Por Manuel Hernández Villeta

La sobre producción es una de las muestras donde se da la cara más fea del empresariado. Cuando hay excesos, la lucha de los capitalistas es para mantener los precios. Ese excedente en muchas ocasiones se tira al rio, se entierra, a la basura, o donde quiera, para que no sea agente de oferta y demanda.

Ya pasaron durante muchos años en que la sobre producción de leche llevo a que ese producto se lanzara a los ríos; sucedió también cuando se dejaron pudrir miles de plátanos, para que la sobreproducción no tumbara los precios.

La sobreproducción ocurre por diferentes causas. Sobre todo por ausencia de planificación. Hay mercados que se caen, artículos que son rechazados por compradores internacionales y variaciones en los planes de consumo.

El sector oficial tiene que llegar a acuerdos con los grupos empresariales, para que los productos en sobre producción sean entregados a grupos pobres organizados. No perjudica los precios que en barrios marginados se entreguen pollos. Que a personas fuera del mercado se les ponga a comer.

La sobre producción de pollos, de leche, de plátanos, o de cualquier otro renglón, se podría distribuir, sin perjudicar los precios, con donaciones a hospitales, a las cárceles, a escuelitas y pequeños colegios, que no son beneficiarios del desayuno y el almuerzo escolar.

Con el sistema de la oferta y la demanda, en el mercado nacional no hay un organismo que se encargue de vigilar por la calidad, los precios y la distribución de los productos alimenticios. De ahí, que todo queda a la ley de mercado, que de por si es deshumanizada.

Con una canasta familiar que está en alrededor de 30 mil pesos mensuales, es hora de que se establezcan mecanismo que permitan controlar la red de producción y el costo real de los comestibles.

Lo hemos dicho en numerosas ocasiones: somos un país de desnutridos, de niños y adultos famélicos porque con un salario mínimo de unos 10 mil pesos mensuales, nadie puede subsistir. Es posición del Estado buscar salidas a este problema. Es mejor dar comida a los pobres, que lanzarla a los ríos y los basureros. ¡Ay!, se me acabo la tinta.