Por Narciso Isa Conde

Sobre la dictadura de clase se monta una dictadura política.

No se trata de una tiranía, ni de una dictadura militar o cívico-militar tradicional.

No es un régimen que aplasta todas las libertades, porque carece de esa posibilidad.

Es una dictadura constitucional disfrazada de democracia.

Me parece útil dar a conocer el devenir del modelo neoliberal y de las instituciones de la llamada democracia representativa, donde la cultura caudillista-autoritaria conserva una enorme influencia, contaminando todo el sistema de partidos y el ejerció de la política.

Pienso, por lo que conozco, que el tema NO es de la exclusividad del país donde habito y actuó, sino que hay expresiones parecidas en una parte de la naciones del continente y del mundo, merecedoras de análisis comparativos y respuestas parecidas a los graves problemas que genera esta modalidad de las llamadas dictadura blandas, diferente, aunque con algunos componentes parecidos, a las de las dictaduras duras y las tiranías.

Es común que a un capitalismo dependiente, neoliberal y altamente gansterizado le corresponda una dictadura de clase a tono con su esencia derivada de las restructuraciones propias de la denominada era neoliberal o neo-conservadora.

· LA DICTADURA DE CLASE EN DOMINICANA.

Aquí esto se traduce en que la preeminente lumpen burguesía transnacional de estos tiempos se amalgama con una lumpen burguesía nativa subordinada a ella.

En ambas vertientes de ese poder (o dictadura de clase) predomina el parasitismo, la usura, la especulación y la acumulación de riquezas vía sobre-explotación, corrupción, saqueo y depredación.

La vieja burguesía se lumpeniza y la nueva nace lumpen, generalmente a través de la conversión de políticos mafiosos en empresarios o socios de empresarios.

El poder de clase es en sí mismo negador de democracia y fomentador de desigualdades abismales.

Es un poder altamente concentrado, integrado por monopolios y oligopolios propios de países capitalista de "desarrollo medio" con elevada gravitación sobre el Estado. Un poder de de especies de asociaciones delictivas estatales-privadas que ocupan la punta de la pirámide social.

· LA DICTADURA POLÍTICA.

Sobre la dictadura de clase se monta una dictadura política.

No se trata de una tiranía, ni de una dictadura militar o cívico-militar tradicional.

No es un régimen que aplasta todas las libertades, porque carece de esa posibilidad.

Es una dictadura constitucional disfrazada de democracia, en la que todas las instituciones, electas o no, están controladas desde un centro que se llama Presidencia de la República o Poder Ejecutivo, no importa quién sea el titular, y no siempre es el mismo.

Esa dictadura institucionalizada crea y reproduce un mecanismo de corrupción protegido por un régimen de impunidad que se engendra en el sistema policial, el ministerio público y el poder judicial.

Ese mecanismo y ese régimen operan mancomunadamente a todos los niveles, a todas las alturas y en todas las dimensiones y volúmenes de los delitos de Estado. Grandes, medianos, pequeños y pequeñitos.

Quien tiene dinero, influencia o conexiones políticas, empresariales o militares está libre de condenas duraderas.

Una gran parte de los funcionarios, (altos, medianos y chiquitos) entran a formar parte de ese mecanismo perverso.

Las instituciones civiles y militares son los escenarios donde se despliegan esa maquinaria, mientras el sistema de partido y el capital privado gansterizados son sus gestores y beneficiarios.

· EL PODER DOMINANTE COMO SUMA Y SUS MODALIDADES DE CONTINUISMO.

El poder dominante es la suma y mezcla de esos factores.

El sistema de partidos opera dentro de un escenario controlado por componentes de esas dos dictaduras combinadas, con preeminencia de una u otra de sus grandes facciones políticas y empresariales.

Las mayores ventajas generalmente las tiene quien controla el Poder Ejecutivo y la cúpula del partido de gobierno, generalmente trasformado en partido-estado-corporación de la corrupción.

Pero eso no es inexorable.

A veces el desgaste es tal, la ilegitimidad es tan grande, que obliga a otras variantes de continuismo.

A veces, sectores claves del poder de clase y facciones políticas asociadas a ellos, obligan a quitarle presión a la olla, ya sea auspiciando relevo en la corporación política o favoreciendo una oposición de igual calaña. General el peso determinante respecto a esas decisiones lo tiene la potencia re-colonizadora.

Precisamente ahora en nuestra República Dominicana está en fase previa al desenlace de la pelea, pendiente de definiciones de cara a los comicios del 2020, respecto cuál de los continuismos se impone.

Lo que sí está claro es que las vías institucionales del poder establecido conserva, hasta que no sea quebrado en confrontación de calle, capacidad para bloquear toda opción que implique derrotar su preeminencia.

Por eso, es pertinente salirse de la trampa electorera y procurar que el pueblo tome las calles y se transforme en poder constituyente capaz de destituir y desmontar el poder constituido.

Donde se han producido cambios políticos de significación, han tenido lugar fenómenos político-sociales de ese talante. Validos para este territorio y más allá.

3 de Junio 2019