Por Manuel Hernández Villeta

Las muertes maternas y neo-natales son uno de los rasgos más inquietantes del subdesarrollo. Por desnutrición de la madre, o la falta de antibióticos para el embarazo o el parto, mueren decenas de dominicanas. Hay que enfrentar el abandono de los que más necesidades tienen.

Es un fracaso del desarrollo de programas sanitarios. No hay prevención, ni asistencia médica adecuada. Además, los factores nutricionales son golpeantes para los cuadros que están en la etapa más amplia de la pirámide social.

Hay que mejorar a los centros de maternidad y a los hospitales dedicados a prestar atención a los niños en los primeros momentos de su desarrollo. Si no se mejoran los programas de asistencia social, llegaran más desamparados a las precarias consultas médicas.

No se puede ver el cuadro de las muertes neo-natas o infantiles como un producto aislado de la sociedad. Es una muestra del colectivo que está fallando. El sistema se fortalece, pero se tambalea la estabilidad de los seres humanos que no son números ni estadísticas.

Todos los gobiernos dominicanos de los últimos años, han pecado de creer que la entrega de una funda conteniendo comestibles, solucionará en forma milagrosa la miseria. Pero se quedan cortos, las viandas de un día no van a solucionar males ancestrales de la colectividad.

Tiene que haber un terremoto de las conciencias, como forma de que se comience a trabajar para reducir los estragos de la mortalidad materno-infantil, que parte desde la gran cantidad de madres adolescentes, de las solteras con hijos, y sobre todo, de la falta de solidaridad de los que pregonan de corazones generosos, pero que están cerrados a dar la mano al necesitado. ¡Ay!, se me acabó la tinta.