Por Narciso Isa conde

Escucho a analistas, comunicadores, políticos varios-pintos, intelectuales "progre", académicos de renombre, dirigentes sociales, comentaristas... afirmar y repetir en tono muy crítico que aquí hay una "falta de institucionalidad", o que no existen o no funcionan las instituciones.

Algunos hablan de un país "desinstitucionalizado" y le enrostran al gobierno esa "carencia", presentándola como el mayor problema de la nación. Igual se las pasan haciendo propuestas para que las "instituciones funcionen" o se establezca una institucionalidad democrática dentro del sistema dominante y vigente.

La verdad es que esa manera de enfocar tamaño problemón no tienen nada que ver con lo que aquí acontece a nivel de Estado y poder, que por ser tan detectable con ciertas herramientas analíticas y poco esfuerzo, pienso que no pocos defensores de esa idea, incluidos politólogos y sociólogos de vasta cultura, lo hacen para evadir la realidad y no asumir una línea transformadora.

Así, una crítica aparentemente radical, pero de fondo muy conservador, conduce a estos analistas y opinadores a hacer sugerencias esencialmente conservadoras e ilusorias.

Porque aquí -heredada de la subcultura despótica que encarnaron Trujillo y Balaguer y de la ideología que entiende el patrimonio del país como patrimonio de los jefes del poder político, económico y militar- existe una institucionalidad confeccionada y montada para robar, explotar, violar lo que sea y abusar impunemente del resto de la sociedad.

Es una institucionalidad con bases constitucionales, que ha sido estructurada como suma de instituciones amarradas desde un Poder Ejecutivo casi omnímodo, auxiliado por un Senado, un Consejo de la Magistratura y una parte del sistema de partidos a su servicio.

Una dictadura presidencialista institucionalizada, cuyos poderes legislativo, judicial, electoral, órganos fiscalizadores...operan bajo órdenes y "señas" del Presidente de la Republica en funciones de jefe de Estado, que pasa a ser una especie de monarca mientras logre perdurar en el cargo dentro de un contexto jurídico-político disfrazado de democracia representativa.

Como en el capitalismo -y mucho más aun en su perversa modalidad neoliberal- pesa tanto el poder económico, la riqueza acumulada, la propiedad concentrada, que las jefaturas de la partidocracia y la tecnocracia corruptas se meten a empresarios-capitalistas al vapor y se asocian a la cúpula empresarial privada para formar una asociación delictiva o poder mafioso que usa esa institucionalidad perversa como instrumento de acumulación originaria y ampliada de capital, y como mecanismo de impunidad.

Una institucionalidad de ese tipo no se reforma desde ella misma. Hay que romperla por vía extra-institucional y extra-electoral para crear otra nueva por vía constituyente.