa y a su hija, la reci\u00e9n nacida, y se mont\u00f3 en el coche para pasear en la ciudad de los Colones y sin saber que marchaba inexorablemente hacia la muerte.<br>Mon acomod\u00f3 su corpulento cuerpo en el carruaje, adornado a ambos lados con el escudo nacional.<\/p>\n\n\n\n<p>El coche presidencial avanza hacia el oeste de la ciudad, y a su paso recibe los saludos de los escasos transe\u00fantes que no dejaban de comentar el hecho del presidente andar pr\u00e1cticamente s\u00f3lo. Llega al Parque Independencia, el mismo donde hoy yacen los restos de los padres fundadores de la Rep\u00fablica, y all\u00ed es saludado con respeto, a todos los cuales responde levantando la mano derecha.<\/p>\n\n\n\n<p>Minutos despu\u00e9s, ya en las mediaciones del cementerio, dos de sus mejores amigos, Francisco J. Peynado y Juan Bautista Vicini Burgos, ambos de mucha influencia econ\u00f3mica y pol\u00edtica, lo saludan desde otro coche, y a modo si se quiere de admiraci\u00f3n, o tal vez, tambi\u00e9n de discreta advertencia, Don Pancho le dice: \u00ab\u00a1 Que bonito ! Un presidente paseando sin escolta\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El presidente se r\u00ede y les responde: \u00abAdi\u00f3s vagabundos\u00bb. Prosigue su paseo y se detiene en la residencia de otro viejo amigo, Juan de la Cruz Alfonseca. La esposa de Juan, do\u00f1a Teolinda Castillo, al verlo llegar s\u00f3lo con un ayudante y el cochero, con esa premonici\u00f3n que caracteriza al dominicano, antes siquiera de saludarlo le advirti\u00f3: \u00abMon, d\u00e9jate de estar andando sin escolta, que en este pa\u00eds hay mucha gente mala\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En la casa de Juan apenas permanece minutos. Contin\u00faa su marcha y su avance hacia la muerte. Pasa frente a la estancia grandiosa de Pedro Mar\u00edn. Ah\u00ed observa entre las matas de mango un grupo de hombres que \u00e9l sabe que le son hostiles movi\u00e9ndose de una manera extra\u00f1a. Observa que est\u00e1n armados y bebiendo aguardiente. Se apodera de \u00e9l un presentimiento de que algo anormal est\u00e1 ocurriendo, pero nunca piensa que est\u00e1n esper\u00e1ndolo para matarlo. De todas maneras, se le ocurre llamar por tel\u00e9fono a la prevenci\u00f3n para que manden patrulla a ver lo que pudiera estar pasando con esos hombres. M\u00e1s vale precaver que lamentar, piensa.<\/p>\n\n\n\n<p>Avanza un poco m\u00e1s y llega a la casa del banquero Santiago Michelena, la misma casa donde posteriormente vivir\u00eda Trujillo y donde hoy funciona la Canciller\u00eda de la Rep\u00fablica.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiere llamar por tel\u00e9fono desde esa casa, pero las cosas del destino son muchas veces extra\u00f1as. Resulta que en la casa no est\u00e1 Don Santiago y su esposa se estaba ba\u00f1ando.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces, respetuoso de no entrar en la casa en ausencia del marido, le ordena a Cachero regresar a la capital. El cochero obedece e inicia el regreso, pero estaba escrito que Mon nunca m\u00e1s pisar\u00eda La Primada de Am\u00e9rica vivo.<\/p>\n\n\n\n<p>Tan pronto avanzan un poco observan desde lejos un coche y un autom\u00f3vil entorpeciendo el camino.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero a\u00fan as\u00ed ninguno de los tres, ni siquiera Mon, un hombre de mil batallas, piensan en el inminente peligro de la emboscada en la que entraban.<\/p>\n\n\n\n<p>El coronel P\u00e9rez, lo \u00fanico que atina a decirle a Cachero es: \u00abT\u00f3cales la campana, Cachero, para que dejen paso libre\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Cachero toca la campana, pero en vez de abrir paso, los hombres salen de los matorrales de la casa de Pedro Mar\u00edn, y desafiantes gritan: \u00abAlto ah\u00ed, carajo, r\u00edndanse y consid\u00e9rense presos\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El grupo de asesinos lo encabeza Luis Tejera, el hijo de Emiliano Tejera, Canciller del gobierno de Mon. El coronel salta del coche y dispara su arma contra el grupo, mientras Cachero fustiga la yegua para acelerar la marcha y abrir paso entre los atacantes. Pero \u00e9stos estaban precavidos y dispuestos.