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Mario Rivadulla

Al margen de las incidencias políticas que por lo general absorben tanto la mayor parte del interés de los medios de prensa como de las redes sociales, no podemos dejar de lado situaciones que nos afectan y que requieren un mayor nivel de atención de las autoridades pero también de compromiso por parte de la ciudadanía, que en definitiva es la directamente afectada.

Lo primero es la epidemia de dengue. Una enfermedad endémica de la que somos reiterado reos. Cierto que a Salud Pública le compete llevar la voz cantante en las labores de prevención tanto como de atención a los miles de casos que inundan los hospitales, con hasta ahora la cifra oficial de doce muertos por causa de la enfermedad. Pero toca a la gente hacer su parte.

Limpiar con cloro los bordes de los recipientes donde se almacena agua, que es donde el vector se reproduce y taparlos de forma hermética es tarea que nos corresponde a cada uno de las potenciales víctimas del dengue para evitar llegar a serlo, y que podemos hacer por nuestra propia iniciativa sin necesidad de esperar cruzados de brazos a que aparezcan el personal y los voluntarios reclutados por las autoridades sanitarias para llevar a cabo una jornada masiva de eliminación de los focos de reproducción del mosquito transmisor.

Lo mismo ocurre con la basura. ¡Con cuanta frecuencia y aire molesto decimos que la ciudad, la capital o cualquier otra, está anegada en basura¡ Pero sagazmente obviamos o nos olvidamos de reconocer que esa basura no cae del cielo como el maná bíblico sino que la producimos nosotros mismos. ¡Con cuanta frecuencia y descuido también arrojamos a las vías públicas todo tipo de desperdicios, desde papeles inservibles y envases de plástico, hasta botellas y cáscaras de guineo¡ Es la misma basura que cuando llueve es llevada por el exceso de agua hasta tapar los desagües.

Que necesitamos y merecemos una ciudad limpieza, cierto. Que es preciso que el servicio de recogida de basura se preste de manera eficiente, también lo es. Pero no lo es menos que si hacemos un uso adecuado de los desperdicios en vez de lanzarlos en calles y aceras, nuestras ciudades lucirían más limpias, o al menos mucho menos sucias.

Vayamos al agua. De nuevo el déficit de agua para abastecer los tres millones y medio de habitantes del Gran Santo Domingo alcanza a entre 70 y 77 millones de galones del preciado líquido. El faltante nos da una media de alrededor de veinte galones por habitantes. Pero la carestía no corre pareja. Hay sectores donde no falta el agua, o lo siente en mucho menor medida que otros barrios donde la gente se ve obligada a cargar baldes y llenar recipientes para cubrir en lo posible las necesidades básicas de higiene y cocido de alimentos hasta por varios días.

Es una razón de más para que, sobre todo en los sectores donde no escasea o lo hace en mínima medida, seamos más ahorrativos y solidarios evitando el desperdicio por descuido o desaprensión. Tenemos que adquirir sentido de la importancia del agua, un recurso vital de vida cuya existencia se ha ido reduciendo en el planeta por nuestra propia irresponsabilidad al destruir las fuentes acuíferas al tiempo que en la medida que crece la población, ya somos unos siete mil millones de seres humanos que poblamos la tierra, aumentan las necesidades de consumo.

Son responsabilidades que podemos, debemos y nos corresponde asumir y que nos atañen directamente en la medida que seremos los beneficiados o los perjudicados según el caso, a la par de reclamar que las autoridades cumplan con sus responsabilidades, y aún en el caso y con mayor razón de que no lo hagan.

No podemos dejarlo todo en manos de los gobiernos, ni limitarnos a denunciarlos y a quejarnos cuando no lo hagan. Y sentarnos quejosos a esperar cuatro años con los brazos cruzados para castigar su desidia o indiferencia con el voto es demasiado tiempo.

Mientras llega el momento de hacerlo tenemos que convertirnos en ciudadanos empoderados por nuestro propio bien.