Por Manuel Hernández Villeta

Los comestibles de primera necesidad aumentaron en forma desproporcionada en los últimos días. Se hace necesario estabilizar los precios del arroz, las habichuelas, los aceites, la carne de pollo, la harina y otros renglones que son considerados básicos en la dieta diaria.

No hay explicación oficial de las razones por las que aumentaron los precios de estos alimentos. Se comenta que podrían ser los colaterales de la prima del dólar a un 50 por uno. Los comerciantes no dicen una palabra, y los consumidores al grito.

Cuando se habla de un aumento de salarios, como forma imaginaria de solucionar los problemas y necesidades de las capas medias y bajas, nadie va a la realidad de como el peso pierde poder adquisitivo cuando se destaca la inflación y el agiotismo.

Recientemente el gobernador del Banco Central señaló la importancia de un salario mínimo decente, pero él debe saber, al igual que sus asesores, que poco importa el salario si las medicinas, los alimentos y los servicios disparan su precio.

Los índices presentados todos los meses por el Banco Central hablan de desarrollo de la economía nacional, pero esos técnicos saben que el capital y la miseria están en renglones separados. Mientras mayor desarrollo tiene un país, asimismo se amplían sus cuadros de abandono.

Tiene que haber una política económica de rostro y manos humanas. Que se desarrollen las plazas comerciales, los hoteles de turistas, las manufactureras, pero al mismo tiempo que llegue a los obreros y chiriperos una parte, aunque sea ínfima, de esas grandes riquezas.

Cierto que la economía dominicana flota a la oferta y la demanda. Los precios los pone el mercado, con sus fluctuaciones naturales. Pero para un país sub-desarrollado y con salarios deprimidos, no se puede permitir que se juegue con los precios de los productos de primera necesidad. ¡Ay!, se me acabó la tinta.