Por Pedro Caba

Una sociedad que ha vivido tanto tiempo bajo el influjo del caudillismo político puede ser presa fácil del intento que se opera en estos momentos por rescatar prácticas paternalistas y estatistas desde la administración pública que creíamos superadas.

Eso, y no otra cosa, es lo que reflejan los movimientos que se pretenden estructurar para retrotraer al país a la situación anterior a los pactos de libre comercio con Centroamérica y Estados Unidos (CAFTA-RD) y de Asociación Económica con la Unión Europea, y del establecimiento del Sistema Dominicano de Seguridad Social.

En efecto. Gremios de empresarios manufactureros lo mismo que de productores agropecuarios, ahora respaldados por legisladores de ambas cámaras que buscan el patrocinio de causas grandes acomodadas a su visión estatista (en lo que coinciden los de raíces de izquierda y de derecha), proclaman la necesidad de dejar sin efecto los acuerdos de libre comercio. El mercado nacional, para el productor nativo, proclaman.

No debe asombrar que los profesionales de la medicina imbuidos por el mismo pensamiento ideológico, tales como el ministro de Salud Pública y el presidente del Colegio Médico Dominicano, coincidan en tiempo y espacio, con aquellos y en el décimo aniversario de la Ley que crea el SDSS, reclamen la revisión de la misma y la erradicación de la intermediación en la prestación de servicios de las aseguradoras o ARS.

Para nada reparan en los extraordinarios avances que se han producido en la producción manufacturera, en particular también en la producción agropecuaria, inficionados ambos sectores por la "amenaza" que significa abrir el mercado nacional a la competencia de similares provenientes de otras naciones de igual desarrollo relativo, como las centroamericanas, o avanzadas como Estados Unidos y la Unión Europea.

Los que negociaron los acuerdos de libre comercio, enmarañados fajos documentales sólo entendibles por expertos, deben explicarles a productores del campo y de la ciudad que las claúsulas de "salvaguarda" son tantas para los países menos desarrollados, que nunca estarán en peligro real de desaparecer sectores básicos alimenticios, y que las llamadas aperturas totales comenzarán a ser tales del 2025 en adelante.

Se olvida que grupos manufactureros que competían sin expectativas de crecimiento, pues dependían de un mercado pequeño y además protegido por incentivos estatales y cierre del mercado nacional, los cuales se dedicaron a oligopolizar el mercado con mercancías de baja calidad y precios altos, descubrieron la fórmula de la alianza y adquirieron la perspectiva exportadora hacia mercados vecinos o de gran tamaño como los norteamericanos y europeos.

Mercasid y muchas otras fusiones, la reingeniería de la asociación Philip Morris-León Jiménes, la diversificación del mercado de los derivados del petróleo, la diversificación de negocios del Grupo Vicini, las asociaciones de los grandes consorcios constructores con inversionistas extranjeros forman parte de esos movimientos, los cuales se adelantaron a la necesidad de elevar la competitividad, aunque falte mucho por hacer. Estos son ejemplos escogidos al azar en el área manufacturera y de otras actividades.

La estructura de producción del campo se ha transformado. Los arroceros han nivelado con láser más de 700 mil tareas arroceras (la mitad de las tradicionales), mejorado las semillas, y desde enero del 2005 cuando entró en vigencia el CAFTA-RD, recuperamos la autosuficiencia en el cereal. Ya las parvadas de pollos de engorde no hay que esperarlos hasta 49 días para llevarlos a 4.5 libras por unidad, sino que se consiguen en 39 y hasta 37 días. Ya no son 240 mil metros cuadrados de invernaderos los que existen, sino más de 5 millones de metros cuadrados, y quizá este año o el próximo alcancemos los US$50 millones de exportaciones de sus cosechas. Descubrimos que nuestras pequeñas unidades productivas tradicionales de cacao, café, guineos y otros rubros tienen la ventaja comparativa de que nunca usaron fertilizantes y yerbicidas ¡son orgánicas por naturaleza!, instalando al país como principal exportador mundial. Y los ejemplos pueden repetirse con otros rubros, aunque nos falte encontrar la fórmula de garantizar al productor lechero aprovechar la condición de país esencialmente ganadero que somos.

En el año 2001, cuando se promulga la Ley que crea el SDSS sólo un 7% de la población tenía seguro médico. Ahora lo tiene el 46%, casi la mitad de la población. Los potenciales pensionistas públicos y privados no llegaban a 100 mil, ahora superan los 2 millones 220 mil. Después de 46 años operando sin competencia real del sector público, las aseguradoras de salud y de vida que creó mayormente el sector financiero como extensión de sus negocios, se ajustó al nuevo sistema mediante las ARS y los fondos de pensiones, aportando la experiencia de intermediación y administración de recursos pensionales nada despreciables que acumularon por generaciones, y sirviendo de instrumento al Estado para regular servicios como los de la prestación de salud y pensionales que profesionales de la medicina y prestadoras de servicios clínicos, lo mismo que aseguradoras de vida, servían a precios medalaganarios. El Estado, como debe de ser, tiene que cargar con la responsabilidad de subsidiar servicios de salud a los trabajadores y empleados que consumieron sus fuerzas de trabajo sin ninguna protección o que nunca llegaron a una fuente de empleo.

El paternalismo que ahora se propugna, que se traduce en la intención de cargar al Estado el pesado fardo de la atención en salud, es la aspiración de profesionales liberales de la medicina que especularon a sus anchas o de políticos que ven reducidos su campo de acción y visión estatista y faraónica. Por eso es que ha dado tanta brega lo que consigna el SDSS de facilitar la atención primaria y descentralizar la red hospitalaria estatal en procura de su autogestión y suficiencia, además de razonable competencia con el sector privado prestador de servicios.

Ninguna de las grandes fuerzas políticas de la primera línea que se involucraron en la decisión de los acuerdos de libre comercio y en la creación del SDSS deben llamarse a engaños, ahora que entramos de lleno en la campaña electoral para el 2012.

Lo que se pretende es embaucarlas, hacerles creer que con ello ganan votos o maduran con carburo nuevos liderazgos. Lo que se quiere es retrotraernos al pasado. Desandar los caminos del progreso y la competitividad de una nación que, como la nuestra, cada vez más avanza hacia el primer mundo.