Por Manuel Hernández Villeta

Los informes de organismos internacionales a veces pecan de tremendistas. Son los responsables de los programas que mantienen la injusta distribución de las riquezas, y siempre están de espaldas a realidades sociales y económicas de los países del tercer mundo.

Su indiferencia es casi total en lo que se refiere a programas de educación, de salud y de cobertura energética. Cuando ven soluciones es en la supra-estructura, en cambios de programas y metodologías, pero nunca van a la raíz de los problemas.

Esos organismos internacionales, que son punta de lanza de los países desarrollados, enhebran programas planificados en salones repletos de tecnócratas donde la mujer, el hombre y los niños comunes y corrientes, no pasan de ser simples datos numéricos.

En la República Dominicana hay un grave déficits en los programas de educación. Faltan aulas, los profesores deben estar más calificados, hay que supervisar las estructuras físicas de los colegios, hay que modificar los pensum y sobre todo se tiene que comprender que dos comidas al día no es un mejoramiento de la docencia, sino satisfacer un problema de cobertura alimentaria.

Pasa algo idéntico con la salud. Los hospitales lucen insuficientes para solucionar los problemas asistenciales. Se carece de medicinas, hay mala coordinación en los horarios de trabajo de los médicos y enfermeras y se da mayor importancia al área hospitalaria, que a la prevención. Sigue aumentando el número de bebes que mueren por asistencia inadecuada.

Por siempre en el área energética el país ha tenido serios problemas. Hace tanto tiempo que pertenece a la lejana historia cuando Julio Sauri, que llegó a ser el jefe de la vieja Corporación Eléctrica, decía que había apagones porque los niños volaban chichiguas, y las colas de estas se enredaban en los alambres energéticos.

Ahora el Banco Mundial quiere que el país gaste más dinero en educación, salud y electricidad. Tanto el Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional son los que sirven las recetas para hacer reformas sociales, económicas y comunitarias en el país, por lo que sus expresiones levantan suspicacias.

Estos organismos son los que buscan que se eliminen los subsidios, que facilitan que a los pobres lleguen medicinas a precio reducido, que en las escuelas se entreguen los utensilios y que la energía pueda ser costeable a las familias de bajos ingresos.

Han sido ellos los responsables de amplios disgustos sociales, y son los que han llevado a que los precios de los comestibles floten de acuerdo a la oferta y la demanda, en base a la exigencia de los mercados, y que no tengan un gran control.

De acuerdo que se necesita mejorar la educación, la salud y la electricidad, pero, por favor, estas recetas del Banco Mundial nunca se han traducido en mejoría para los sectores mayoritarios del país. Hay consejos que son envenenados, y hay que digerirlos con precaución. ¡Ay!, se me acabó la tinta.