Por Manuel Hernández Villeta

La guerra política sucia tiene que ser detenida. Ahora es el momento. Cuando tome más cuerpo, nadie le pondrá poner control. Cierto, que una actividad electoral no es un juego de salón ni una tarde de te. Donde se juega con el poder, todo cabe.

Pero la guerra sucia es devastadora. Desorienta a los electorales, pero abre el camino del salvajismo. Todos los que accionan en el partidismo en algún momento han hecho acopio de una guerra sucia devastadora.

Le toca a la Junta Central Electoral aplicar las medidas de rigor, y pedir a todo el liderazgo político nacional que eleve el tono del debate. Es su papel de organizador de las elecciones, y no puede demostrar debilidades.

Lo malo de la guerra política sucia es que se lleva a cabo con mercenarios, con vendedores de ideas y vocingleros. Este grupo de personas no tiene partidos, sino que su jefe es el peso. Hay que tomar en cuenta las necesidades nacionales y la necesidad de la mayor transparencia en lo que se refiere a las elecciones venideras.

Cuando la dirigencia máxima de los partidos se va a los puñetazos, ya ustedes pueden pensar que se le deja a los simpatizantes y a los seguidores de bajo nivel. Las masas reciben consignas y las llevan a la realidad. No están para pedir permiso o perdón, sino para tomar lo que piensan que le pertenece.

Con el accionar partidista, todos los segmentos de la vida nacional están aglutinados con alguien. De ahí que es prácticamente imposible poder conseguir a un independiente que pueda servir de mediador.

La mal llamada Sociedad Civil es más partidaria que nadie. Tiene su propia agenda y su discurso individual, pero su tremendismo le saca de ser un mediador efectivo.

Ya monseñor Agripino Núñez Collado está en licencia permanente. Con su virtual retiro acabó la etapa del mediador efectivo. Se le quiso dar ese pedestal a las cortes superiores, y todo fracaso.

El tribunal Superior Electoral y el Tribunal Constitucional se completan por cuotas que se asigna a los principales partidos. Hay allí magistrados serios, pero siempre queda en el aire la pregunta si ellos responden más a sus solapadas uniones partidistas, o al proceso de institucionalidad nacional.

Np solo es trabajo de la JCE sino de todos los dominicanos. Desde ahora hay que sacar de la actividad política la exhibición de trapos sucios, de discursos pestilentes y de un accionar engativo. Todos tienen derecho a la libertad de expresión y pensamiento, pero no a los insultos y los golpes bajos. !Ay!, se me acabó la tinta.