LA GRAVE CRISIS DE HAITI

Mario Rivadulla

Recordar que todo lo que de grave pueda ocurrir al otro lado de la frontera refleja inevitablemente del lado nuestro es verdad sobradamente sabida. Algo así como llover sobre mojado.

Por eso tiene que mover a justificada preocupación la crítica situación por la que esta atravesando en estos momentos el pueblo vecino, la cual

tiende a agudizarse cada vez más sin que se avizore una posible salida incruenta.

El persistente reclamo exigiendo la renuncia al cargo del presidente Juvenel Moise aumenta de día en día, y se manifiesta en las calles de

Puerto Príncipe y otras localidades de Haití cada vez con mayor virulencia, agravada por los desmanes y el vandalismo de enfurecidas

masas con escaso o ningún margen para una solución negociada.

Electo con el voto de apenas un nueve por ciento de la matrícula de electores, el gobierno de Moise, carente de auténtico respaldo popular, se

muestra tambaleante, en precario e incapaz de superar el cerco a que se encuentra sometido. Su llamado a frenar las violentas manifestaciones

de protesta y a entablar un diálogo, no han encontrado eco.

Inicialmente la crisis política fue desatada semanas atrás por el

escándalo de la desaparición de los fondos de PETROCARIBE,

presuntamente apropiados por una docena de miembros de su gobierno

así como de ex ministros de su antecesor y mentor Michel Martelly. La

suma involucrada se hace ascender a más de 2 mil 300 millones de

dólares. Tanto Martelly como el propio Moise han sido acusados de

participar en el desenfrenado festival de corrupción.

La desaparición del programa de PETROCARIBE, y consiguiente escasez

de combustible, sumado al continuo decrecimiento de la empobrecida

economía haitiana que mantiene el país paralizado, no ha hecho más

que agravar la situación política y aumentar la presión sobre Moise,

cuya resistencia a abandonar el cargo se sustenta sobre bases muy

endebles y con nulas probabilidades de sobrevivencia.

La comunidad internacional por su parte muestra mayor fatiga e

indiferencia para intervenir y acudir por nueva vez como intermediaria

para buscar una salida a una situación que en el caso de Haití es

recurrente, y cuyas clases dirigentes dan pocas muestras de disponer de

la voluntad política requerida para tratar de resolver pacíficamente sus

diferencias, intereses y ambiciones de seguir esquilmando los restos del

país más miserioso del continente.

Todo apunta por consiguiente al posible desplome de la precaria

gobernabilidad que prevalece en Haití, desde mucho antes arrastrando

la condición de estado fallido, que cada vez presenta mayores

características de tal, sumido en una interminable crisis con cada vez

menos perspectivas de superación.

Ante tan preocupante situación y penosas perspectivas no queda más

remedio que mantenernos en estado de continua alerta. Tal como

recordamos antes todo lo que ocurre en el terreno de nuestro obligado

vecino, se refleja en el nuestro y no precisamente en forma positiva.

Por lo pronto, la drástica reducción del mercado binacional, y de igual

modo nuestras exportaciones que permiten suplir gran parte de las

necesidades elementales del lado haitiano. Por el otro, la presión

migratoria ilegal sobre la frontera de un conglomerado humano

hambriento, temeroso, angustiado y carente de todo horizonte de

esperanza en su propio depredado territorio no encuentra más vías de

escape que tratar de cruzar para este lado de la isla a como de lugar, lo

que nos impone mantener un nutrido y costoso operativo militar de

vigilancia para defender nuestra integridad territorial.

Una situación en extremo preocupante a la que no podemos perderle ni

pie ni pisada.