Desastre sin Retorno

Por: Carlos R. Alvarado Grimán
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Encontrarse en la primera fila de un evento electoral, brinda la oportunidad única, para vivenciar vicios de la vieja política, vigentes y repotenciados en la llamada Quinta República.  El clientelismo es uno de esos vicios detestables de la política, cuyo origen se remonta a los tiempos del imperio romano, el cual contribuyó a  su decadencia. El DRAE lo define como un "sistema de protección y amparo con que los poderosos, patrocinan a quienes se acogen a ellos a cambio de su sumisión y de sus servicios". Las fuentes de financiamiento del clientelismo, se derivan de la corrupción administrativa del Estado.

En las relaciones clientelares juegan papel importante los llamados "operadores políticos". Estos personajes son los encargados de mantener los vínculos entre los poderosos y los cacicazgos de las barriadas populares. Sus tareas consisten en: organizar y reclutar miembros de las comunidades para movilizarlos en los actos de masas, adiestrarlos para que voten por una determinada parcialidad política y finalmente conducirlos a los eventos electorales, usando como atractivo: dinero, bolsas de comida y otorgamiento de favores personales. El clientelismo es para los habitantes de los barrios pobres una forma de vida, que les permite subsistir el día a día, esclavizándose por un dinero que en justicia siempre les ha correspondido.  En la llamada "revolución bolivariana" el clientelismo se ha extendido hasta límites impensables. Los extraordinarios recursos derivados de la renta petrolera y el llamado Para-Estado, ha permitido la formación de una inmensa red clientelar jamás vista, que ha servido para el mantenimiento de las cúpulas bolivarianas en el poder.

El mejoramiento sustentado en la calidad de vida en los sectores populares atenta contra el clientelismo, pues le arrebata sus herramientas básicas de trabajo, pues éste se alimenta del estado de necesidad y de la precariedad en las condiciones de vida de los más pobres.  Los políticos, por lo general muy afectos a los clichés, repiten hasta el cansancio que "el pueblo ha aprendido, que conoce y reclama  sus derechos".

No obstante, la realidad en las barriadas es distinta.  El pueblo continúa siendo objeto de manipulaciones y se les sigue negando sus derechos a una vida mejor. En esa constante lucha por la subsistencia, las masas y los operadores políticos en cada evento electoral, han venido arrastrando a la sociedad venezolana hasta el abismo en el cual se encuentra. Sin retorno y hacia el desastre total.