<\/p>\n\n\n\n<p>Varios de ellos apuntan sus rev\u00f3lveres a Mon, y sin pensar en las consecuencias, le disparan. Varios disparos lo alcanzan. El presidente se derrumba en el asiento manando sangre del pecho. Est\u00e1 mal herido y fuera de combate, y \u00e9l, que no es tonto, presiente la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>El coronel, falto de valor, se queda lejos del presidente, escondido detr\u00e1s de unos \u00e1rboles. Pero tres miembros de la Guardia Republicana, la temible Guardia de Mon, que estaban cerca, corren al lugar de los hechos y descargan sus carabinas sobre los asesinos.<\/p>\n\n\n\n<p>El jefe del grupo, Luis Tejera, cae herido de gravedad. Cachero, a diferencia del coronel, da la cara y reparte latigazos. En tanto, Mon, a pesar de su precaria situaci\u00f3n, trata de sacar su rev\u00f3lver, pero no puede.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces le pide a Cachero el suyo, y con \u00e9l apenas puede hacer dos disparos. Cachero trata de abrirse paso violentamente, pero dos ruedas de la Victoria se atascan en una zanja y se vuelcan. Mon, el presidente Mon, con su cuerpo pesado, cae al suelo. Cachero, su leal cochero, corre hacia \u00e9l despreciando las balas que a\u00fan disparan algunos atacantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo ayuda a levantarse y con dificultades enormes lo sostiene por el tronco y lo encamina a la residencia de su amigo Francisco J. Peynado, el mismo que hab\u00eda saludado apenas una hora antes y se hab\u00eda extra\u00f1ado de que el presidente anduviera sin escolta. A Mon le es imposible subir las escalinatas de la casa, y de nuevo cae al suelo en estado ag\u00f3nico.<\/p>\n\n\n\n<p>Los asesinos no dan tregua, lo persiguen para rematarlo. En eso, la esposa y la madre de Peynado, desafiando el peligro, bajan a su encuentro para auxiliarlo. Es entonces cuando los asesinos, ante el fuego de las carabinas de los tres miembros de la Guardia Republicana, y de las en\u00e9rgicas reprimendas de las mujeres, retroceden, conscientes de que ya han cumplido con la misi\u00f3n de asesinar al presidente. Y efectivamente, Mon estaba a un segundo de la muerte, de d\u00f3nde nadie regresa.<\/p>\n\n\n\n<p>Tiene cinco heridas, una en el cuello, otra en el pecho, otra en un hombro, otra en la mano derecha y otra en un muslo. Imposible salvarse.<\/p>\n\n\n\n<p>Trata de decir algo. Do\u00f1a Carmen Gonz\u00e1lez de Peynado acerca su o\u00eddo y s\u00f3lo le oye con mucho trabajo balbucir:<br>\u00abMi madre; mi madre\u00bb. Fueron \u00e9stas las \u00faltimas palabras de Mon C\u00e1ceres, el presidente que hab\u00eda pacificado el pa\u00eds y lo estaba enrumbando por el camino de la estabilidad y el progreso.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Su muerte fue una verdadera tragedia para el pueblo dominicano.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Juan Bosch, El Maestro, en un art\u00edculo publicado 24 a\u00f1os despu\u00e9s de ese magnicidio escribi\u00f3: \u00abA Lil\u00eds se le pudo matar y salir glorificado del asesinato: Lil\u00eds gobernaba por el s\u00f3lo placer de gobernar; a C\u00e1ceres no se le debi\u00f3 matar nunca. todav\u00eda se resiente el pa\u00eds de aquella tragedia.<\/p>\n\n\n\n<p>Duele en el coraz\u00f3n dominicano pensar d\u00f3nde estar\u00edamos hoy si el vigoroso capit\u00e1n mocano hubiere llenado su ambici\u00f3n de progreso.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero m\u00e1s a\u00fan duelen los a\u00f1os tr\u00e1gicos que se desencadenaron sobre el cad\u00e1ver de aquel hombre. El bienio de los Victoria cost\u00f3 al pa\u00eds m\u00e1s sangre, m\u00e1s l\u00e1grimas y m\u00e1s dolor, que cualquiera epopeya libertadora de los pueblos vecinos<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por : Farid Kury Aquel 19 de noviembre de 1911, Ram\u00f3n C\u00e1ceres, alias Mon, el matador del dictador Ulises Heureaux, que ascendi\u00f3 al poder en 1905 tras la huida vergonzosa del presidente Carlos Morales Languasco, abandon\u00f3 la cama bien tempranito como siempre. 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